Emilio José Mateo Hernández, experto en Islandia: “La resiliencia de su gente es una de las cosas que más admiro del país”
Educador social, fotógrafo y geólogo, recorrió por primera vez el país nórdico en bicicleta y, desde entonces, quedó prendado de su belleza


¿Tienen algo que ver Islandia y Teruel? Seguramente poco o mucho y según para quién. Para Emilio José Mateo Hernández es posible que haya similitudes, al menos en lo que a climatología se refiere. Este educador, guía de viajes y fotógrafo nació en una de las zonas más frías de España, aunque ahora vive parte del año en el país del hielo, Islandia, cuya temperatura media es de -1°C en invierno (y llegando a alcanzar los - 28,5°C en algunas zonas del interior). Quizá muchos desconozcan este dato, pero en el valle del río Jiloca de Teruel, en Fuentes Claras, donde nació Emilio, se batió uno de los récords de temperaturas más bajas de España. El 17 de diciembre de 1963, Fuentes Claras (en la estación de Calamocha-VOR) alcanzó los -30 °C. “Entre inviernos helados, juegos de calle y libros de Salgari y Verne fui pasando la niñez y adolescencia”, explica. Y, aunque se diplomó en Magisterio y Educación Social, siempre estuvo muy interesado en los viajes, de ahí que terminara trabajando como guía de viajes por medio mundo.
¿Cuándo llegó a su vida Islandia? Pues después de decidir hace más de 10 años que se iba con su bicicleta a la aventura de un país del que hablaban poco las guías y que, por aquel entonces, no era turístico. Lo recorrió entero, se enamoró de él y empezó a guiar a otros viajeros que querían conocerlo. Así fue como, años más tarde, empezó como experto en EL PAÍS Viajes, donde ahora es el anfitrión de ‘Islandia, tierra de fuego, hielo y auroras’, un viaje que se realizará el próximo mes de marzo y del que nos habla en esta entrevista.

Pregunta. ¿Cómo empezaste en el mundo de los viajes?
Respuesta. Es un efecto mariposa que yo sea guía ahora mismo. Yo soy Educador Social de formación, he trabajado siempre con adolescentes con problemas. En mis vacaciones viajaba mucho por el mundo y en uno de aquellos viajes a Etiopía, en un hotel de Addis Abeba, salí a la terraza y vi a una chica hablando por Skype en castellano. Cuando colgó, la saludé y empezamos a hablar; ella me contó que era guía, que estaba esperando un grupo y que trabajaba para una agencia de viajes. Yo en aquel momento viajaba mucho, así que le pedí el contacto de su jefe y le escribí cuando llegué a España. A partir de entonces, empecé a trabajar también como guía, por eso digo que es un efecto mariposa, que si yo no hubiera salido a esa terraza quizá tú y yo no estaríamos hablando ahora.
P. ¿Cuánto hace de aquello?
R. Unos 18 años más o menos.
P. ¿Y ahora mismo dónde estás instalado? ¿En Islandia o en España?
R. Vivo entre tres lugares: Reykjavik, Zaragoza y en Fuentes Claras, mi pueblo.
P. ¿Quién te inculca el espíritu del viaje?
R. Supongo que fueron los libros, a lo largo de mi juventud leía mucho. Especialmente, Ryszard Kapuściński es el que más me motivó a viajar. Hay una cita suya que me marcó muchísimo y creo que me llevó a empezar a viajar. Dice así: “La mejor forma de conocer el mundo es hacer amistad con él. Existe una conexión entre nuestro destino personal y la presencia de miles de personas y cosas de cuya existencia no sabíamos o no sabemos nada y que pueden influir, de hecho, influyen del modo más asombroso en nuestra vida y su desarrollo, de tal forma que, al menos por nuestro propio interés deberíamos esforzarnos en conocer no sólo lo que está aquí sino también lo que está allá, en algún lugar a gran distancia en nuestro planeta.”
También me inspiraron otros aventureros como los especialistas de Al Filo de lo Imposible en RTVE. Por edad soy contemporáneo de las expediciones con jóvenes de Miguel de la Quadra en la ruta Quetzal o fotógrafos y periodistas de guerra como Maruja Torres o Gervasio Sánchez, que también fueron una gran fuente de inspiración para viajar.
P. La fotografía es también una de tus pasiones. Sobre todo, la fotografía social, ¿verdad?
R. Sí, de hecho empecé a hacer trabajos de fotografía para algunas revistas y algunos periódicos, y aproveché los viajes para combinarlos con proyectos fotográficos solidarios.
