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Édouard Carmignac: “Muchos inversores se cuestionan para qué prestar dinero a EE UU al ver lo que hacen Trump y su policía antiinmigración”

El presidente y fundador de la gestora de fondos francesa asegura que los mercados financieros son el principal dique de contención contra las “extravagancias” del presidente americano

“Buenos tiempos, estos son los buenos tiempos. Deja tus preocupaciones atrás, estos son los buenos tiempos”. Édouard Carmignac (París, 79 años) cantaba Good Times junto al autor de la canción, Nile Rodgers, en el escenario del teatro Mogador de la capital francesa el pasado 22 de enero. Era el colofón a la jornada que el conocido inversor dedica todos los años a hacer balance del ejercicio recién terminado y a presentar las perspectivas del nuevo curso. El poder de su chequera —tiene una fortuna superior a los 1.100 millones de euros, según los últimos cálculos de Forbes— y su rebosante lista de contactos han traído a lo largo de los años a este evento —al que asisten clientes, celebrities parisienses, banqueros y periodistas— a The Rolling Stones, Neil Young, Eric Clapton, Simply Red y Rod Stewart, entre otras estrellas del rock.

Y sí, como dice la letra de Rodgers —cofundador de Chic, productor y compositor de grandes éxitos de David Bowie, Madonna, Duran Duran, Lady Gaga o Daft Punk—, para Carmignac están siendo de nuevo, tras algún sonoro bache, buenos tiempos. En 2025, la mayoría de sus fondos batieron a los índices de referencia, y el patrimonio bajo gestión de la firma escaló de 35.000 millones de euros a 41.000 millones (lejos aún, eso sí, del pico de 56.000 millones de 2017).

Horas antes del concierto, Carmignac recibió a EL PAÍS, uno de los medios europeos invitados al evento, en las oficinas que el grupo que fundó hace 36 años tiene en la plaza Vendôme, el epicentro del lujo de la capital parisiense donde está el mítico hotel Ritz y las más exclusivas joyerías. Llega con un abrigo de lana negro hasta los pies, un sombrero de ala ancha y una bufanda de un rojo intenso. Buscado o no, el look recuerda al del cantante y también propietario de locales nocturnos Aristide Bruant que inmortalizó el pintor Henri de Toulouse-Lautrec a finales del siglo XIX. Ya en su despacho, un auténtico museo en miniatura con cuadros de cotizadísimos pintores —de Richter a Warhol, pasando por Barceló, Basquiat o Lichtenstein—. Carmignac se lanza a hablar en castellano, una lengua que le recuerda a su infancia cuando vivió en Perú, donde su padre tenía negocios vinculados al comercio exterior después de trabajar en el cuerpo diplomático. De esa época también le viene su afición al polo.

Vestido con su sempiterno traje cruzado en azul marino, con camisa y corbata en los mismos tonos, despliega una energía desbordante. Mientras responde con esa forma tan particular de hablar que tiene, caracterizada por susurros difícilmente perceptibles y largas pausas, se come un plátano, se sirve un té, carga sus móviles y consulta su concurrida agenda. Pero lejos de distraerse, no da puntada sin hilo. Hedonista, contradictorio, liberal o libertario, fiel defensor de Javier Milei, y apasionado de la tecnología, en la última carta distribuida a los partícipes de sus fondos combate el pesimismo reinante con una cita atribuida al filósofo Karl Popper: “El optimismo es un deber”. Y remacha de su puño y letra: “En lugar de profetizar el mal, debemos luchar por un mundo mejor”.

Pregunta. En los tiempos que corren, ¿no es arriesgado ese positivismo?

Respuesta. No es tanto un optimismo sobre el mercado, va más allá. En Europa tenemos la tendencia a mirarlo todo desde el lado negativo. Debemos cambiar esa actitud.

P. Dicen que un pesimista es un optimista bien informado…

R. [Ja, ja, ja] Los pesimistas siempre consideran a los optimistas como un poco tontos, personas que no entienden la complejidad del mundo en el que vivimos. De todas formas, hay motivos para la esperanza. Este tío [señalando el retrato de Lenin que pintó Warhol y que preside su despacho] entendió bien sobre todo dos cosas. La primera es el sentido de la historia. Contrariamente a lo que se dice hoy, la historia no favorece a las tiranías. Hay una pulsión libertaria muy fuerte y lo que está pasando en Venezuela y en Irán son ejemplos de ella. Y la segunda cosa que supo interpretar bien este tío es la aceleración de la historia. Lenin era un judío desconocido perdido en Ginebra, que con la ayuda de Alemania llega en tren a San Petersburgo y arma un follón tal que desarma al Imperio Ruso, el más grande y antiguo del mundo. Eso quiere decir que cuando se encadenan una serie de factores, la historia avanza a una velocidad que ya no se puede controlar.

