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conversaciones a la contra

José Luis Sastre, periodista: “Cuando hay terrorismo, la democracia la salva gente que acabamos olvidando”

‘Plomo’, la nueva novela del escritor y subdirector de Hoy por Hoy, aborda la vida de un escolta y una concejala. “Seremos memoria molesta”, dice un personaje

El periodista y escritor José Luis Sastre.Álvaro García

“Me desnudé demasiado. No quiero ser ese señor tan desasosegado y preocupado que sale ahí”, dice José Luis Sastre (Alberic, Valencia, 42 años) señalando la página de su última entrevista en EL PAÍS hace dos años con motivo de su primer libro, Las frases robadas. Reflexiona sobre la cantidad de horas que trabaja. “Me hará envejecer mejor saber perder el tiempo. Miguel siempre me dice que para aprender a no hacer nada hay que sentarse y decir: sofá, radiador, piano, ventana, calle. No he llegado a ese punto, pero estoy en ello”, dice mientras pide un vaso de agua y toma asiento. Miguel es Miguel Maldonado, su compañero del podcast Sastre y Maldonado. “No nos conocíamos de nada. Si el podcast ha tenido algo especial es que ha sido la construcción de una amistad en directo”. Es lunes y está recién llegado de Valladolid, donde ha seguido las elecciones de Castilla y León con su programa de radio Hoy por Hoy, que dirige Ángels Barceló. Es columnista de EL PAÍS. Prepara nuevo programa en TVE, El juicio. Y publica ahora Plomo (Plaza&Janés), una novela sobre un policía que asume la escolta de una concejala amenazada de muerte. Una historia sobre dos héroes anónimos, de los cientos que hubo en el País Vasco bajo el terror de ETA de los que no se supo nunca el nombre salvo cuando se estampaba en una esquela. Puede ser, sin embargo, la historia de cualquier terrorismo al que se enfrenta alguien que bien se pudo ahorrar ponerse voluntariamente en la diana. Plomo no transcurre en ninguna época concreta, ni sale ningún nombre reconocible. Sí son reconocibles los atentados, sí es reconocible (mucho) la atmósfera.

Pregunta. ¿Por qué escribe este libro?

Respuesta. Porque hay un camino que vale la pena explorar. A mí me impactó conocer la historia de los guardaespaldas que protegieron al juez Borsellino. Cuando la mafia mata al juez Falcone, Borsellino dice: “Ahora me toca a mí. Tenemos que ir rápido”. Así que poco después del funeral de Falcone le dice a su entorno que va a seguir trabajando, consciente de que ya está muerto. Y el grupo de escoltas que le protegía se le acerca y le dice: “Nosotros vamos a estar con usted hasta el final”, sabiendo que a ellos no solo les podían matar, sino que su muerte iba a ser anónima. Nadie iba a conocerlos. De hecho, matan a Borsellino y matan a algunos de sus escoltas.

P. Impresiona.

R. Yo no sé lo que haría. Es un dilema interesante para el lector. Qué mueve a esa gente que, por defender a los demás, por un sentido del deber, renuncia —o lo pone por encima— de otro deber, que es tu deber como padre, tu deber como persona, tu deber de supervivencia.

P. Un capítulo está atravesado por una larga discusión entre el escolta protagonista y su cuñado. “Uno solo no salva el mundo”, le dice el cuñado, que quiere disuadirle, que quiere que su hermana y sus sobrinos sean felices y no vivan ese infierno. El escolta siente que le hace a él responsable de lo que le ocurra. Otro éxito de los terroristas.

R. En esa conversación se explica que el que sigue es un valiente, y el que renuncia y da un paso atrás no es un cobarde.

P. “Si no lo hago yo, lo hará otro”. Es una frase que suele pronunciarse para justificar el mal, pero aquí se utiliza en sentido contrario. Una idea de comunidad.

R. A veces las premisas que más nos define son las que se explican de la manera más sencilla. Este chico hace lo que tiene que hacer, lo que cree que le toca hacer. Yo he leído los artículos de Albert Camus. Cómo en los peores momentos, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, era capaz de sacar esa lucidez de las cosas más sencillas. Por eso esa frase del final, que es una frase que yo he tenido siempre para mí, esa idea de la justicia tan sencilla, tan cotidiana: en cada época nos toca hacer lo que tenemos que hacer.

P. Descorazona cómo el protagonista, ante el odio y la miseria moral que lo rodea, los chivatazos, las pintadas, las amenazas, el envalentonamiento, dice: “Yo no querría odiar, pero es inevitable”.

