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Gonzalo Celorio recibe el Cervantes reivindicando la libertad y la herencia española en México: “La novela es un género libertario”

El escritor mexicano defendió el papel del castellano en Latinoamérica: “Sin la lengua española, ni México ni ningún otro país hispanoamericano hubiera podido configurar su nacionalidad”

Ceremonia de entrega del Premio Cervantes, en directo
Los reyes Felipe VI y Letizia saludan al escritor mexicano Gonzalo Celorio, antes del almuerzo ofrecido este martes por los Reyes a una representación del mundo de las letras.

“Tú llegarás, hijo”, le dijo su padre, en su lecho de muerte, a Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 78 años). “Si no puedes, yo te empujo”. El padre empujó y el hijo llegó: “Hoy llegué, papá, justamente hoy, 64 años después”, reconoció Celorio al inicio de su discurso. Estaba recibiendo de las manos del rey Felipe VI, este jueves en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el premio Cervantes: el galardón supremo de las letras en lengua castellana, otorgado por el Ministerio de Cultura.

Celorio, bigote blanco, ojos claros, voz algo ronca, dedicó el resto de su discurso, como suele ser habitual, al Quijote y a don Miguel de Cervantes Saavedra. Llevándolo a su terreno: la literatura del yo, tan propia de nuestra época y también frecuentemente vilipendiada por los que defienden la fabulación. Eso del yo, a juicio del premiado, no solo es territorio de la poesía lírica, sino que puede proliferar en otros géneros, como la novela y la memoria, pero incluso en el ensayo o la crónica. Celorio está a favor de la “promiscuidad” y, en este sentido, es un escritor transgénero (literario), como Cervantes, con su “renuencia radical a ubicar los géneros literarios en compartimentos estancos”. El canon cervantino “no es otro que la insubordinación a todo canon”. La novela ha aprendido de eso, toda búsqueda de modernidad o experimento está ya contenida en El Quijote, por eso, como señaló Celorio, la novela no es solo un género literario, sino también “libertario”.

Habló Celorio de la libertad, término prestigioso y hoy muy disputado, un concepto que Mario Vargas Llosa, como recordó, destacó en la obra cervantina. La libertad entendida como “soberanía del individuo frente a la autoridad”. Cervantes apreciaba la libertad, ese tipo de libertad, por haber estado preso cinco años en Argel, y no solo en Argel, por eso, en su discurso, la libertad “tiene predominio aun sobre la justicia, de la que su propia experiencia hace recelar”, según Celorio.

“La nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y de la cultura españolas que le son inherentes. Con sus propias peculiaridades, en cierta medida derivadas de las culturas antiguas, en las que se ha intentado sobreponer de la retrotopía de las culturas antiguas”, dijo Celorio, tomando posición en un debate reciente (y por el que ha sido preguntado en repetidas ocasiones) en torno a la relación entre España y México, encendido por la exigencia, en 2019, del entonces presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, de una disculpa oficial por los desmanes de la conquista española. “Sin la lengua española, ni México ni ningún otro país hispanoamericano hubiera podido configurar su nacionalidad”, añadió, poniendo énfasis además en la influencia de vuelta en las letras españolas del modernismo de Rubén Darío o de las novelas del bum latinoamericano.

Para conocerse a sí mismo, Gonzalo Celorio se adentró en los vericuetos de su memoria y volvió para contar lo que allí había visto. Y vio historias de familia, de amor, de migración, de exilio, de bonanzas y latrocinios, en novelas como Amor propio, Tres lindas cubanas o El metal y la escoria, todas publicadas por Tusquets. En la historia de su familia se entrevera la Guerra Civil española, las revoluciones española, cubana o sandinista, la historia del mundo, o de una parte del mundo. Ese montón de espejos rotos, una memoria, valga la redundancia, es un relato de su vida como factótum de las letras (escritor, pero también editor, pero también crítico, pero también académico, pero también…), y además un relato de la vida de México, el país que acogió a su estirpe de raíces asturianas cuando su abuelo Emeterio dejó la aldea de Vibaño para cruzar el mar y buscar fortuna. Espejos rotos: eso es el recuerdo, un material maleable, lleno de destellos que muchas veces reconfigura el tiempo y la fantasía. “Liberado de las exigencias de la veracidad histórica, le di cabida a la imaginación literaria”, dijo el autor.

