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Cómo la recuperación de un bosque en Valladolid se convirtió en una cuestión filosófica

Arte, pensamiento, ecologismo y empresa se dan la mano en el proyecto pluridisciplinar Territorio Abadía Retuerta, de la Fundación Francesca Thyssen, liderado por la artista francesa Laure Prouvost

Iglesia, hotel y viñedos de Abadía Retuerta. El bosque en proceso de reforestación queda al fondo, a la izquierda.
Borja Hermoso

Ahí está el bosque, o lo que será un bosque. Lo que fue un bosque, o el enclave donde dicen que un día hubo un bosque. O la idea de un bosque… o el mito de un bosque. Y ya se sabe, un mito no es otra cosa que ficción y leyenda hablando de lo que existe. Así que vamos a ello. A imaginar y a contar. Una historia de artistas, ecologistas y empresarios.

Una estrella del mundo del arte contemporáneo ejerciendo de fuelle: la francesa Laure Prouvost, ganadora del prestigioso Premio Turner en 2013. Cuatro alumnos/mentes pensantes y actuantes procedentes de ámbitos tan dispares como la microbiología, la gestión cultural, el arte y las ciencias medioambientales, dejándose impulsar por el aire del fuelle: Cristiano, Iris, Rita y Guillermo. Y una misión: estudiar, reflexionar, explorar y, al final, tejer una tela de araña primero desde el plano teórico y después desde el de las conclusiones prácticas, en torno a esa posibilidad: la posibilidad de un bosque. En concreto, el que los responsables de Abadía Retuerta —una de las bodegas señeras de la Ribera del Duero aun estando fuera de la denominación de origen Ribera del Duero, además de un hotel de lujo (Le Domaine)— quieren hacer resucitar en su finca de Sardón de Duero (Valladolid).

La artista francesa Laure Prouvost.

El pasado 8 de febrero, en torno a 300 personas, entre ellas directivos y trabajadores del complejo enológico-hotelero en compañía de sus familias, unieron fuerzas durante todo un día para plantar 1.044 árboles en lo que antiguamente fueron tierras de cultivo. Nacía así el llamado Bosque de los Monjes, que venía a sumarse al Jardín de los Monjes, puesto en pie el año anterior a escasos metros. Años antes, hace más de 30, había visto la luz el proyecto Abadía Retuerta a través de varias fases: implantación del viñedo, construcción de la bodega, rehabilitación de la abadía a cargo del arquitecto italiano Marco Serra convirtiéndola en un santuario del lujo (es uno de los cinco hoteles en España distinguidos con tres llaves Michelin) y recuperación de la vieja huerta, todo ello guiado por un mapa de la finca datado en 1887.

El paisajista Fernando Ojeda, responsable de la reforestación del Bosque de los Monjes.

En colaboración con la Fundación (R)Forest Project, presidida por el antiguo empresario de la noche madrileña reconvertido en paisajista Fernando Ojeda, fueron plantadas cuatro variedades y 14 especies diferentes de árboles, entre ellos manzanos, cerezos, almendros y perales. En total, la reforestación afectará a 60 hectáreas de la finca. “Es increíble lo agradecida que es la tierra y cómo en solo cuatro meses ya tenemos flores, ya tenemos verde, pequeños árboles, encinas, pinos, manzanos, almendros, cerezos, arbusto bajo…, y ya tenemos insectos, pájaros…”, explica Ojeda, que pone así el acento en la cuestión del activismo medioambiental y sus diferentes posibilidades de acción: “Protestar contra el cambio climático no solo está muy bien, sino que es imprescindible, pero yo creo que el verdadero activismo medioambiental se hace haciendo, y operaciones de reforestación como esta, llevada a cabo por directivos de una empresa que no le van a sacar a esto un rédito inmediato, lanza un mensaje superpositivo”.


La sala de los tesoros enológicos de la bodega Abadía Retuerta en Sardón de Duero (Valladolid).

