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MANERAS DE VIVIR
Columna

De plumas y espadas

Cuando llega un matón y decide saltarse las reglas y cambiar las plumas por espadas, la gente sufre y muere

Qué ingenua estupidez la de aquellas personas que ahora piensan bien de Trump porque se ha cargado a un dictador impresentable como Maduro. Me recuerdan a quienes estaban al principio tan encantados con el ayatolá Jomeini porque luchaba contra el sah. Es el error de creer que ir contra un malo te hace bueno, cuando en realidad puedes ser peor. Además, lo que ha llevado a Trump a destrozar la legalidad internacional no es la catadura de Maduro, sino que Venezuela sea la mayor reserva mundial de petróleo. Supongo que la primera vez que supe del actual presidente fue con The Apprentice (el aprendiz), ese reality apestoso cuyo gancho televisivo consistía en mostrar a un Trump ególatra, chillón, desaforado y ridículo. Porque hace años imperaba la opinión de que este hombre era un mamarracho. Y aquí está ahora, atemorizando al planeta entero. Pero, claro, es que Hitler también parecía un chiste. ¡Y Mussolini! Recordemos a esos hombrecillos de físico precario hinchando mucho el pecho y creyéndose el ombligo del mundo, el uno con su bigotillo lamentable, el otro con su pasmoso cabezón, ambos mirando muy serios al horizonte de sus megalomanías. Darían mucha risa, si la historia no nos hubiera enseñado a tenerles espanto. Cuando la humanidad se lanza en manos de estos payasos es que ha perdido antes muchas cosas. Entre otras, el sentido del humor y del ridículo, que son una clara muestra de inteligencia. Si mantienes el sentido del humor y del ridículo no puedes convertirte en un fanático.

Hay expertos en salud mental que dicen que Trump es un narcisista maligno, una definición que la OMS aún no ha recogido pero que muchos terapeutas utilizan y hasta consideran “la quintaesencia del mal” (leído en el blog del centro de psicología Iratxe López). Los síntomas son grandiosidad extrema, falta de empatía, manipulación y explotación, comportamiento agresivo, envidia y rivalidad y, por último, desprecio por las normas sociales. Trump atina con todos. Podemos cantar bingo. Parece hasta tal punto un retrato robot que sólo faltaría añadir: y pelánganos falsos color estropajo. Es un narcisismo psicopático que los expertos también achacan a Hitler (como Stephen Diamond en Psychology Today). Todo esto es suficientemente horrible, pero además hay médicos que dicen que Trump padece alguna dolencia degenerativa. En Instagram hay un terapeuta especializado en demencias geriátricas (su dirección es @epistemiccrisis) que cuelga y analiza alucinantes vídeos públicos de Trump en los que desde luego se le ve fatal, física y mentalmente, hasta el punto de que sus colaboradores lo miran en ocasiones con gesto espantado. Según @epistemiccrisis, el presidente sufre demencia frontotemporal, lo cual lo descontrolaría aún más. Resumiendo: estamos mal, amigos. Estamos muy mal.

Los pueblos, nos lo enseña la historia, a veces enloquecen y se suicidan. Que el mandatario más poderoso del mundo (un imperio en caída libre, por otra parte) pueda ser un narcisista psicopático con demencia frontotemporal indicaría que la sociedad entera ha entrado en el delirio, que ha perdido las referencias, que no sabe a dónde va y, aterrorizada ante los muchos conflictos que vivimos, se repliega hacia lo elemental, lo primitivo. Hacia la barbarie, como siempre sucede en estos saltos atrás. Es la retrotopía, como dijo el filósofo Zygmunt Bauman: el anhelo de regresar a un pasado utópico y consolador que nunca existió.

Y frente a toda esta catástrofe sólo podemos defendernos con algo tan frágil como el sistema democrático. Sí, ya sé que es fallido, que está en crisis, que hay que refundarlo, pero es nuestra única opción. Un dramaturgo inglés, Bulwer-Lytton, escribió en 1839 que la pluma es más poderosa que la espada. Esa es la esencia de la democracia: pluma como sinónimo de conocimiento, pero también de firma de acuerdos. La democracia es un juego social que sólo se mantiene si todos los jugadores respetan las normas libremente, sin que se los fuerce, porque con ello aspiran no sólo a un bien común, sino a un bien mayor. Por eso, cuando llega un matón y decide saltarse las reglas y cambiar las plumas por espadas, la gente sufre y muere. Porque la espada mata. Pero, a la larga, la espada no da propósito, no tiene contenido ni futuro: por eso, el sofisticado, delicado y quebradizo juego social que es la democracia acaba ganando. Pero a qué precio, después de cuántas víctimas y cuántos años.

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