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La voz de Artemis 2 se oyó primero en España: “Es maravilloso volver a escuchar a la Tierra”

Las antenas que la NASA tiene en la localidad madrileña de Robledo de Chavela fueron las que captaron esas palabras de la astronauta Christina Koch al resurgir la nave Orion tras la cara oculta de la Luna

Moisés Fernández Álvarez, director de la base de la NASA en Robledo de Chavela (izquierda), y Philips Baldwin, responsable de comunicaciones de la agencia estadounidense (derecha)Jaime Villanueva

Durante los 41 minutos que la tripulación de Artemis 2 se escondió detrás de la Luna, el mundo entero contuvo el aliento. Después del lanzamiento, se trataba del siguiente momento más delicado de toda la misión. En la cara oculta del satélite, expuestos al vacío y a la radiación solar, incomunicados y sin posibilidad de ayuda, la vida de las cuatro personas que más lejos han estado de la Tierra dependía de la precisión quirúrgica de unos cálculos que ya no podían corregirse. Durante esos minutos estaban solos en el universo. Es difícil imaginar la carga dramática, la emoción e incluso el vértigo que el equipo de la NASA sintió al oír la voz de Christina Koch en sus receptores de radio: “Es maravilloso volver a escuchar a la Tierra”. Estaban ante la hazaña más reciente de la humanidad.

La voz de la primera mujer en ir a la Luna tardó 1,28 segundos en viajar de la nave a la Tierra, pero el mensaje que hizo que Houston rompiera en vítores y aplausos se escuchó unas décimas de segundo antes en Madrid. Las ondas electromagnéticas en las que viajaba encontraron su primer receptor cerca del municipio Robledo de Chavela (Madrid, 4.874 habitantes), donde chocaron contra dos colosales antenas blancas que apuntaban a la nave. El director de ese complejo, Moisés Manuel Fernández, cuenta que esta misión ha supuesto “el mayor hito” en su carrera. También lo ha sido para Philip Baldwin, responsable de comunicaciones de la NASA, que vivió todo el proceso desde esa base de aspecto alienígena oculta entre las encinas de un valle madrileño.

“Los primeros que supieron que todo iba bien fueron nuestros operadores”, explica Fernández. Toda esa información que recibieron por ondas viajó muy rápido a través de un cable de fibra óptica conectado con otra estación similar en Goldstone (California, EE UU) y, desde allí, hasta la base de Houston (Texas, EE UU), donde se controlaba la misión. “Todo esto en un tiempo casi real”, añade.

La base de Robledo de Chavela es la más grande de las tres que conforman la Red del Espacio Profundo (DSN, por sus siglas en inglés) de la NASA. Otra es la de Goldstone y la tercera está en Canberra, Australia. Están situadas de tal manera alrededor del globo para que cualquier punto en el espacio esté unido por una línea recta imaginaria con al menos una de estas antenas. La rotación de la Tierra hace que estos dispositivos tengan que desconectarse y transferir la señal a aquellos que tengan en su campo de visión la nave con la que quieran comunicarse. Por eso, que reciban un mensaje en Australia, EE UU o en España depende en gran medida de la suerte.

No es la primera vez que a la base española se le alinean los astros y le toca la lotería espacial. En 1969, cuando el ser humano pisó por primera vez la Luna, la llamada Antena 66 fue la que captó la famosa frase de Neil Armstrong: “Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la humanidad”. Este dispositivo de alrededor de 500 toneladas se ha convertido en un monumento por la trascendencia de ese momento. Un punto emblemático de la base que recuerda de lo que son capaces las 90 personas que trabajan allí.

En el complejo ahora mismo hay seis antenas coordinadas con las cuatro que tiene EE UU y las cuatro que hay en Australia. Resulta impresionante la velocidad a la que estos objetos se mueven, cómo rotan sobre su eje y elevan su enorme campana hacia el cielo. No todas funcionan constantemente, pero en esta web es posible ver en tiempo real con qué misión espacial está conectada cada una. Cuando se ve una sola onda sobre la antena, significa que está recibiendo información del espacio. Cuando las ondas son dos, significa que la está enviando.

El ejemplo más interesante por su complejidad es la misión Voyager 1, el objeto humano que más lejos ha llegado nunca, a casi 24 horas luz de la Tierra. El 25 de agosto de 2013, los receptores de radiación solar de la nave experimentaron un descenso drástico en sus métricas: la nave había salido oficialmente del sistema solar. Las señales que mandan a esa nave desde Robledo de Chavela viajan a la velocidad de la luz, a casi 300.000 kilómetros por segundo, y aun así, tardan casi un día en llegar de un punto al otro. Es decir, que para ver una fotografía que tome hoy la nave, habría que haber mandado la orden de disparar la cámara ayer y todavía haría falta esperar un día más para recibirla.

Pero esa es la menor de las complicaciones para la gente que trabaja en el complejo. Lo más importante es conseguir que llegue la señal a su destino y no se pierda en el vacío. Para ello hace falta realizar una operación ridículamente compleja: apuntar con las seis antenas a la vez exactamente a esa nave, cuyo tamaño es similar al de un coche de tres puertas. No es algo que se haga a diario, porque deja al resto de misiones espaciales desconectadas de la red. La próxima vez que esto se haga será el 28 de junio de este año, para realizar una descarga masiva de datos.

Pero el momento que volverá a poner realmente de los nervios al equipo que trabaja en esa base llegará en 2030. Ese año está previsto que la humanidad vuelva a pisar la Luna, esta vez para crear una base permanente que sirva de trampolín hacia Marte. “Cuando en 2019 nos dijeron que teníamos que cazar la Luna en 2025, me eché las manos a la cabeza porque no comprendía cómo íbamos a conseguir hacer algo así en tan poco tiempo", explica Baldwin, que está seguro de que esta vez volverán a cumplir su objetivo. “Será un momento importante, no solo para Estados Unidos, también para toda la humanidad”.

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