La iniciativa de los responsables de este emblema de la hostelería de lujo, con su director Enrique Valero a la cabeza, contaba con un triple objetivo histórico-ecológico-empresarial: por una parte rendir tributo al legado de los monjes y olvidar la desamortización de Mendizábal que en el siglo XIX dio al traste con la vida de la abadía y, consecuentemente, con la del bosque; por otro, combatir al menos de manera simbólica la deforestación global y creciente, y, por último, incorporar un plus de imagen y sostenibilidad a la marca Abadía, propiedad de Novartis, la multinacional suiza de industrias farmacéuticas y biotecnológicas. Es sabido: hoy, o eres sostenible o no eres. Y eso incluye tanto honestos ejercicios de replanteamiento empresarial como grotescas campañas de greenwashing.

Enrique Valero, director de Abadía Retuerta.

“Los artistas son personas que ven cosas que no vemos los que estamos en el día a día”, admitía Valero en uno de los salones de la Abadía. Y añadía, no sin una generosa ración de sinceridad empresarial: “Vale, yo vendo 50.000 cajas de vino y 9.000 habitaciones ocupadas al año, fenomenal, pero en estos momentos, si quiero que se respete esa recomendación de la que hablaba un reciente estudio de McKinsey —‘la marca no debe hablar, es mejor que los demás hablen de tu marca’—, nos interesan proyectos ecosistémicos como este, que demuestran que es posible crear una marca viva que haga que a la gente le apetezca de verdad relacionarse con ella”. Y concluía entre risas: “¡Eso sí, luego el vino tiene que estar bueno y el hotel dar un servicio inmejorable a los huéspedes!”. Huéspedes, aclárese, de altas posibilidades económicas (los precios oscilan entre los 860 y los 1.900 euros para una noche de fin de semana en Le Domaine en el mes de septiembre) o directamente clientes vip, como por ejemplo el solitario y pensativo Antonio Banderas que nos cruzamos fugazmente en una de las alas del claustro. Y hablando de artistas y de obras de arte: uno de los alicientes de esos huéspedes son las importantes pinturas y esculturas clásicas, modernas y contemporáneas que se exhiben en las habitaciones, los pasillos, los salones y los jardines del hotel (Palma el Joven, Guardi, Pannini, Miró, Chillida, Rückriem, Miguel Marina, Leonor Serrano…), en lo que supone una colección que crece día a día bajo los cuidados de la comisaria e historiadora Inés Muñozcano y su consultoría de arte Frenesí Fine Arts.

Inés Muñozcano, codirectora de la consultora artística Frenesí Fine Arts y comisaria de la colección de arte de Abadía Retuerta.

Los orígenes de la abadía de Santa María de Retuerta, enclavada a orillas del Duero en su transcurso hacia el oeste por el norte de la meseta castellana, se remontan a 1146. Es una tierra de climas extremos que viene siendo explotada por el ser humano desde la época prerromana, básicamente mediante el cultivo de la vid y del cereal. La abadía, cuya silueta sigue luciendo mítica y mística —y turística— en medio del páramo castellano 879 años después, fue erigida por los monjes franceses de la Orden Premostratense para constituirse como casa madre de esta orden monástica en la península Ibérica. Matorral mediterráneo, humedales, riberas y viñedos componen la finca de 700 hectáreas, 300 de ellas formadas por cerros, bosques, prados y brezales. Unas 180 están dedicadas al cultivo de la viña (con denominación de origen propia) y el resto tiene un uso agrario. Especies ornitológicas como azores, abejarucos, esmerejones, búhos y milanos sobrevuelan la viña y la abadía en medio de un silencio casi irreal tan solo quebrado por el runrún lejano de los coches y los camiones que transitan por la N-122. Duermen cerca colosos en forma de árboles de dimensiones ciclópeas, orígenes remotos y nombres de cuento: encina del prado del aceite, encina de los 14 brazos, Sequoia sempervirens, quejigo del carrascal…

