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ALIENACIÓN INDEBIDA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La misma columna de siempre sobre la Supercopa

En este ‘déjà vu’ permanente, las aficiones han quedado reducidas a un elemento secundario. A nadie parece importarle que un puñado de seguidores puedan acompañar a sus equipos en destinos tan exóticos, por decir algo, como Arabia Saudí

Louzán y Laporta

Mientras el mundo mira hacia Venezuela tratando de decidir si lo que allí ocurre tiene algo que ver con la liberación de un pueblo o con una mutación del colonialismo de siempre, el fútbol español vuelve a hacer las maletas rumbo a Arabia Saudí, como esos pájaros que migran hacia zonas más cálidas cuando el frío empieza a torcerles el pico. Vuelve a Arabia, vuelve. Porque esta columna ya la hemos leído antes. Es la misma de todos los años por estas fechas desde que Luis Rubiales y compañía decidieron monetizar un “torneo que estorbaba”, si acaso con algunos matices o variaciones en el decorado.

Allí se disputa de nuevo una Supercopa vendida al mejor postor bajo el mantra de la modernidad, el sino de los tiempos, la proyección internacional y unos supuestos avances sociales en el país anfitrión que no suelen pasar de un baño para mujeres en los estadios y una conga de figurantes locales recorriendo las calles con bufandas y camisetas de los equipos participantes. El argumentario resulta tan previsible que casi se puede copiar y pegar de un año a otro: crecimiento, oportunidad, visibilidad. Y modernidad, mucha modernidad, aunque cuesta encontrarla porque siempre viene escrita con letra pequeña y llena de excepciones.

El fútbol moderno lleva demasiado tiempo viviendo de espaldas a la realidad, anestesiado desde que el dinero empezó a fluir como una catarata infinita. No es el único deporte intervenido por la codicia, claro está, pero también en esto sigue siendo el rey. Basta recordar que el último Mundial se disputó en Qatar, otro país donde las mujeres, los homosexuales o los inmigrantes son tratados como ciudadanos de segunda, tercera o cuarta categoría, eso suponiendo que se les admita categoría alguna. El próximo, si nada se tuerce más de la cuenta, se celebrará en Estados Unidos, el mismo país que bombardea donde le place, amenaza la soberanía de territorios ajenos y practica una peculiar cacería interna contra personas no ya por su pasaporte, sino por su aspecto. Pero allí irán las selecciones clasificadas, otra vez, con sus banderas, sus patrocinadores y sus discursos edulcorados. Porque tampoco esa columna, cuando se escriba, será nueva.

En este déjà vu permanente, las aficiones han quedado reducidas a un elemento secundario. A nadie parece importarle que solo un puñado de seguidores puedan acompañar a sus equipos en destinos tan exóticos, por decir algo, como Arabia Saudí: ya te los suministran allí, como en esos resorts de lujo a los que uno puede presentarse prácticamente sin maleta. El fútbol ya no se juega para quien lo sigue, sino para quien lo compra. Y el que compra casi nunca va a lo barato. Los futbolistas, por su parte, cumplirán con disciplina quirúrgica: harán su trabajo, evitarán miradas incómodas y soportarán el comportamiento de una grada que rezuma hostilidad con los que no encajan en sus parámetros de admiración por diferentes motivos.

Mientras tanto, los directivos y ejecutivos de la RFEF y los clubes se dejarán mimar en esos palcos que parecen sacados de una superproducción del Hollywood de los años cincuenta: sillones de emperador, moquetas imposibles y esas sonrisas a lo Yul Brynner de quien se siente príncipe por un día. Nada dirán sobre derechos humanos o libertades. Su compromiso social se limita al tuit anual defendiendo la diversidad, los valores universales o el zumo de piña, según lo dicte el calendario. Por eso, cuando el próximo año toque escribir esta misma columna, solo habrá que cambiar el destino y el precio: nuestro fútbol ya no tiene alma, solo tarifa.

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