Florentino aficionado, Florentino presidente
El Madrid lleva la firma del mandamás del club por todas partes y, ahora que Xabi ya no está, le toca a él recibir el veredicto provisional del Bernabéu

Habrá que comenzar reconociendo que la destitución de Xabi Alonso nos ha cogido a todos por sorpresa, aunque nadie podrá alegar que no estuviésemos más que avisados. Mucho se ha dicho y escrito los últimos meses sobre su situación en el Madrid, la compleja relación con algunas de las estrellas del equipo —determinar el número exacto de cabreados siempre resulta complicado en un vestuario como el blanco— y su difícil convivencia con un entorno que te borra las cinco estrellas de leyenda en Tripadvisor el mismo día que firmas tu contrato como nuevo inquilino del banquillo de hierro.
A Florentino le gustan mucho los grandes futbolistas y poco, muy poco, los entrenadores, da igual que sean grandes o pequeños. Es un aficionado de los de antes, de los que se enfadan de verdad con cada derrota y miran automáticamente hacia el banquillo para repartir culpas entre el entrenador y el preparador físico: o alguien no alinea a los que debe o los alineados no corren como se espera, no hay mucho más. No es Florentino ningún panenkita. Y mucho menos un pizarritas, mal que le pese al bueno de Miguel Quintana. No le importa si el bloque es alto o bajo, ni cómo se relacionan sus futbolistas en eso tan literario del contexto. A Florentino solo le importa ganar y para ello conoce un buen camino: el de juntar sobre el campo a la mayor leva de estrellas mundiales posible.
Ninguno de sus entrenadores le ha robado el corazón más allá de momentos muy puntuales. Ni siquiera Mourinho, al que despachó sin miramientos cuando intuyó que el portugués empezaba a creerse más grande que el propio Real Madrid: él, Florentino, es el Real Madrid le pese a quien le pese, máxime desde que decidiera volver de su retiro voluntario y optar por segunda vez a la presidencia, ahora ya sin oposición. Tampoco Zidane o Ancelotti le llenaban el ojo aun levantando Copas de Europa con una facilidad que parecía trampa. Al italiano, por ejemplo, jamás podrá perdonarle que situase a Camavinga como lateral izquierdo en aquel partido contra el Manchester City que fue la antesala del triplete britt de Pep Guardiola. Tanto le molestó todo aquello que algunas noches aún debe despertarse agitado y gritándole al mundo qué demonios hacía el francés jugando a ser Marcelo. Quizás eso pueda explicar que la plantilla actual tenga tantos laterales zurdos y ningún centrocampista con verdadero derecho a llamarse eso: centrocampista.
Este equipo lleva su firma por todas partes y, ahora que Xabi Alonso ya no está, le toca a él recibir el veredicto provisional del Bernabéu. Se ha quedado solo en la Superliga, ese torneo fantasma que presentó al mundo desde el plató de El Chiringuito. La apuesta del nuevo estadio dispensador 365 días al año sigue sin dar todo el fruto esperado y el césped continúa hecho unos zorros pese a la magnífica inversión en el hipogeo, una obra de ingeniería civil que algún día se analizará en las tardes de Mega. Los parkings proyectados en La Castellana han terminado en los juzgados, el futuro modelo de propiedad genera dudas entre algunos socios y el equipo, la principal arteria del corazón blanco —ahora descolgado a varias leguas de su máximo rival—, les genera muchas más. No son, por tanto, buenos tiempos para el Florentino aficionado: un hombre de convicciones tan firmes que, de no tener obligación de sentarse en la silla central del palco de autoridades el próximo partido, quizás desataría su furia contra el Florentino presidente.
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