Una ruta por Calahorra, la ciudad de la verdura, y por la vecina Pradejón, villa champiñón
En la capital de La Rioja Baja todo se hace con hortalizas: pinchos, dulces, murales, vestidos, joyas… Al lado está el pueblo donde se cultivan más setas que en ningún otro lugar de España y donde se practica el ‘fungiturismo’

En el paseo del Mercadal de Calahorra, donde estuvo el circo de Calagurris Nassica Iulia, se alza la estatua de una matrona romana que porta en la mano derecha una daga y en la izquierda un brazo amputado de alguien a quien se está merendando. Esta venerable caníbal recuerda la fames calagurritana, la espantosa hambre que pasaron en esta población —hoy la segunda mayor de La Rioja, después de Logroño, y entonces la más grande— durante las guerras sertorianas, cuando se vieron obligados a comerse los maridos y mujeres entre sí y luego a sus hijos. No es de extrañar que en Calahorra miren con desdén las carnes y con inmenso cariño las verduras. Están en todas partes: hay un monumento a la Verdura, un museo de la Verdura y cinco senderos de la Verdura que recorren la espléndida huerta calagurritana, la más boyante y productiva de la región. Hay dulces que parecen verduras, joyas elaboradas con ellas, pinchos de lo mismo y unas Jornadas de la Verdura —este año, del 17 al 26 de abril— ideales para ver y probarlo todo.
Si nos gustan los vegetales, nos gustará también Pradejón, población vecina de Calahorra y la mayor productora nacional de setas cultivadas —38.000 toneladas al año; la tercera parte del total— y la inventora del fungiturismo. Allí hay un centro de interpretación, visitas a cultivos e incluso una fungiruta ciclista. Verduras y champiñones. Senderos y paseos en bici. Se podrá viajar más lejos. Más saludable, no.
Hortalizas para ver, comprar y ponerse
La mejor manera de empezar esta ruta tan healthy es visitar el Mercado de la Verdura que se celebrará el fin de semana del 25 y 26 de abril en el aparcamiento público El Silo, junto a la plaza de toros de Calahorra, a dos kilómetros escasos de las huertas. ¿Qué no se puede ir entonces a la capital de La Rioja Baja? Pues se viene un jueves cualquiera al mercado que se instala desde el siglo XVI en la plaza del Raso, la mayor de la localidad. Aquí, junto a la oficina de turismo, varios vecinos ofrecen lo más en sazón de sus huertos. El puesto mejor surtido y donde más gente compra es el de Víctor Comas.

Bajando desde la plaza por la calle Grande, en la esquina con Cavas, se descubre un mural muy a propósito para la que se hace llamar “la Ciudad de la Verdura”, pintado por el artista urbano Daniel Martín. En él aparece una joven pareja cogida amorosamente de las manos, con un ramo de alcachofas entre ellas. Muy cerca, en el número 33 de la calle Cavas, se encuentra la frutería Roberto, una de las más apreciadas del lugar y la única que tiene rábanos de cosecha propia. Todo sale del huerto familiar. Una buena compra son los cardos que venden ya pelados, porque las pencas son enormes y limpiarlas es una trabajera. Otra, los guisantes —también cómodamente desgranados—.

Poco más abajo, ya en la calle Mártires, está Ruiz Domínguez Joyeros, donde Jesús Ruiz crea collares, broches y pendientes con alcachofas, guindillas, calabazas, brócolis y otras verduras deshidratadas, desinsectadas y reforzadas con siliconas y resinas para que no se pudran ni se caigan a pedazos nada más salir de la joyería. Más que joyería, es asequible bisutería vegetal, aliñada con zirconitas y panes de oro (cuesta entre 100 y 300 euros la pieza). Más llevaderos por precio (20 euros) y concepto —estilo souvenir—, son los colgantes y pulseras con semillas encapsuladas de hortalizas de la colección Tesoros de la Verdura. La idea de hacer joyas con cosas verdes de comer no fue de Ruiz, sino de su amigo Esteban Alegría, el dueño y chef del gastrobar La Comedia, donde más tarde se puede (y se debe) picar algo.
Viendo los vestidos elaborados con lechugas, pimientos y zanahorias que desfilan cada primavera en la Pasarela Ciudad de la Verdura —este año será el 24 de abril y estará abierta a cualquier profesional o aficionado de la moda que desee participar—, Alegría pensó que no era suficiente ensalada, que le faltaba algo, y se dijo que unas joyas hortícolas redondearían el espectáculo. Los vestidos se pueden admirar el día del desfile en el Teatro Ideal y, antes y después, en el Museo de la Verdura.

