Tengo que hacer una confesión
A estas alturas de mi vida he descubierto que soy trans. Pasmoso, pero cierto. Para ser exactos, soy transtemporal


Quiero hacer un anuncio importante. Una declaración para mí colosal. A estas dilatadas alturas de mi vida he descubierto que soy trans. Pasmoso, pero cierto. Para ser exactos, soy transtemporal. Antes de seguir, me gustaría dejar bien claro que este texto no encierra ni el más mínimo asomo de burla sobre la transexualidad, que siempre he defendido y apoyado plenamente. Pero es que lo que me sucede tiene curiosos paralelismos con la transexualidad, esto es, con el convencimiento de que no te reconoces dentro de tu aparente identidad. Un sentimiento, lo sé, muchísimo más doloroso para las personas transgénero. Pero lo mío también tiene bemoles.
He descubierto mi transtemporalidad de golpe y porrazo a principios de este mes de enero, en concreto el día 3, que fue mi cumpleaños. Y cumplí, me cuesta confesarlo, se me enredan las palabras en la lengua, me arden en la garganta, me espeluznan, cumplí, ¿lo diré de una vez?, cumplí SE-TEN-TA-Y-CIN-CO-A-ÑOS. Ya está. Ya lo he soltado. Lo he admitido. ¡Pero no lo he reconocido! Ese es el problema. Me resulta absolutamente imposible, y lo digo muy en serio, creerme, sentirme, aceptarme, saberme de esa edad. Hay una disforia total con mi cuerpo septuagenario. No soy así. No soy esa. Por dentro no sé qué edad exacta tengo, pero desde luego sigo siendo joven. En cualquier caso, NO PUEDO TENER 75 AÑOS. Es ridículo. Es obsceno. Es una broma pesada.
Ya lo decía Oscar Wilde, que tiene una frase brillante para todo. Decía: “Lo malo no es envejecer, lo malo es que no se envejece”, refiriéndose justamente a que el cuerpo va cumpliendo años, pero por dentro te sientes siempre igual, de manera que cada día la distancia entre la subjetividad y la realidad se va haciendo mayor, hasta llegar al desencaje total, a la descompensación más pavorosa, a esta transtemporalidad que experimento. ¡Y eso que el pobre Wilde murió con 46 años, una edad que ahora considero de juventud radiante!
Todo el mundo me dice que parezco más joven y yo sé que es así, pero no importa, o, mejor dicho, sí que importa y me alegro y lo disfruto, pero no tiene nada que ver con ser transtemporal, esto es, con mi absoluta incredulidad ante el hecho inadmisible y por completo incomprensible de que, por lo visto, mi cuerpo tiene 75 años. Que no, que no. Que no puede ser.
Supongo que la transtemporalidad es un fenómeno bastante extendido, o eso indicaría la frase de Wilde, pero también sé que no todo el mundo sufre un extrañamiento tan radical como el mío. Quiero decir que soy una trans total. Nunca me imaginé de mayor. Nunca pensé que podría llegar a ser tan mayor. Cuando tenía 20 años, miraba con el rabillo del ojo a la gente de más de 60 y me espantaba, no porque fueran viejísimos, o eso me parecían entonces, sino porque pensaba: míralos, tienen más de 60 y entran y salen tan contentos, y van al cine, y se toman una paella en el chiringuito ¡cuando están tan cerca de la muerte! Si yo tuviera su edad, me decía, estaría metida debajo de la cama aullando de miedo. Creo que tuve tanto pavor a la muerte durante tanto tiempo que me concentré en superar eso; y me siento orgullosa, porque ahora, mucho más que sesentona, no estoy escondida debajo de la cama dando alaridos de terror. Algo hice bien (creo que fue escribir) y hoy me asusta menos morir que cuando era una veinteañera. Pero quizá esa larguísima pelea me hizo no poder mirar con naturalidad hacia la vejez. Nunca logré aprender cómo sumar años.
En parte debe de ser una cuestión de carácter. Algunas personas sentimos lo que expresó tan bellamente Dylan Thomas en el famoso poema que escribió a su padre agonizante: “No entres dócilmente en esa buena noche / Que al final del día debería la vejez arder y delirar; / enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz”. Esto es, unos se dejan llevar y otros nos enfurecemos y deliramos (pues es un delirio no poder aceptar que he cumplido tres cuartos de siglo). Por último, supongo que también influye el hecho de ser novelista. Porque es la niña interior la que escribe, y esa niña se empeña en no crecer.
Total, el caso es que soy trans. ¡Reclamo el reconocimiento de la transtemporalidad! ¡Librémonos de la represora convencionalidad de los calendarios y de los años nuevos! ¡Autodeterminación temporal, ya! Yo he decidido tener de ahora en adelante y para siempre 46 años (en honor a Wilde) hasta arder con furor cuando mi luz se apague.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Sobre la firma































































