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Espido Freire: “Ahora se va a por el eslabón débil. A por los jubilados, el sistema de pensiones…”

La ganadora del Premio Planeta más joven de España es también una de las mujeres que más ha escrito sobre viajes, porque ha viajado incesantemente desde que era muy joven. Acaba de publicar una ‘Guía de lugares que ya no existen’ (RBA)

Espido Freire

Espido Freire no ha dejado de vivir con pasión la literatura desde los 23 años, cuando publicó su primera novela. Ni de soportar los rigores de la promoción desde los 25, cuando ganó el Premio Planeta. Admite que hasta los 40 disfrutó poco de la vida, que a los 50 le da menos importancia a todo y que está deseando ver qué le deparan los 70 y 80. En todos estos años jamás ha dejado de viajar, bien por exigencias profesionales, bien por puro placer, ni de escribir sobre esos viajes. Ahora acaba de publicar una Guía de lugares que ya no existen, justo cuando el mundo empieza a cuestionar unas fronteras que para ella eran incuestionables: “Pensamos que Europa no, que Estados Unidos no, que Occidente no, que nuestra generación no, pero sí”.

Pregunta. En su libro ridiculiza esa frase cursi que dice que “leer es viajar”.

Respuesta. Todos debemos atravesar una fase en nuestra vida en la que poder ser cursis. El principio del enamoramiento, los primeros años de la maternidad... y los viajes. Cuando estamos en lo evocativo o en lo elogioso es muy fácil caer en ello. Hay una voluntad constante en el ser humano contemporáneo de esnobismo y hay que tener cuidado con qué nos gusta y qué decirnos sobre ello, porque envejece a una velocidad vertiginosa.

P. El cierre de una librería pequeña de Malasaña por la gentrificación se ha visto como una especie de signo de los tiempos. ¿Está de acuerdo?

R. Las librerías sobreviven como pueden, como todos los negocios culturales, y Tipos Infames bastante ha aguantado. No era una librería de barrio exactamente, sino también un eje de comunicación. Y eso es sostenible hasta cierto punto. Hay mucho de aspiracional en ser escritor y en los últimos años, también en ser lector. Se tiene que saber qué leo, cuánto leo y qué es lo que leo, y sobre todo mi opinión. Pero eso la mayor parte de las veces no está acompañado de una inversión real.

P. También es aspiracional lo de ser librero, ¿no?

R. La librería es ya un espacio en el que no solamente está el libro como tal, sino toda la estética que le rodea. La pose, el café, la decoración bonita. A todos nos gusta ir a sitios bonitos, no es una crítica, es un análisis. Y sobre todo está esa idea de pasado instantáneo, como si todas fuesen Shakespeare and Co., aunque acaben de abrir hace diez minutos. Una librería buena tiene que absorber parte del alma de los libreros, y eso lleva mucho tiempo.

P. En uno de esos primeros viajes en tren una señora le preguntó dónde podía encontrar una trabajadora sexual para su hijo discapacitado. ¿Qué le contestó?

R. Yo entré directamente en modo eficiencia organizadora y le dije lo que se me fue ocurriendo, sobre zonas de Bilbao donde pensé que podría darle una solución. Pero yo creo que aquella mujer simplemente necesitaba compartirlo con alguien que no la fuera a juzgar.

P. ¿Y no la juzgó?

R. Sentí mucha compasión. Ahora lo interpretaríamos de otra manera, porque somos también mucho más conscientes de las necesidades sexuales de las personas con discapacidad. Pero en su momento ella, y también yo pensábamos que esa era la única opción. Me pareció una señal de hasta dónde puede llegar llega la maternidad entendida en su sentido más amplio.

P. Un taxista en Damasco le dijo que las grandes cosas siempre son malas y ahora no paran de pasar cosas grandes. ¿Cuál es su estado de ánimo con respecto al mundo ahora mismo?

R. Estupor. La sensación de estar arrastrados por una inercia que probablemente nos lleve a donde ya hemos estado. Ojalá me equivoque pero nos han enseñado muchas veces a dónde nos llevan los totalitarismos. Estamos insensibilizados, pero imparablemente alineándonos en ese lugar. Nos hemos convencido poco a poco de nuestra importancia individual, como clientes, como consumidores, como ciudadanos, como votantes, como personas que somos capaces de decir “aquí estuve yo”, a través de las redes sociales o de nuestro derecho a voto y de pronto estas dinámicas lo que tú o yo podamos querer pensar, opinar, gritar, chillar, queda sumergido por lo que la masa desea.

P. Fue usted una de las primeras autoras españolas que comprendió el poder que le daban las nuevas redes. ¿Qué opinas del estilo promocional y comunicativo de David Uclés?

R. Siempre me ha interesado mucho que haya los menos intermediarios posibles entre mi discurso y el lector. Estaría bueno que yo opinara sobre la agenda de un compañero y más aún sobre la agenda política. Esa es una decisión absolutamente individual y particular.