R. Terminas odiando. Pueden convertirte en alguien que odia, no solo en alguien que tiene miedo. Y sobreponerse a eso es muy difícil. Porque no es solo que te maten a tu padre o que veas cómo lo matan. Es que después siguen las amenazas, los comentarios, las persecuciones. Sobreponerse a esa pulsión humana por odiar exige una condición y un valor del que yo no sé si sería capaz. Por eso a mí me interesaba la idea del deber. No solo de las personas que están en primera fila. Lo he personificado en el concejal y su escolta porque literariamente me ayudaba, pero también fiscales, gente que iba a trabajar a cuarteles, profesores, maestros: gente que tenía el valor de decir y hacer lo que creía que había que decir y hacer. Me interesaba eso y la idea de la bondad: si existe, si es posible todavía. Puede sonar ingenuo, pero yo creo que existe, y que ha existido. Que a todo ese odio se le ha acabado imponiendo una idea genuina de bondad que explica que tanta gente sacrificara tanto sin ganar nada.

P. Pronunciarse es señalarse.

R. Esto es común en muchas épocas de la historia y seguro que también hoy en gente que no solo sufre amenazas sino que tiene que soportar comentarios de gente que la quiere: “¿Pero por qué te has metido en eso?”. Y tiene que dar explicaciones de por qué está haciendo lo que cree que es su deber.

P. Esa pregunta hace girar la novela.

R. Te vas a dormir pensando: “¿Estoy poniendo a mis hijos en riesgo solo por hacer esto?”. Hay un momento en la novela en el que María le pregunta al concejal: “¿Tú has pensado en dejarlo?”, y él le responde: “Tengo que justificar tantas veces por qué lo hago que creo que me anticipo a esa pregunta”. Por qué lo hicisteis, si nadie os iba a recordar y además corríais el riesgo de poner en peligro vuestra vida y la de vuestro entorno. Eso es heroico. Y ese heroísmo durante generaciones lo hemos dado por hecho: “Es su trabajo”. Pero ¿somos conscientes de lo que implicaba ese trabajo?

P. ¿Fuimos conscientes de ese valor?

R. No estoy seguro. En las crónicas se decía: “Han matado a un concejal y a su escolta”, y para mucha gente era casi como si valiera menos, como si se diera por hecho que iban a morir con ellos solo por hacer su trabajo. Eso creo que en algún momento hay que replanteárselo, y si esta novela ayuda un poco, habrá valido la pena.

P. Se muere un terrorista o alguien que justificó y fomentó el terrorismo, y hay homenajes y reconocimientos populares. Pero cuando se muere un policía o un concejal que se pasó veinte años mirando debajo del coche…

R. Hemos ido muy rápido con algunos olvidos. Hay un momento en la novela en que una mujer en un funeral dice que cuando todo pase y se consiga una vida normal —que durante tantos años fue una aspiración—, seremos “memoria molesta”. No sé si es memoria molesta o no, pero creo que nuestro deber es, en el momento oportuno y también con el paso del tiempo, seguir llamando a las cosas por su nombre.

P. Siempre hay unos pocos que no abandonan su puesto. Los que en las guerras saltan en primera línea: saben que van a morir, y también que no hay pelotón sin primera línea.

R. Cuando un país sufre el terrorismo o conflictos así, la democracia la salva gente que acabamos olvidando. Es gente que ha permitido a líderes políticos, económicos, sindicales o sociales tener la protección suficiente para hacer su trabajo. Y también, en un plano más cercano, están esas pequeñas redes que construimos: amistades, vínculos. Esa fraternidad —un concepto muy de posguerra, cuando uno se pregunta qué hemos sido capaces de hacer como humanidad— a mí me impactó mucho cuando leí sobre ella. A veces me da pudor decirlo porque parece ingenuo, pero creo eso: cuanto más se complica el mundo, más me recojo en esa idea de comunidad, de crear redes, de ayudarnos. Hemos identificado la participación solo con la política institucional, y no. El compromiso político también lo ha ejercido muchísima gente que se ha sacrificado y que nunca ha salido en ninguna lista.

P. El hijo de María, la concejala, le pregunta cómo se deja de tener miedo. Ella responde que gastándolo.

R. Enfrentándote a él una y otra vez hasta que deja de tener ese efecto.

P. Una escena muy dura: esa señora de sesenta años que mete la mano en el bolso para buscar un regalo y el escolta se le echa encima creyendo que puede atentar. Él dice que se ha vuelto irascible y desconfiado. El precio a pagar es altísimo.

R. Los que no lo han pagado con la vida lo han pagado con un cambio de carácter. Hay un impacto psicológico. Imagínate los niños que crecieron en ese entorno. En la novela hay un escolta que no se atreve a decir “te quiero” a sus hijos, pero los abraza con fuerza, como diciendo “no sé si…”. Y esos hijos crecen con un miedo abstracto, sin saber muy bien dónde está el peligro. No es miedo a algo concreto: es vivir viendo a tus padres mirar debajo del coche, tener miedo al girar la llave del contacto. Crecer así marca. ¿Se puede tener una infancia normal?

P. Y la tentación de la violencia de vuelta en ese escolta, que pierde los nervios y se arriesga a una sanción.

R. Entiendo esa reacción. Estás viviendo un infierno. Y esta mujer lo único que ha hecho es ser concejala, intentar prestar un servicio público. Pero la masacran públicamente, la insultan, la amenazan. Y el escolta dice: “Me da rabia que lo único que pueda hacer sea poner un parte”.

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