P. Uno de los más conocidos es el reportaje que hiciste sobre las fosas comunes y los desaparecidos tras la guerra en Guatemala, que fue finalista en varios congresos de fotoperiodismo. ¿Cómo llegas a este proyecto y al país?
R. Sí, en el país realicé varios trabajos: el de las fosas comunes, que habla sobre el conflicto interno del país, y también el de la desnutrición infantil. En Guatemala, el 49,8% de los niños sufre desnutrición crónica según UNICEF, es el tercer país del mundo con mayor mortalidad infantil por desnutrición.
Llegué al país porque trabajaba en una ONG que, precisamente, se dedicaba a la desnutrición infantil. En aquel momento, había hecho algún trabajo puntual para El Heraldo de Aragón, El mundo de los Pirineos, el Ayuntamiento de Zaragoza, etc. El fotógrafo Javier Zurita me puso en contacto con la Fundación de Antropología Forense de Guatemala y así fue como empezó el proyecto de las fosas comunes.
P. ¿Cuándo aparece Islandia en tu vida? ¿Es gracias a un viaje en bicicleta si no me equivoco?
R. Sí, fue un viaje en bicicleta. Iba sin saber mucho de Islandia, además en un momento del año en el que hace bastante frío, llueve mucho y hace mucho viento. Escogí octubre… A pesar de todo, algo sucedió allí que seguí volviendo.
P. ¿Cuánto hace de aquel viaje?
R. Hace ya 13 años que cogí la bicicleta y toda la ropa de invierno que pude y me planté en Islandia. En ese primer viaje, que duró 24 días, di la vuelta al país. Islandia entonces era muy distinta a la de ahora porque entonces éramos como unas raras avis y la gente nos miraba raro. De hecho, tengo fotos de aquel viaje en lugares donde ahora sería impensable no ver a gente, ni siquiera en invierno. Por ejemplo, en Geysir o en Seljalandsfoss. Los islandeses ahora están mucho más acostumbrados al turista, pero en aquel momento, llegábamos a un pueblo y nos dejaban dormir dentro del colegio o montábamos una tienda de campaña en un cementerio…porque el carácter islandés es de acoger al viajero, pero ahora es diferente, claro.
Ahora hay cosas que son impensables. Recuerdo que en uno de los primeros viajes que guié, estando con un grupo en un pequeño pueblo de pescadores, un señor se me acercó y me preguntó si queríamos ver la casa de su madre y su colección de minerales. Estuve yendo a visitar a la señora durante años: nos enseñaba su casa, sus pinturas y una colección de minerales alucinante que tenía en el sótano de casa y que había ido cogiendo de las montañas durante toda la vida junto a su marido ya fallecido. Todo esto a cambio de nada, lo único que yo le pedía al grupo era que en navidades le enviarán una postal, e incluso alguno de ellos aficionado a la geología, le envió minerales desde España. Esta espontaneidad ha desaparecido en gran parte del país, el turismo ha traído que ahora todo se comercialice. Pero es normal, la isla recibe tres millones de turistas al año cuando apenas llegaban al medio millón la primera vez que estuve allí.
P. Después de ese primer viaje a Islandia, vuelves y vuelves. ¿Por qué decides instalarte allí?
R. Después de ese viaje viene el síndrome de Stendhal y comienzo a guiar allí, pero no me instalo en el país. Sigo trabajando por todo el mundo pero combinando viajes a Islandia —unos dos al año— con otros destinos que ya solía hacer como Pakistán, Nepal, Cabo Verde, Noruega, Australia, Tasmania… Mi año era cada mes en un lugar. Pero cada vez voy más y más, y hace ya cuatro años —después del COVID aproximadamente, que fue el bombazo de Islandia— que decidí dejar los viajes en el resto del mundo y centrarme solo en Islandia.
P. ¿Qué es aquello de la cultura islandesa que más te llamó la atención en un inicio y que te ha enamorado desde entonces?
R. Hay una cosa que a mí me gusta mucho, que además lo explico mucho en los viajes, que es la resiliencia que tienen los islandeses; ellos la definen muy bien con una frase -Þetta reddast- que significa “todo se arreglará”. No es un optimismo ciego tipo “sé feliz” sino una mezcla de estoicismo, relajación y capacidad de improvisación. Algo que, por cierto, viene muy bien para viajar. Es saber aceptar el caos. Tiene todo el sentido, porque en un país donde cada cierto tiempo hay una erupción volcánica que cubre de cenizas los campos, que mata al ganado y genera grandes hambrunas o hay un jökulhlaup, que es una inundación catastrófica proveniente de un glaciar y arrasa con todo, pues o vives un poco así o echas la llave y te mudas a otro destino.