P. ¿Y cree que vivimos en una de esas fases de aceleración de la historia?

R. Desde el punto de vista tecnológico, indudablemente. En la historia de la humanidad nunca habíamos visto una revolución de la tecnología como la actual.

P. La extrema derecha crece en todo el mundo. ¿Cree que también vivimos una involución ideológica de consecuencias impredecibles?

R. El populismo de extrema derecha es una reacción a esa aceleración tecnológica, que genera mucha incertidumbre. Es particularmente palpable en países envejecidos como los nuestros.

P. Hace un año, usted le daba un voto de confianza a Donald Trump. Aseguraba que había que darle tiempo y que, al ser un hombre de negocios, llevaba las cosas al límite pero que sabría cuándo frenar. ¿Cree que se equivocó con ese diagnóstico?

R. No pensé que su soberbia e intolerancia llegaría tan lejos. Es como, si de repente, al tomar conciencia de ser el presidente de la potencia más poderosa del planeta, asumiera que podía hacer lo que quisiera, a quien quisiera y donde quisiera. Sin embargo, creo que Trump se empieza a dar cuenta de que no puede hacer todo lo que tiene pensado. Además, tiene urgencia por lograr resultados: si pierde las elecciones de medio mandato estará en problemas, y su familia también.

P. ¿Qué puede hacer Europa para contrarrestar sus delirios imperialistas?

R. Dejar correr el reloj, porque el tiempo juega a su favor. Si yo fuera asesor de Bruselas o de los chinos les diría que no tuvieran prisa, que dilatasen las negociaciones a la espera de las elecciones de medio mandato. Además, cuando se le contradice, su gran amenaza son los aranceles, pero los anuncia con la boca pequeña porque sabe que si los impone la inflación se dispararía. Y, como sabemos, su victoria electoral llegó en parte porque Joe Biden no pudo garantizar el poder adquisitivo de los estadounidenses.

P. ¿Cree entonces que los mercados financieros, más que los gobiernos, son los que pueden parar los pies a Trump?

R. Por supuesto. Los mercados son el principal dique de contención contra Trump. Y si no, mire lo que pasó cuando amagó con invadir Groenlandia. Trump pega un grito, los mercados reaccionan y da marcha atrás.

P. EE UU ha dejado de ser predecible. ¿Nota que eso se ha traducido en un deseo de los grandes fondos por invertir más en Europa?

R. Ya me gustaría que fuese así, pero la estrategia de Trump también muestra nuestras debilidades. Es verdad que poco a poco nos vamos uniendo y por fin hemos anunciado un plan de medidas coercitivas. Eso es importante porque somos el mayor mercado del mundo y no usamos nuestra fuerza. EE UU ha sabido cómo dividirnos, una estrategia que también están jugando los chinos. Pero ha llegado un momento en el que hay que parar esta broma.

P. ¿Corremos el riesgo de acercarnos demasiado a China como respuesta a las políticas estadounidenses?

R. China juega un papel muy peligroso para Europa. Pekín ve cómo el mercado americano se le cierra, que su presencia en Latinoamérica está en riesgo y que el consumo doméstico sigue siendo bajo. Y en este entorno el mercado europeo es su principal objetivo y van a por él. Y lo hacen con la complicidad de algunos gobiernos europeos que permiten abrir plantas en terreno europeo a grandes empresas chinas. Europa debe ser un conjunto sólido y no una amalgama de países cada uno defendiendo sus propios intereses.

P. En la presentación de su estrategia para 2026 ha comentado que el mayor riesgo que ve está en el mercado de deuda estado­unidense. ¿Por qué?

R. Más bien diría que es el mercado de deuda en general. Estamos viendo lo que pasa en Japón, donde los ahorradores locales están perdiendo la confianza en su deuda pública, con la consiguiente subida de los tipos de interés a largo plazo. La misma situación la vemos en algunos países de Europa. Los gobiernos deben manejar mejor su endeudamiento, porque ya no hay el margen que había hace unos años para financiar los déficits públicos. En este contexto es cuando afirmo que la clave, por su tamaño e importancia, está en la renta fija americana.

P. Y para que ese frágil equilibrio no se venga abajo la clave está en la inflación, ¿no?

R. Efectivamente, la inflación es clave, pero no es el único factor que afecta al mercado de renta fija americano. Históricamente, la deuda estadounidense ha dependido bastante de los inversores extranjeros y, ahora que Trump y su policía antiinmigración van hiriendo a los ciudadanos, muchos de estos inversores se cuestionan para qué les van a prestar su dinero. Cuando uno analiza la balanza de pagos americana observa cómo las compras de deuda por extranjeros caen bastante en los últimos meses. Esa tendencia en parte se ve compensada por la compra de acciones de empresas estadounidenses, pero solo en parte. Hay una desconfianza creciente hacia Trump porque cada semana anuncia una extravagancia nueva.

