Sant Jordi y el libro se profesan amor eterno
La jornada, refulgente de sol, polen y ventas, vuelve a ser de récord mientras el alcalde de Barcelona entona una insólita loa al enamoramiento


Los grandes acontecimientos están hechos a veces de multitud de pequeñas cosas. Lo dijo, o lo podía haber dicho, Proust. Pero si no fue él seguro que lo ha hecho alguno de los cientos de autores (casi 250 solo de los grandes grupos) que se han congregado hoy para firmar sus obras en Barcelona y toda Cataluña con motivo de la Diada de Sant Jordi, el día del libro y de la rosa (sin olvidar al dragón), que de nuevo ha sido de récord. La diada, refulgente de sol y ventas, ha transcurrido sin incidentes destacables de forma que hay que referirse al también dorado polen que el viento ha lanzado a la cara de los paseantes, para exasperación de los alérgicos, y a esas fastidiosas semillas aladas y peludas de los plataneros que caían continuamente como una nevada y se te iban directo a la garganta. Relatar lo que sucede en una jornada tan extraordinaria pero tan difícil de objetivar requeriría mil pares de ojos y cientos de voces. Las calles se han convertido una vez más en un mar de libros y flores, un caleidoscopio en el que se atomizan las experiencias de los innumerables paseantes ejerciendo de feliz jardín semoviente, cada uno aferrado a su rosa y esgrimiéndola como una declaración pública de pertenencia y de amor.
De amor precisamente ha hablado de manera insólita el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, en el primer acto de la diada, el desayuno institucional para los escritores que trata de infundirles fuerza, a base de los ya célebres xuixos municipales, chuchos de crema, para la larga jornada de firmas y comunión intelectual con los lectores. Tras saludar la jornada diplomáticamente como un gran día de la cultura catalana, día del libro y del patrón de Cataluña Sant Jordi (con lo que contentaba a todo el mundo tras la reacción sobrevoltada de una parte de Junts a causa de la boutade de Eduardo Mendoza sobre separar ambas celebraciones), el alcalde ha incluido en la ecuación el amor, como si confundiera Sant Jordi con San Valentín. Es verdad que la imagen icónica de esta edición de la fiesta ha sido una pareja de enamorados, él en camiseta y sosteniendo una rosa y ella, o él o ello, disfrazada de dragón verde con un libro en el regazo.
Curiosamente conmovido, Collboni ha subrayado que es emocionante explicar lo que pasa este día en Cataluña y que no sucede en ningún otro lugar del mundo. Y lo que pasa es que una ciudad como Barcelona se llena de libros y rosas y gente que los pasea en un ambiente “absolutamente romántico”. Entre las frases más escuchadas entre el gentío, ciertamente, esa gran declaración de amor: “A ver si encuentro un libro para ti”.
Sea como sea, es un hecho que Sant Jordi y el libro, pasando de polémicas, han demostrado de nuevo profesarse un amor eterno. Lo certifican las caras satisfechas de libreros, editores y autores. Las larguísimas colas para lograr la firma de Joël Dicker (acotadas con barreras como un concierto), Ana Milán y su rojo Bailando lo quitao o el propio Mendoza, con un dragón lector y seguramente reivindicativo (ya se sabe, Sant Jordi maltratador de animales) en la solapa. Y demuestra también el éxito hechos como el que en la librería Finestres se agotaran ya a las 11 de la mañana los libros de Pedro Almodóvar y David Uclés, sin duda dos de los firmantes más solicitados.
La jornada ha vuelto a tener su parte reivindicativa, como altavoz de las más diversas causas, incluidos los viajes de fin de curso que se dirían una actividad extinguida. Entre esas causas, por la parte alta, la de los escritores perseguidos en distintos países y a los que Barcelona da refugio. “La literatura no es solo belleza sino coraje”, ha sintetizado el alcalde junto a la pregonera de este año Ali Smith.

El amor de la diada no ha alcanzado al menos a un representante municipal: un grupo de bibliotecarias se manifestaban contra los recortes y cierres en las bibliotecas portando caretas con el rostro del concejal de Cultura Xavier Marcé, que entretanto comía xuixo ajeno a la protesta. Los teatros han aprovechado para sumarse a la fiesta: “un libro, una rosa y una obra de teatro” proclamaban en el Poliorama.
Uno de los momentos más emocionantes del día es cuando los escritores, espoleados por el alcalde, salen disparados del desayuno para acudir a las casetas donde firmaran. La cosa tiene algo de esos grandes momentos de la épica cinematográfica como la arenga de Gladiator o la de Al Pacino a sus jugadores en Un domingo cualquiera (“pulgada a pulgada”). A partir de entonces, los escritores se entregan a un verdadero reto para llegar a sus puntos de firma y correr de uno a otro, lo que permite que te los vayas encontrando todo el día desplazándose entre la multitud. Como Julia Navarro, entusiasmada con la atmósfera. O Espido Freire, con su Guía de lugares que ya no existen bajo el brazo y probablemente el vestido más bonito y pertinente de la jornada, con un cuerpo de rosas blancas. Muchas historias en el océano de ellas de la jornada. Almanzor parecía guiñar un ojo en la caseta de Edhasa sobre el hombro de Emma Lira. La caseta del Museo Egipcio se había convertido en el oasis de Siwa con Tito Vivas, José Miguel Parra y la propia Maixaxa Taulé estampando sus firmas. A un autor que firmaba en Laie con salacot, una lectora le ha pedido que le dedicara el libro con la enigmática frase: “Para Esther, que la mordió un león”.

Escritores, lectores, géneros literarios y gustos se han mezclado con la misma promiscuidad que las palomas, las cotorras y los estorninos que pasaban la jornada asombrados en los parterres de plaza de Catalunya. De nuevo los autores firmantes se han encontrado con la sorprendente experiencia de confraternizar con sus lectores, que pedían firmas, selfis y hasta consejos. “¿Puedo poner en una novela hablando a una persona real?, ¿me demandará?”, preguntaba una señora a un escritor. La fortuna ha juntado a gente que firmaba mucho con otra que lo hacía poco: es un trance que se vive como uno puede. Muy duro sentarte al lado de una chica de veinte años que ha escrito ya una trilogía y la firma como churros. Pero la experiencia de estar ahí siempre es positiva: “Este es mi segundo Sant Jordi, el primero me hizo pensar que soy un escritor de verdad”, señalaba en la mesa de + Bernat en la Diagonal azotada por un viento despiadado Manuel Marlasca, autor de Tú bailas y yo disparo.
A destacar en medio del marasmo de estímulos de la jornada el rotundo mensaje que proclamaba a gran tamaño un cartel en un pirulí: “Este Sant Jordi una rosa y un polvo”. Eso también va a ser amor.


























