P. ¿Tú cómo lo llevas?
R. Yo el gran periodo eruptivo que he vivido ha sido este último con las erupciones del 2021. Fue entonces cuando me di cuenta de lo preparadísimo que está el país para situaciones climatológicas extremas. Y, además, lo hacen con una gran valentía. Imagínate tener que evacuar a un pueblo durante meses… Al final se acostumbran a situaciones así y, cuando ocurren, tienen mucha confianza en el Estado. Se sienten seguros. Pero también lo puedes ver con los guías, los que son de allí se sienten muy seguros, por ejemplo, dentro de un glaciar. Claro, es que ellos suelen decir que han nacido allí. Conocen su tierra y saben comportarse en ella: saben cómo convivir con las tormentas, con el hielo y con las erupciones.

P. El turismo de ahora entra en choque con su filosofía de preservar la naturaleza, imagino… ¿Cuándo empieza a vivirse ese ‘boom’ turístico del que hablas?
R. El país da un bombazo a nivel turístico con la erupción del Eyjafjallajokull, en el año 2010. La gente empieza a ver aquello en televisión y dice “¡guau!”, también influye el éxito de series como Juego de Tronos y Vikingos que tienen algunas localizaciones en el país. Todo el mundo empieza a escuchar hablar de Islandia, que era una isla a la que la gente no le prestaba mucha atención y la veían muy salvaje, muy fría. El país también realiza varias campañas turísticas con vídeos que se convierten en virales. Y ya con las redes se amplifica mucho más porque es un país muy instagrameable, muy bonito. Hay una cosa muy importante y es que Islandia es un país muy accesible, porque puedes tocar un glaciar, no es necesario hacer una gran caminata para ver una gran cascada o una erupción volcánica. Eso es impresionante.
P. ¿Cuáles son tus lugares favoritos?
R. Me gustan mucho las tierras altas porque son muy místicas y es un paraíso geológico; para realizar trekking, la zona norte de Mývatn; y por la misma razón, la capital, Reykjavik, que es un lugar muy agradable de habitar y de visitar con un gran ambiente cultural.
P. Allí también se pueden ver auroras boreales, que, por cierto, también se han puesto de moda.
R. Sí, porque hemos tenido dos años muy buenos, ya que estamos en el máximo del último ciclo solar y hay mayor número de eyecciones de masa coronal desde el sol que es lo que provocan las grandes auroras boreales. Además, gracias a las redes sociales se ha amplificado este fenómeno.
P. ¿Qué es lo que no se debe hacer cuando vas de turista al país?
R. De las peores cosas que veo es la falta de sensibilidad y respeto con la naturaleza, los animales o los habitantes del país. Caminar sobre el musgo, acercarse más de lo debido a las focas para hacerles una foto, gritar en las piscinas o no ducharse antes de entrar en ellas. Esa es una de las luchas entre los islandeses y los turistas, hacer sostenible un turismo masivo. Yo suelo hablar de las huellas en el camino en mis grupos. Si salimos del sendero y caminamos a ver eso que nos está llamando la atención, vamos a dejar una huella que es una invitación a seguirla. Es algo que yo lo llevo muy mal, de hecho, hay lugares a los que ya no acompaño a clientes por no ver ciertas actitudes continuamente de otros turistas que viajan solos o con guías que no les han concienciado sobre estos aspectos. Cuando llevo a los grupos de viajeros intento inculcarles que, por ejemplo, las lagunas son lugares sagrados para los islandeses. Hay que evitar gritar y ducharse antes de entrar. También veo que muchas veces se pierde el sentido de la responsabilidad.

P. ¿Por qué lo dices?
R. Reynisfjara es una de las playas más famosas de Islandia, pero también puede ser muy peligrosa porque en determinados momentos del año puede tener olas, que se llaman sneak waves, que penetran en la playa a gran velocidad y con mucha resaca. En los últimos años han fallecido varios turistas por imprudencias en esta playa. Si hay mal tiempo, no se debe ir allí, pero parece que si viajas a un lugar y tenías algo planeado, lo tienes que ver a toda costa, aunque sea peligroso. Esas mismas imprudencias las he visto en Kirkjufell, donde vi cómo se despeñaba un turista coreano, o en Glymur. Ningún islandés va a Glymur en invierno porque sabe lo peligroso que es, pero muchos viajeros lo ven en Instagram y no se informan. Pero esto es algo que ocurre en muchos lugares del mundo, no solo en Islandia.
