Real Madrid: el peso de lo invisible
Como una rueda pinchada, el Real Madrid se fue desinflando poco a poco, hasta reventar en un día grande, precisamente cuando estuvo a punto de hacer una gesta


Alarguemos la mirada. Florentino Pérez intentó intervenir, pero cambió la rueda equivocada al prescindir de Xabi Alonso. El equipo quedó en manos de Álvaro Arbeloa y el poder en mano de los jugadores. No resultó. El entrenador perdió autoridad, los jugadores pasaron a ser sospechosos y la grada se irritó. Transición abortada desde el principio, con jugadores de clase mundial, pero que fueron perdiendo confianza.
En lo futbolístico poco se le puede reprochar a Arbeloa que, como recomendaba César Luis Menotti, puso el váter en el baño, el sofá en el salón y la mesa en el comedor. También intentó refrescar al equipo con jugadores de la cantera ante la falta de recursos. Poco más podía hacer.
Hay otros rasgos de su conducción, entre lo emocional y lo político, que merecen análisis. Fue indulgente con las figuras, gesto que agradecerían en sus casas, pero no en el campo. Fue funcional al club, atacando a los árbitros y mimando a los cracks con un coste: la complacencia no construye autoridad. Su discurso fue relajado, incluso en los peores momentos, y siempre apelando al orgullo, como si recordar la historia funcionara como energético. Careció del punto de fuego que el Madrid necesita como nunca, porque el equipo arrastra un déficit impropio de su leyenda: le faltó alma en muchos partidos.
El club tiene una autoridad clara, la de Florentino Pérez, un símbolo de poder institucional. Eso importa en términos estructurales y quedará como legado. Saber quién manda ayuda al orden. Pero su influencia no alcanza al vestuario, huérfano de figuras que arrastren con la fuerza de su carisma. No lo han sido los últimos entrenadores, debilitados por el propio club en una dinámica autodestructiva. En el fútbol de élite la percepción es determinante y los jugadores distinguen rápidamente entre entrenadores fuertes y débiles.
Tampoco el vestuario ha sabido compensar ese vacío. No es líder Vinicius Jr., perdido en batallas externas. Decayó Carvajal, por falta de protagonismo futbolístico. Quedan Courtois, Militao, Valverde, Bellingham, Mbappé… Grandes figuras, pero más líderes técnicos que emocionales. Falta el perfil que en su tiempo encarnaron Sergio Ramos o Raúl, jugadores con autoridad natural para hacerse oír.
En tiempos de calma, esas carencias pasan inadvertidas. Pero el Madrid atraviesa una crisis de resultados (que es la madre de todas las crisis), alimentada por una plantilla descompensada y, también, por una identidad difusa, sin más cuerpo que el de la historia. Para recuperar el juego hacen falta mediocampistas con criterio. Para recuperar el mando, quizás el club recurra a un entrenador autoritario, de los que gustan a Florentino: alguien que sirva de refugio en la tormenta. Modelo que suele tener un recorrido corto y poco exitoso en la historia del club.
Apostar por perfiles metódicos, solventes y con trayectoria, es una solución que quedó invalidada con la destitución de Xabi Alonso, la envidia de la Europa futbolística cuando llegó y devorado por el club en tiempo récord. En el Madrid hay que ganar hoy. Vicio cultural que ya es ley.
Quedan dos meses de penitencia. Porque jugar sin estímulos clasificatorios es una condena. Pero, también, una oportunidad para pensar. Los jugadores ya no tienen nada que decir y Arbeloa parece amortizado como entrenador. Todos, víctimas del resultado, ese dogma absoluto. Pero el escenario, en una máquina de producir relato como el Real Madrid, no puede quedar vacío. Llegados a este punto, solo lo puede ocupar Florentino. Y con decisiones que promuevan un cambio profundo.
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