Y este es el bucólico escenario en el que tuvo lugar durante tres días del pasado mes de abril el epílogo de Territorio Abadía Retuerta. Epistemologías del bosque para prácticas regenerativas. Se trataba de uno de los casos de estudio puestos en marcha por el programa de estudios independientes Organismo / Arte en ecologías críticas aplicadas en su primer año de vida. Organismo se engloba en la Fundación TBA21 Thyssen Bornemisza Art Contemporary, que preside la aristócrata y mecenas suiza Francesca Thyssen-Bornemisza, hija del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza y de la modelo Fiona Frances Elaine Campbell-Walter. La fundación incluye en su estructura la denominada TBA21-Academy, una especie de incubadora de investigación colaborativa, producción artística y defensa del medio ambiente.

Sesión de trabajo de Laure Prouvost (izquierda) con los participantes del proyecto 'Territorio Abadía Retuerta. Epistemologías del bosque para prácticas regenerativas'.

El objetivo de este caso de estudio donde se cruzaban el arte, el pensamiento y el activismo ecologista era, grosso modo, reflexionar y extraer conclusiones prácticas acerca de la decisión de recuperar un bosque extinguido por parte de unos empresarios hoteleros. Teniendo en cuenta, claro, que dichos empresarios aceptaban las reglas del juego actuando como “facilitadores” (léase “anfitriones”) y encajando con buen ánimo las dosis de espíritu crítico expresadas por los participantes.

Las reglas del juego eran sencillas: durante meses, estos llevaban a cabo una tarea de documentación y estudio, que desembocaría en tres días de tormenta de ideas in situ, en Sardón de Duero, y finalmente el desarrollo de unas conclusiones. Estas llegaron a finales de junio durante una presentación en el Museo Thyssen-Bornemisza y en forma de una web ideada y construida por Laure Prouvost y sus pupilos/colegas. Su título: bosque-bosque. En su enunciado se decía: “La propuesta protege de la intervención humana una pequeña área de la zona que Abadía Retuerta planea reforestar, y se le confieren plenos derechos a través de un contrato legal, que regula además el futuro del terreno. En medio del bosque humanamente reforestado, emergerá otro bosque, virgen, mítico e intocable, un bosque dentro de un bosque. Ningún pensamiento, sonido, cuerpo ni huella humana puede intervenir en la plaza”. Dicho en otras palabras: dentro del bosque rescatado del olvido por la mano del hombre, habrá una zona central que permanecerá salvaje e inviolable, y todo ello mediante un contrato legal que confiere personalidad jurídica al “bosque dentro del bosque”.

El viejo Bosque de los Monjes en la finca de Abadía Retuerta en Sardón de Duero (Valladolid), en fase de reforestación.

Laure Prouvost y su patrulla de artivistas medioambientales lanzaban, además, una exigencia: “Para garantizar la no intervención consistente y duradera de este lugar, proponemos un contrato legal que establece una ONG como propietaria única del espacio encantado. Mediante este contrato, solicitamos a Abadía Retuerta, como iniciativa empresarial de Novartis, que transfiera la propiedad del terreno y garantice su no intervención”.

La artista Laure Prouvost se desplazó hasta Sardón de Duero tan solo días después de inaugurar dos grandes exposiciones en Marsella. Aquella noche de primavera, sentada en el claustro de la abadía, copa de vino en ristre, hablaba así sobre este proyecto pluridisciplinar: “Yo lo llamaría un ejercicio de inteligencia colectiva, un intercambio intelectual de conceptos e ideas, y digo intercambio porque no me gusta nada utilizar aquí el concepto de autoridad, o sea, algo así como la maestra y sus alumnos, no es eso”.