P. ¿Cómo será el viaje que se está planeando para el 30 de marzo con EL PAÍS Viajes?
R. ‘Islandia, tierra de fuego, hielo y auroras’ es un viaje que concentra los aspectos geológicos y culturales más importantes de la costa sur del país. Los grandes glaciares, la vulcanología, las placas tectónicas o la colonización del país por habitantes noruegos y sus esclavos celtas. En este itinerario, que dura ocho días, visitaremos, en primer lugar, Reykjavik, la capital más septentrional del planeta, desde allí iremos a las aguas geotermales de Sky Lagoon. No son tan turísticas como Blue Lagoon, que tiene 3.000 clientes diarios, por eso prefiero llevar a los viajeros. Es lo bueno que tiene este viaje, que vamos a intentar visitar lugares menos masificados y haremos paradas extra gracias a que conduzco yo el viaje.
P. El tercer día lo dedicáis al Círculo Dorado. ¿Qué destacarías de él?
R. El Círculo Dorado es el corazón geológico y simbólico de Islandia. Es famoso porque alberga tres de los puntos más importantes del país en pocos kilómetros, por lo tanto, es muy accesible. Uno de ellos es el Parque Nacional de Thingvellir, que es Patrimonio de la Humanidad por sus fisuras tectónicas y su historia milenaria. Aquí podremos caminar dentro de una de sus grandes fallas y ver la separación de las dos grandes placas tectónicas. Además, es el lugar donde surge la nación islandesa: aquí se empiezan a reunir los primeros colonos para establecerse como una república independiente de Noruega; y en el año 1944 declaran su propia independencia de los daneses. Es un sitio que, si lo piensas, está muy bien escogido porque hay cierta magia en la tierra y el lago los danesesnso. Luego tienes Öxarafoss y el campo geotermal de Geysir, donde puedes ver el géiser Strökkur y Gullfoss, la cascada dorada, que es una de las más bonitas del país.
P. ¿Y el resto de días?
R. Disfrutaremos de la costa sur de Islandia, veremos Skógafoss con sus verdes acantilados; la playa de Reynisfjara, con su arena negra y columnas de basalto, Vík, el campo de lava de Eldhraun, la lengua glaciar de Svínafellsjökull, que para mí es una de las más bonitas para ver en Islandia y tiene mucha historia; también la laguna glaciar de Jökulsárlón, donde los icebergs flotan lentamente hacia el mar, y Vatnajökull, que es glaciar más grande de Europa que desgraciadamente está desapareciendo como muchos otros.
En los últimos días, veremos a Fjallsárlón, una laguna glaciar menos conocida pero igual de majestuosa, los acantilados de Dyrhólaey con las vistas espectaculares del océano y paisajes volcánicos, Seljalandsfoss y Gljúfrabúi, que son lugares imprescindibles.
En nuestro último día de exploración, iremos a la península de Reykjanes que nos muestra su rostro más volcánico. De camino a Reykjanes pararemos en el LAVA Centre y terminaremos con dos paradas más: Seltún y el lago Kleifarvatn, rodeado de colinas desiertas. Es importante recordar en este, y cualquier viaje a Islandia, el lema que mencionaba al inicio de la entrevista sobre la resiliencia islandesa -Þetta reddast- porque a veces la climatología no permite hacer el programa tal y como se había previsto y hay que ser flexible en eso.

P. Además de guía experto en el país, eres experto en literatura medieval islandesa, por lo que debes conocer todas sus leyendas al dedillo.
R. Sí, Borges que estaba enamorado del país y su cultura, ya lo decía “sin que el resto del mundo lo supiera, los islandeses habían descubierto la novela”. Es verdad, porque ya en el siglo XII se escriben las sagas islandesas, cuando en el resto de Europa se utiliza la poesía para contar algo ellos lo hacen con una prosa muy directa y realista, casi una novela. Nadie en la Europa medieval escribió con la calidad, la cantidad y el realismo moderno con el que lo hicieron los islandeses en el siglo XIII. Obras como la Saga de Njál o la Saga de Egil no tienen rival en su época.
P. ¿Nos recomendarías algunos libros para adentrarnos en la cultura islandesa antes de un viaje al país o durante un viaje por Islandia?
R. Sí, claro. Algunos de mis libros favoritos son Gente Independiente de Halldós Laxness, El zorro ártico, Las maravillas del crepúsculo y El chico que nunca existió de Sjón; o la Trilogía del muchacho de Jón Kalman Stefánsson. También me gusta mucho el cine islandés, películas como Rams, el valle de los carneros, Reikiavik 101, La mujer de la montaña, Godland o Los hijos de la naturaleza.
P. Y banda sonora, ¿con qué música podríamos terminar esta entrevista?
R. ÁTTA, de Sigur Rós, Surface Sounds de Kaleo o Vulnicura de Björk.
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