P. ¿Pero le cansa la forma que tiene ahora la industria de promocionar sus talentos?

R. Es muy tramposa, es muy intensa, lo cual hace que tanto el producto como el destinatario se saturen muy rápidamente. Las personas que son inteligentes y que son hábiles saben conducir eso a lo largo. Pero la mayor parte de las veces pasa de ser una excepción a un fenómeno, y del fenómeno a la nada. Y ese riesgo lo corren normalmente las personas más jóvenes.

P. ¿Qué cosas no haría ahora que hizo en su juventud por exigencias promocionales?

R. Sería más cauta con mis declaraciones. Creo que sería lo único. En el resto, trabajé mucho. Me he tomado siempre todas las promociones, todos los libros muy, muy en serio, quizás demasiado. De los veintitrés, de mi primera novela, a los treinta y algo, que son años en que eres joven, en que puedes con todo, los dediqué a trabajar como una burra. Y luego llegan los cuarenta y dices: todo lo que hago está imbuido de lo que amo, pero me está absorbiendo. Y luego llegan los cincuenta y ya te da igual [risas]

P. ¿Se había imaginado que vería un mundo en el que las fronteras serían cuestionadas de nuevo?

R. Mi generación se educó con la idea del progreso infinito, con la idea de que prosperaríamos económicamente, que nuestras carreras ascenderían, que los esfuerzos de solidaridad, de cooperación, de pacificación, continuarían. Y yo nunca puse eso en entredicho mientras que quienes pertenecen a otras generaciones tienen otra visión. Por eso no entiendo esa dinámica de ahora en la que se le pregunta a la gente mayor qué han hecho y por qué lo han hecho.

P. ¿Que se les exijan responsabilidades?

R. Eso no es exigir responsabilidades. Es armar bronca, que es diferente. Si se pidieran responsabilidades de verdad, tendríamos que estar con otros movimientos que nos están llevando adelante. Sencillamente se va a por los eslabones más débiles. A por los jubilados, el sistema de pensiones…

P. Usted siempre ha dicho que es feminista de tercera generación. ¿Le hubiese gustado contar con las herramientas que tienen ahora las chicas?

R. Como bien sabemos, nunca debemos celebrar los logros del feminismo, porque son muy frágiles. Llevo siguiendo con mucho interés todos los pasos que se daban hacia el movimiento del cuerpo en positivo. Y he visto, con sorpresa, o ni siquiera, que en el momento en que las soluciones médicas han estado a un alcance más o menos general para revertir el mayor eje de sufrimiento físico de mi generación, que es el peso, se ha acabado. Y esto no ha sido un grupo de hombres que nos estuvieran diciendo nada. Han sido las propias mujeres las que han descubierto una vía rápida para aquello que siempre quisieron ser. Es un descubrimiento muy desconcertante, porque si eso pasa con la apariencia física, ¿qué ocurre con el resto de aquello que creemos y en lo que luchamos?

P. Me refería quizá a las actitudes de los hombres excesivamente alfa de su entorno, ¿ha notado una mejora en los últimos años?

R. Lamento decir que no. De hecho, quienes han modificado en general sus conductas, eran personas que partían ya de otra actitud respecto a todas las mujeres. No tengo esa sensación, al contrario. Se sienten genuinamente dolidos. Mal interpretados, incluso.

P. Como está pasando con Julio Iglesias, por ejemplo.

R. Bueno es que cuando miramos hacia atrás y vemos vídeos de hace veintidós años nos preguntamos, ¿cómo lo toleramos? Pero es que eso ya era una anomalía. Lo que pasaba era que una vez que hemos recorrido un camino y sabemos algo, tendemos a pensar que siempre lo hemos sabido. Y no es cierto. Y la presión de lo social, sobre todo en un plató, obligaba a reaccionar como te habían enseñado: minimizar, pactar y no aumentar el problema. Y después, si querías, te podías quejar. Pero la idea de convertirlo en una reivindicación no era habitual. Y eso es lo que la gente de veinte años no puede entender.

P. Es decir, el feminismo no nació ayer.

R. Yo creo que hace falta muchísimo más diálogo intergeneracional, no solo con las abuelas, con las que es fácil entenderse, sino con las madres. Hace falta un mayor interés por parte de los jóvenes por entender a los mayores. Y es fácil ver qué música escuchan, es fácil ver cómo visten, pero es mucho menos fácil entender cómo piensan.

P. ¿Y cómo leen?

R. Ahí tenemos una gran ayuda, que son los clásicos. Están poniéndose de moda otra vez, que siempre han estado. Pero el año pasado, que estuvo dedicado de una manera muy intensiva a Jane Austen me sirvió mucho para entender a chicas muy jóvenes. Lees de forma diferente Cumbres Borrascosas cuando tienes 25 que cuando tienes 55.

Guía de lugares que ya no existen

Espido Freire
RBA Libros, 2026
160 páginas. 20,90 euros

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