Es fácil conocer la historia del mundo, porque está en los libros, pero no tanto conocer la historia de la propia familia. Así que Celorio tuvo que indagar en los archivos familiares, fotografías, recotes de prensa, incluso recetarios de cocina, tuvo leer cartas que no habían sido escrito para él o diarios que sus seres queridos y sus ancestros utilizaban como sala de confesión. Aparecieron “adulterios escondidos, homicidios encubiertos, abusos pederastas”. Descubrió que todos sus familiares “habían desempeñado, sin sospecharlo, un papel épico en el transcurso de sus días”. Y esa condición épica era el caldo de cultivo ideal para cultivar la novela.

A la hora de urdir sus libros, Celorio nunca tuvo reparos en convertirlos en personajes, “a merced del artificio de la literatura, podrían ser trascendentes no solo para mí y los míos por tratarse de nuestra propia estirpe, sino para cualquier lector capaz de vivir como suyas sus convulsivas historias”, dijo. Así, no tuvo reparo en modificar fechas, nombres, parentescos o suprimir personajes anodinos para la literatura, aunque fueran importantes en la vida familiar. Un viaje de ida y vuelta entre literatura y realidad. La invención, a juicio del autor, hizo más profunda la historia original.

La literatura de Celorio fue abordada por Ernest Urtasun, ministro de Cultura, desde el agradecimiento. Recordó la reconocida deuda de la formación intelectual de Celorio con el exilio republicano español. Y señaló que este “es un premio, sin duda, a los logros y conquistas de la universidad pública. Necesitamos más que nunca su plena autonomía, su criterio científico, su buena salud. Porque una universidad cuidada y respetada es el rostro de un país y el mayor de nuestros tesoros”, dijo, en presencia, en labor institucional, de la presidenta de la Comunidad de Madrid Isabel Díaz Ayuso, embarcada en los últimos tiempos en una polémica por los fuertes recortes en la universidad pública, finalmente solventada.

El rey Felipe VI aprovechó para recordar dos efemérides de las letras latinoamericanas: los 50 años de la muerte de José Lezama Lima, los 40 de la de Jorge Luis Borges. Lo dijo a cuenta de que el premio Cervantes para Celorio honra su lugar en la “vasta y diversa” literatura hispánica. Y recordó los “dos grandes vínculos” que unen a España y México en el ámbito cultural y editorial. Primero, la lengua compartida, “que permite atravesar 23 fronteras sin perder inteligibilidad”; y segundo, una larga tradición literaria compartida, que se remonta a Carlos de Sigüenza y Góngora, Juan Ruiz de Alarcón o sor Juana Inés de la Cruz, quienes dialogaron con los grandes escritores peninsulares del Siglo de Oro, “en un intercambio que es expresión del mestizaje que nos ha caracterizado a lo largo de la historia y que todavía hoy nos moldea”. La vida y trayectoria de Celorio, a juicio del monarca, “nos recuerda que España y México son más que países hermanos: son culturas entrelazadas por la lengua y la cultura, unidas por una cercanía sincera y un afecto compartido que perdura en el tiempo”.

Concluyó Celorio su discurso recordando -siempre recordando- una vida dedicada a las letras. Como profesor que contagió el entusiasmo por la literatura en la Universidad Autónoma de México, como lector voraz, como bibliófilo irredento, como académico en la Academia Mexicana de la Lengua, como editor en el Fondo de Cultura Económica, etc. “Cuando alguien me pregunta cuál es la palabra que más me gusta, le respondo que la palabra palabra

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