El regocijo
He escrito un texto sobre la fuerza ciega de la vida. Sobre lo bello que es existir, incluso cuando acecha la amargura


Este primer domingo después de las fiestas de Navidad siempre me ha resultado un poco melancólico. Bueno, en realidad todos los domingos tienden a ensombrecerse al atardecer, cuando cae sobre ellos una sensación de pesadumbre que supongo que se originó en la infancia y en la obligación de regresar al colegio al día siguiente. Pero reconozco que el día de hoy, el primer domingo de enero tras el fin de las celebraciones, posee una tristura especial, el profundo desaliento de las fiestas acabadas, de las bombillas apagadas que los operarios han empezado a desmontar, de los papeles de charol sucios y arrugados, de un corazón cansado de deseos y tan vacío como una botella de champán a la que se le ha ido toda la espuma por la boca. En días así, el nuevo año se extiende por delante de nosotros enigmático, abrumador y áspero, verdaderamente cuesta arriba (lo de la cuesta de enero es un gran hallazgo metafórico).
La buena noticia es que, como todos sabemos, se trata de un desencanto pasajero. Luego la empeñosa realidad vuelve a abrirse paso y, con un poco de voluntad y suerte, el año venidero empieza a ofrecernos sus posibilidades y un apetecible futuro por descubrir. Pero eso será dentro de un par de semanas, porque hoy, lo que se dice hoy, este domingo de piedra sigue siendo un muermo. Por eso, para animarme y animarnos, he escrito un texto sobre la fuerza ciega de la vida. Sobre lo bello que es existir, incluso en aquellos momentos en los que acecha la amargura. De todos es conocida la última carta que escribió Cervantes el 19 de abril de 1616, ya moribundo, a su benefactor el conde de Lemos: “El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo eso llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. Cuatro días después fallecería de diabetes a los 68 años. ¡Sobre el deseo que tengo de vivir! Aún agonizante como estaba, la vida seguía tironeando de él hacia la vida.
Desde el principio de los tiempos, los humanos hemos intentado encontrarle un sentido a este breve pataleo que es la existencia. Para ello inventamos sin parar religiones y filosofías, pero a mí ninguna de ellas me resulta creíble o suficiente. Con los años, sin embargo, he ido comprendiendo cada vez mejor la humilde y poderosa pulsión de nuestras células. ¿Cuál es la razón para vivir? Pues pura y simplemente el hecho de estar vivos. El mandato supremo de la vida es existir; incluso el mosquito más diminuto se empeña en seguir aleteando. Y hasta los virus, que son algo así como unos zombis microscópicos medio muertos, se afanan por adaptarse y replicarse. En resumen: vivo porque soy un ser vivo. Porque estoy hecha para ello. A mí me basta con esta respuesta, con esta certidumbre tan sencilla. El gran Albert Camus opinaba algo parecido: “En el apego de un hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo. El juicio del cuerpo vale tanto como el del espíritu y el cuerpo retrocede ante la aniquilación. Cogemos la costumbre de vivir antes de adquirir la de pensar”.
De joven me asustaba esa furia vital. Como si se tratara de una cadena con la que mi cuerpo me atara a la existencia. Ahora, en cambio, empiezo a verla como una alegría, un don, un regalo salvador. Creo que, si nos entregamos a ella, si apagamos un poco la mente y nos hacemos algo más carnales, esa furia nos sostiene y nos protege como un viento caliente y luminoso. Y es que la vida se regocija en vivir. Hay una alegría celular e innata que hay que aprender a reconocer y a surfear. Un amigo argentino, el escritor Adrián Desiderato, me mandó este maravilloso poema de Borges que incluí en mi última novela. “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados. Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Los defraudé. No fui feliz. Cumplida no fue su joven voluntad. Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías. Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado la sombra de haber sido un desdichado”. Se titula El remordimiento, lo escribió a la muerte de su madre y es una rareza emocional dentro de la muy contenida obra borgiana. Para mí sus bellísimas palabras son una guía. Atrevámonos a vivir el arriesgado y hermoso juego de la vida, el aquí y el ahora, el mandato animal del regocijo.
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