P. Luego están las presiones de la Casa Blanca para que Jerome Powell baje los tipos de interés. ¿Cree que esas amenazas y la persona que se elija para dirigir la Fed [la entrevista se realizó antes de que la Casa Blanca anunciara el nombre de Kevin Warsh para sustituir a Powell] dañarán la credibilidad de la Reserva Federal?

R. Sí, ese riesgo existe, pero también lo perciben Trump y sus asesores. Si el precio a pagar por tener libertad de financiar el endeudamiento público es dejar en paz al banco central, no hay duda de cuál será su elección. Ve cómo cada vez que se sale del guion los tipos de interés suben. Y eso Bessent [secretario del Tesoro de EE UU] lo entiende muy bien y por eso sigue de cerca el mercado de renta fija, con medidas para, en cierta medida, manipularlo, como emitir muy poco papel a largo plazo o intervenir el segmento de repos metiendo mucho dinero.

P. La mayoría de las Bolsas están en máximos históricos. ¿Ve margen para que sigan las subidas?

R. Es verdad que hemos visto tres años seguidos de subidas en la renta variable, aunque también han mejorado los beneficios empresariales. Si los bonos a 10 años en EE UU subieran hasta el entorno del 5%, eso pesaría también sobre las valoraciones de las acciones. Cuando esto sucede, las empresas que suelen ser menos castigadas son aquellas con mayor generación de caja como las tecnológicas. El problema es que este sector lleva años invirtiendo la mayor parte de la liquidez que logra y, entonces, esa parte del mercado no estaría tan protegida.

P. Carmignac siempre ha apostado por los mercados emergentes, y en particular por Latinoamérica. Usted sigue siendo un gran defensor de Javier Milei. Sin embargo, es probable que sin el apoyo de EE UU las últimas elecciones en Argentina hubieran puesto en muchas dificultades al presidente argentino, ¿no?

R. Una de las pocas cosas buenas que ha hecho la política exterior de EE UU ha sido el apoyo a Milei, indudablemente.

P. Pero lo que hizo EE UU no fue muy democrático, ya que vinculó la ayuda de EE UU a Argentina a que Milei siguiera en su puesto, lo que condicionó a los votantes.

R. Es verdad que desde un punto de vista ético, apoyar a un Gobierno puede parecer extraño, pero había que ver a quién tenía enfrente Milei. La Administración de Kirchner fue un desastre. Era importantísimo apoyar a Milei. Se hizo y eso despertó una ola que llegó a Chile y probablemente pasará a Colombia y Brasil. Teníamos un continente muy mal gobernado. Ahora hay que aclarar la situación de Venezuela.

P. ¿Y cuál sería la mejor solución para este país?

R. Hay que terminar en elecciones para que salga un Gobierno democráticamente elegido.

P. ¿Qué objetivos de crecimiento se ha fijado su gestora?

R. A diferencia de otros rivales, somos una gestora activa. Si hiciéramos una gestión ligada a índices sería facilísimo incrementar el patrimonio, al igual que si bajáramos las comisiones. Somos exigentes con la calidad, con la obtención de resultados a largo plazo, y eso es costoso porque exige contar con los mejores profesionales. El crecimiento por el crecimiento no es el objetivo, sino dar el mejor servicio posible.

P. Entonces, ¿nunca veremos un ETF (fondo cotizado, por sus siglas en inglés) con la marca Carmignac?

R. No lo creo. Eso no es gestión de activos.

P. El sector tiende a concentrarse porque la escala es cada vez más importante. ¿Le han ofrecido vender la gestora e integrarse en un grupo mayor?

R. Si supiera la cantidad de ofertas que he tenido para comprar Carmignac…

P. Y a todas les ha dicho que no.

R. ¡Somos demasiado caros! Además, tengo que proteger a los equipos. No los veo formando parte de la maquinaria pesada de un gigante de la gestión.

P. ¿Y usted no piensa en retirarse?

R. ¿Me ve cansado?

P. Bueno, ya tiene una edad y la vida resuelta. Siempre se ha comparado con el hijo de Buffett y el inversor americano ya se ha retirado…

R. Sí, pero lo ha hecho con 95 años. Me divierte lo que hago. Estoy rodeado de gente joven y capaz y, si no viniese todos los días a la oficina a aprender algo, lo dejaría. Pero qué voy a hacer. ¿Comprarme un barco gigante o una casa más grande?

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