Prueba superada (o no)
Cada vez aguantamos menos, cada vez escuchamos menos, cada vez vivimos más cocidos en nuestras propias ideas


Casi estoy tentada de hacer una pseudoencuesta de andar por casa entre los lectores de este artículo sobre si se ha amargado, o no, alguno de los ágapes oficiales de estas fiestas con una de esas feroces discusiones partidistas que tanto abundan en los últimos tiempos. Si se han sacado los hígados unos a otros entre las gambas congeladas y el turrón, si han roto con parte de la parentela para siempre, si se han ido a la cama odiando un poco más al cuñado o puede que también odiándose a sí mismos por haber perdido los papeles y los estribos. En cualquier caso, si acabaron con la cena atravesada en la barriga. Todavía queda Reyes por cumplir, pero ese día el protagonismo de los niños suele evitar que los adultos nos exacerbotemos, maravilloso palabro inventado por el escritor Julio Llamazares. Así que la cuestión es: ¿hemos superado la prueba, sí o no?
Supongo que leerían ese estudio que se publicó hace un par de semanas sobre la polarización en España. Resulta que un 14% de los españoles ha roto en el último año con amigos o familiares a raíz de una bronca política. Me parece tremendo: es más de uno de cada diez, y estamos hablando no de cabrearse sino de romper, lo cual es una herida emocional muy grande. Según la misma encuesta, dos de cada cinco ciudadanos presenciaron o participaron en agrias discusiones ideológicas en las pasadas Navidades. Si eso fue así hace un año, me asusta pensar lo que ha debido de suceder ahora. Porque no cabe la menor duda de que en los últimos 12 meses la burricie no ha hecho más que incrementarse. Nos arde un sapo venenoso en la garganta y, a poco que nos rascan, lo escupimos.
El problema no es tener opiniones distintas ni debatir sobre ellas; esa es la base de la democracia, de hecho. El problema es la deriva hacia lo que se llama una polarización afectiva, que no tiene que ver con las ideas ni con la razón, sino con las emociones y yo diría que con un sentido de pertenencia animal, instintivo, burdamente defensivo. El mundo da miedo, los problemas parecen inabarcables y hay gente que combate esa zozobra replegándose con ciega adhesión a un grupo, como el niño que se protege en un regazo. Una pena, porque hacerse forofo, esto es, convertirse en un ultrasur de la política, no solo no mejora lo amedrentante de nuestra situación, sino que lo empeora: aumenta la violencia social y rompe la convivencia democrática. Y lo malo es que esta deriva nos afecta a todos; cada vez aguantamos menos, cada vez escuchamos menos, cada vez vivimos más cocidos en nuestras propias ideas. Mariano Torcal, catedrático de Ciencia Política y autor del libro De votantes a hooligans. La polarización política en España (2023), participó en un experimento que consistía en pedir a unos cuantos ciudadanos que eligieran qué perfil de vecino preferían. Y no priorizaban la edad, o la cultura, o la etnia, sino la afinidad partidista (leído en un estupendo reportaje de Abad Liñán en EL PAÍS). Que no se nos acerque una idea diferente, por favor.
Hace dos años se publicó una encuesta de hábitos democráticos del CIS según la cual nueve de cada diez españoles creían que había demasiada crispación y que debería hacerse algo para bajarla. No se puede decir que lo hayamos logrado. Según la misma encuesta, uno de cada cuatro españoles menores de 34 años no cree que la democracia sea el mejor gobierno, cosa que me pone los pelos de punta, porque yo, que he vivido en el franquismo hasta los 24 años, sé muy bien que la peor democracia es mil veces preferible a la mejor dictadura. Así que nada, sigamos engordando nuestro cerrilismo, escuchemos solo a quienes piensan como nosotros, consideremos cualquier disidencia como una traición y a quien no opina igual como un descerebrado y un enemigo, que así nos estamos construyendo un futuro buenísimo. Hasta la curiosa inquina nacional que les tenemos a los cuñados y al cuñadismo puede tener que ver con esa cerrazón; porque los cuñados son, por definición, quienes vienen de otro grupo, de otro mundo, de otras ideas. Son odiables porque no son como nosotros. Decía Einstein que para ser buen científico era necesario pensar al menos 15 minutos al día lo contrario de lo que piensan tus amigos, y yo añadiría: y para ser buena persona y buen ciudadano. Pero estamos haciendo lo contrario. Y por cierto: todos somos los cuñados reales o metafóricos de alguien.
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