Esta videoartista, fotógrafa y performer que hace años eligió para vivir con su familia el efervescente barrio de Molenbeek en Bruselas, subrayaba las virtudes y los inconvenientes de un proyecto así: “Traducir todos estos intercambios de opiniones en algo tangible no es sencillo, porque no hay nada definitivo, todo es debatible en torno a un proyecto así. Se trataba de dialogar en torno a la idea de un bosque, más que en torno a un bosque propiamente dicho. Y claro, surgían preguntas sin parar: ¿Qué es un bosque? Un bosque provocado por el ser humano… ¿es un bosque de verdad? Surgían los tabús, los mitos, las dudas…, y todo eso está muy bien en una época como esta en la que tendemos a analizarlo todo desde el “sí” o el “no”, desde el blanco o el negro…, porque, se quiera o no, existen los grises”.

Rosa Ferré es la directora de la TBA21 Academy, de la Fundación Francesca Thyssen Bornemisza.

El objetivo fundamental de un programa como Organismo y de la TBA21 Academy es trabajar con los artistas en proyectos liderados por ellos y en un ámbito interdisciplinar para entablar una conversación sobre lo contemporáneo. Su directora, la filóloga y comisaria cultural Rosa Ferré, resume así su espíritu: “Se trata de crear espacios y situaciones con diferentes agentes para trabajar en temas relacionados con la ecología, y de ver qué ocurre con los artistas cuando los metes en un contexto que habitualmente no es el suyo, darles un tiempo y una economía para que puedan trabajar en proyectos no necesariamente pegados a procesos de producción y consumo”. Ferré sostiene que se trata de “una aproximación filosófica a algunas de las cuestiones que están pasando ahora, por parte de agentes que se salen de su especialidad para trabajar en un proyecto común”. Esos agentes pueden ser lo mismo geógrafos que oceanógrafos, científicos que técnicos de ayuntamiento, o gestores culturales, ministerios, empresarios, juristas, artistas, arquitectos, paisajistas, pensadores, ecologistas, viticultores, responsables de museos… La Conferencia de Naciones Unidas sobre los Océanos, el Museo Nacional de Arqueología Subacuática-ARQVA de Cartagena, el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, el Centro Nacional de Supercomputación de Barcelona y el CSIC son otros de los organismos e instituciones que han colaborado hasta la fecha con TBA21 Academy y Organismo.

Y hablando de museos: el Thyssen-Bornemisza es otro de los impulsores de estas actividades. Su director de contenidos y conservador Juan Ángel López-Manzanares no oculta cuál es la principal vocación de esta institución a la hora de participar en Organismo. Una vocación modernizadora en lo que tiene que ver con la relación entre los templos del arte y sus potenciales visitantes frente a visiones algo trasnochadas: “Se trata de escuchar voces que están fuera del mundo específico del arte, con el fin de poder vernos proyectados en el futuro; con esto pretendemos no limitarnos a seguir teniendo siempre el mismo público, que por fuerza va envejeciendo”. “Los museos”, añade, “no tienen que ser instituciones sagradas ni lugares de autoridad… Creo que ha acabado la época en la que un museo lo único que dice es ‘tengo una colección y venir a verla”.

¿Instituciones caducas, anacrónicas? ¿Los museos de siempre… tienen que seguir siendo los de siempre? ¿Revolución de mentalidades y prácticas? Cruces de caminos, mezcla, mestizaje, contradicción, reivindicación, activismo…, por ahí parecen ir los tiros en el mundo de los museos. Lo que no parece ser incompatible con el deseo de mucha gente de que estos sigan siendo vitrinas de belleza y aulas de historia a la manera clásica. Quizá las vitrinas y las aulas de siempre… pero planteadas como nunca. Interesante controversia. Continuará.

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Sobre la firma

Borja Hermoso
Es redactor jefe de EL PAÍS desde 2007 y dirigió el área de Cultura entre 2007 y 2016. En 2018 se incorporó a El País Semanal, donde compagina reportajes y entrevistas con labores de edición. Anteriormente trabajó en Radiocadena Española, Diario-16 y El Mundo. Es licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra.
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