De pinchos por las mejores barras
No menos ocurrentes que los vestidos y las joyas vegetales son los pinchos que se hacen en Calahorra. A tiro de alcachofa del Museo de la Verdura está El Albergue, que es un buen restaurante y uno de los mejores bares de tapas de la ciudad. Para la Ruta de Pinchos de las Jornadas de la Verdura, el chef Miguel Espinosa ha preparado, entre otros, un ravioli de cardo con leche y aceite de almendras, una copa de crema de calabaza con queso parmaesano rallado y uno llamado El vendimiador que lleva cordero chamarito con fritada de la huerta calagurritana, uva garnacha y crema de pimientos de piquillo. Esta última propuesta no es ninguna novedad —el año pasado representó a La Rioja en el Concurso Nacional de Pinchos y Tapas Ciudad de Valladolid, el más importante de España—.
Otra barra recomendable durante las Jornadas de la Verdura y en cualquier momento es la del gastrobar, restaurante y café-concierto La Comedia. El propietario, Esteban Alegría, también es inventor y promotor de la joyería hortícola, productor de variadas animaciones en su local —música en vivo, monólogos, cuentacuentos para adultos…— y autor de la cocina en miniatura que deslumbra en la barra: salmorejo con helado de hinojo, granulado de crucíferas, cococha en su pil pil con borraja y vela de panceta…
Una tercera barra en la que apetece acodarse es la del bar y restaurante Los Leones. Durante las Jornadas de la Verdura y días siguientes se van a ofrecer, sobre todo, estos tres: el sándwich crujiente de borraja con crema de champiñón, la fritada en conserva con huevo poché y bacalao ajoarriero y la alcachofa en tempura negra con parmentier de patata y mahonesa de piquillo. La que no se ve, pero se puede imaginar por la cantidad de borrajas, alcachofas, refritos y pimientos que salen de ella, es la cocina donde el chef Alejandro Jiménez y sus ayudantes hacen malabarismos para moverse entre cajas atiborradas de hortalizas recién cosechadas en esta ubérrima ribera.

José Ignacio Gordo es el chef del restaurante Aromas de Rioja. Es el que más sabe de cocina en miniatura de Calahorra: ganó en 2024 y 2025 el concurso de pinchos de las Jornadas de la Verdura y este año aspira a lo mismo con La Bella y la Bestia, una galleta muy mona de cebolla crujiente rellena de un guiso de alcachofa con tuétano que tarda menos en devorarse que en averiguar quién es quién en este bonito cuento vegetal. A las 13.00 ya hay gente entrando a comer en Aromas de Rioja y eso que no está cerca, sino a cuatro kilómetros del centro, en el hotel Zenit Calahorra. Este también es un buen alojamiento, pero para olvidarse del coche, es mejor opción el Parador, que está en el fondo norte de lo que fue circo romano —el paseo del Mercadal—, al lado de la matrona caníbal.
Una zanahoria de postre y a pasear por la huerta
De postre, más vegetales. Pero no las típicas frutas, sino los dulces con forma de hortalizas —calabazas, tomates, pimientos rojos…— de Tartadkor. Con forma y con contenido: las zanahorias, por ejemplo, son pasteles de eso mismo. También los hay que parecen setas. Y mangos: estos arrasan. Diez años lleva esta pastelfrutería endulzando la vida de los calagurritanos con trampantojos del estilo de los que elabora el famoso chef pâtissier Cédric Grolet. “Me ha dicho el médico que coma cinco frutas al día. ¿Estas valen?”, les preguntaba hace poco una clienta a los hermanos Roberto y Liliana Rad, los creadores de estas golosinas.
Pero para mantener la línea, ahí están los senderos de la Verdura, cinco itinerarios campestres alrededor de la ciudad que suman un centenar de kilómetros. Como el sendero de Campo Bajo, que parte del santuario de Nuestra Señora del Carmen y recorre casi 15 kilómetros de la margen derecha del Cidacos. Vista desde esta orilla, Calahorra parece una ciudad de otro siglo, dominada por las vetustas arquitecturas de la catedral, las iglesias de San Francisco y San Andrés y el convento de San José. Los simpáticos hortelanos que se encuentran por el camino, viendo el interés del senderista por lo que plantan, le forran a pimientos o a coliflores —las de Calahorra son las únicas de España con Indicación Geográfica Protegida—, según la temporada que sea.

‘Fungiturismo’ en Pradejón
A sanas y ligeras, con las verduras de Calahorra solo pueden competir las setas que brotan en Pradejón, a 11 kilómetros al oeste de la ciudad. Este pueblo es el mayor productor de setas cultivadas de España, fundamentalmente champiñones, lo que le ha valido el apelativo de “villa champiñón”. Pero también setas de ostra, exóticos shiitakes y las codiciadísimas setas de cardo (Pleurotus eryngii), especie esta última por la que penan y suspiran cada primavera muchos buscadores en los prados de España, sin saber que aquí se obtienen artificiosamente ejemplares rollizos, lustrosos, perfectos.

En Pradejón se encuentra el primer y, de momento, único centro de interpretación en España sobre fungiturismo, donde se enseña desde lo casi invisible —cómo se obtiene el micelio y se inocula en granos de centeno— hasta lo desmesurado, visitando las naves y cuevas enormes en las que se producen 38.000 toneladas de setas al año. Los visitantes más en forma pueden hacer la Ruta BTT del Champiñón, pedaleando en bicicleta de montaña por Pradejón, Ausejo y Autol, los pueblos bajorriojanos que viven del oro blanco. Y los menos en forma, dar un paseo para ver algunos de los 14 murales que decoran las medianeras de Pradejón, empezando por el que hay dedicado al champiñón junto al centro de interpretación, obra de Carlos Corres y Carlos López Garrido. Para comer después algo curioso, no hace falta volver a Calahorra. Aquí mismo, en el restaurante Chandro, hay menús de setas cultivadas (solo bajo reserva; 941 15 01 47) que acaban con una dulce sorpresa fungi: los bombones de champiñón.
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