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Gabriel Prokófiev, compositor: “La música clásica tiene que volver a bailarse”

El productor y ‘dj’ londinense, nieto de Serguéi Prokófiev, estrena en L’Auditori de Barcelona ‘La tradición en una pista de baile’, una fusión de referencias al repertorio clásico con electrónica y sintetizadores

El productor y ‘dj’ londinense Gabriel Prokófiev, en una imagen de promoción.

Hay apellidos que imponen, sobre todo a sus portadores. El compositor Gabriel Prokófiev (Londres, 41 años) no llegó a conocer a Serguéi, el enfant terrible de la modernidad soviética, pero desde pequeño sintió una gran admiración y respeto por su abuelo. “Cuando mi padre [Oleg, pintor y escultor abstracto] emigró a Gran Bretaña tuvo mucho cuidado de no imponernos esa herencia”, cuenta en conversación telefónica. Su infancia no transcurrió, como cabría imaginar, entre estrictas clases de solfeo. “En casa sonaba siempre su música, pero la asimilábamos con cierta naturalidad”, recuerda. “Me encantaba su ballet Romeo y Julieta y el segundo de sus conciertos para piano”.

Sus padres lo apuntaron a clases de varios instrumentos, e incluso formó parte de un coro, pero nunca terminó de encajar en esos ambientes. “Para sorpresa de nadie, con 10 años creé un grupo pop y los fines de semana de mi adolescencia los dedicaba a bailar en las discotecas”. Ya entonces tenía claro su camino, pero no la dirección exacta que debía tomar, así que estudió música electroacústica en Birmingham, composición en Nueva York e incluso pasó una temporada en Tanzania recogiendo en una grabadora los cantos polirrítmicos de los masáis para el archivo de la Biblioteca Británica. “Aquella experiencia cambió radicalmente mi concepción del sonido”, asegura.

En 2003, después de una breve etapa como productor, se reconcilió con la música clásica. Compuso dos cuartetos de cuerda y fundó Nonclassical, un club nocturno itinerante y sello independiente. “Me propuse sacar el repertorio tradicional de las salas de concierto, atraer a la gente joven y demostrar que esta música también puede y debe bailarse”. No tuvo que inventarse nada, pues todo estaba en los papeles. “Desde Couperin hasta Mozart, Chopin o Bartók, muchos compositores escribieron danzas inspiradas en la música popular de su tiempo”, afirma. “En el siglo XX todo se volvió demasiado cerebral, por lo que ese elemento físico del baile se fue perdiendo”.

Tras la reciente publicación de su disco Dark Lights, una original mezcla de texturas orquestales, sintetizadores y electrónica, recibió un encargo de L’Auditori de Barcelona. “La idea era reunir una selección de mis piezas adaptadas y versionadas para el Morphosis Ensemble”, un conjunto de cámara formado por piano, saxofón, percusión, violonchelo, violín y electrónica. “Los arreglos alternan pasajes contemplativos con ritmos del universo dance”, adelanta. “No es un concierto de club, pero habrá momentos en los que se sentirá esa energía y, quién sabe, quizá consiga despegar al público de sus butacas”, aventura desde su casa del barrio londinense de Hackney.

El resultado, que lleva por título La tradición en una pista de baile, podrá escucharse el 15 de marzo en la Sala 2 Oriol Martorell. “Tengo una idea del orden del programa, pero me gusta trabajar de manera espontánea con los intérpretes durante los ensayos”, afirma. Entre las piezas que incorporará a la mesa de mezclas figura Howl, inspirada en el papel que desempeñó la tecnología durante las protestas de la Primavera Árabe. “La gente acude a los conciertos para escapar de la realidad y sentirse libre”, reflexiona. “Por eso creo que la música debe poder expresar las emociones profundas, y por supuesto nuestras preocupaciones, pero sin utilizar la política como moda pasajera”.

Hace unos días varios medios informaron de que la casa-museo de su abuelo en Sontsivka, en la zona ocupada de Ucrania, había sufrido saqueos. “Esta guerra fratricida es una tragedia y un error gigantesco, así que mientras continúe no pienso regresar a Rusia”, lamenta el compositor, que tiene familia en San Petersburgo y ha empezado a colaborar con el trío ucraniano Liatoshinsky. Al comienzo de la invasión, la música de Serguéi, que murió el 5 de marzo de 1953, el mismo día que Stalin, fue objeto de censura en Occidente. “Ese tipo de reacciones solo contribuyen a la propaganda de Putin, pues mi abuelo fue víctima de las listas negras del régimen soviético”.

La no menos novelesca historia de su abuela, la soprano española Lina Codina, se abordará en una de las conferencias que se celebrarán en París con motivo del 135º aniversario de Prokófiev. “En estos encuentros la gente suele preguntarme qué opinaría mi abuelo de la música que hago”, reconoce entre risas Gabriel, que forma parte del comité organizador de la Universidad de Columbia. “Si nos atenemos a la dureza con que se refirió a los trabajos de algunos de sus colegas, es probable que me escarmentara por una armonía mal construida o un exceso de simpleza, pero estoy convencido de que en el fondo se alegraría de que alguien de la familia siguiera sus pasos”.

La trayectoria musical de Gabriel tomó un nuevo rumbo tras el estreno en 2011 de su Concierto para tocadiscos en los BBC Proms. “De pronto me encontré en el Royal Albert Hall y frente a un público completamente fascinado por la presencia de un dj en medio de una orquesta”. Desde entonces, su música se ha debatido entre la fidelidad a las formas clásicas (como el Concierto para violín que escribió para Daniel Hope) y la exploración de nuevas fórmulas con las que seguir desafiando la manera de disfrutar del gran repertorio. “Mi remix de la Novena de Beethoven propone algo tan sencillo como tomar una obra que todo el mundo conoce y dejarse sorprender”.

Para el compositor londinense, los promotores de conciertos solo conseguirán conectar con el público joven si renuncian a la lógica del nicho. “La Aurora Orchestra, por ejemplo, organiza day raves para adaptarse al estilo de vida de una generación, la Z, a la que le gusta llegar pronto a casa”. Imposible sustraerse a las recientes y polémicas declaraciones del actor Timothée Chalamet. “Se equivoca al pensar que la ópera y el ballet no interesan a nadie, pues son estas formas de arte las que nos ayudarán en los próximos años a escapar de las pantallas”, comenta. “Pero agradezco que sus comentarios hayan abierto un debate que considero importantísimo”.

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