Manfred Svensson, académico: “La insinuación de que el Gobierno tiene algo de teocrático es, simplemente, disparatada”
De fe protestante, el director del Instituto de Filosofía de la Universidad de los Andes lanza un nuevo libro, ‘El lugar de lo sagrado. Religión y vida pública en el Chile actual’

“Es dudoso que en la época de la supremacía ilimitada de las doctrinas religiosas fueran en general los hombres más felices que hoy, y desde luego no eran más morales”, afirmaba Sigmund Freud en El porvenir de una ilusión, dos años después de que la Constitución chilena de 1925 formalizara la separación entre la Iglesia católica y el Estado.
El espíritu científico, por el contrario, no conoce “detención alguna” al decir del padre del psicoanálisis. “Cuanto más asequibles se hacen al hombre los tesoros del conocimiento, tanto más se difunde su abandono de la fe religiosa, al principio solo de sus formas más anticuadas y absurdas, pero luego también de sus premisas fundamentales”.
Bañadas en el espíritu secularizador que campeaba en Europa, las palabras de Freud acompañaban una previsión: al pasar de la infancia a la adultez, la civilización contemporánea abandonaría el lastre de la religión, rémora de un pasado en vías de superación. Complementario a esta mirada, el nuevo ateísmo que floreció a principios de este siglo planteó, como lo hizo Richard Dawkins en El espejismo de Dios, que la existencia de un ser superior es una hipótesis que debe ser analizada tan escépticamente como cualquier otra y que incluir a sacerdotes o afines en comisiones gubernamentales sobre distintos temas, para resguardar la dimensión espiritual de las cosas, es nada menos que un sinsentido.
Pero hoy, la fe religiosa, así como la idea y la experiencia de lo sagrado, están de vuelta según dejan ver diversos estudios, así como la legitimidad recobrada de ciertos temas, o incluso la elección de presidentes en distintas latitudes (entre ellos el católico schoenstatiano José Antonio Kast en Chile). Y hay en sectores jóvenes, sobre todo, “bastante repunte de la inquietud religiosa”, según observa Manfred Svensson (Jönköping, Suecia, 48 años), director del Instituto de Filosofía de la Universidad de los Andes, investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), conocedor de pensadores cristianos como Kierkegaard y C.S. Lewis, y autor de El lugar de lo sagrado. Religión y vida pública en el Chile actual (IES, 2026).

En el concurrido lanzamiento de este libro en el IES, con un no creyente (Carlos Peña) y luego un creyente (Daniel Mansuy) como presentadores, el autor declaró que no lo habría escrito si alguien por estos lados -y en este idioma- se hubiese ocupado de los temas que en él se congregan: del tránsito doctrinario de las democracias cristianas a un Chile posiblemente postcristiano o postsecular; de la objeción de conciencia institucional a la cuestión de lo sagrado en los mapuches (donde constata que los estudios disponibles se quedan con la religiosidad ancestral y no se hacen cargo de la fe católica o evangélica que hoy, y desde hace largo, profesa la mayoría de los integrantes de la etnia). Y hay una pregunta inesquivable: qué tan desecularizado está el país.
En conversación con EL PAÍS, instalado en su oficina universitaria en la precordillera de Santiago, previene a los lectores de que su ensayo “no es neutral, tampoco un libro apologético ni biográfico”, pero sí uno “en el que de vez en cuando al lector le resultará patente que quien escribe es un cristiano, aunque no alcance a notarse que además se trata de un autor protestante”. Dicho eso, dice estar “tomando como punto de arranque un conjunto de preocupaciones compartidas por creyentes de distintas confesiones cristianas y de distintas religiones”. Eso sí, su última publicación “está en parte orientada a creyentes que intentan entender su propia situación en un mundo plural, pero también a conciudadanos no creyentes que tienen una genuina preocupación por este fenómeno pero lo enfrentan con alguna dosis de incomprensión”.
Partir por la relación entre política y religión no es descaminado a este respecto, en especial cuando Svensson considera que profesar una religión no tiene por qué restringirse a una experiencia íntima o personal: como si solo se tuviera una fe en tal o cual dimensión de la vida y no en las demás.
También se detiene en conceptos de los que, a su juicio, se ha abusado y que se han escuchado en discusiones sobre aborto o eutanasia: “Integrismo”, “fundamentalismo”, “extremismo”. Y en esto no se ahorra comas ni puntos:
“El extremismo religioso existe, pero si se quiere usar esos términos de un modo pertinente, se tiene que poder identificar con precisión y aludir con ese tipo de términos a quienes efectivamente quieren usar medios ilegítimos, como la violencia, para llevar adelante sus convicciones. Pero cuando se empieza a usar para referirse a cualquiera que quiere usar los medios regulares del proceso democrático para promover aquello que le parece bien para sí mismo y para el conjunto de los ciudadanos, tenemos un punto ciego muy severo”.
Hoy tenemos, añade, “una vuelta de la religión, pero cruzada con herramientas conceptuales muy toscas, y las herramientas toscas de un campo fácilmente se refuerzan por el cruce con las herramientas toscas de otro campo”. En esto acusa facilismo en la repartición de etiquetas: “Si solo se sabe usar el rótulo de ultraderecha para describir a un mundo [político], y si solo tenemos la categoría de fundamentalismo para describir un mundo religioso, el refuerzo cruzado entre esos dos conceptos va a hacer imposible que uno se tome en serio lo que tiene por delante”.
Escoge Svensson, para ilustrar su punto, el caso de la recién asumida ministra de la Mujer, Judith Marín, cuyo nombramiento suscitó críticas desde la izquierda y el feminismo, y que a juicio del alcalde izquierdista y evangélico de La Cisterna, Joel Olmos, “representa a un sector integrista de la iglesia evangélica”: “Alguien podría discutir los méritos del Partido Social Cristiano para integrar un gabinete, pero antes de que hubiera un solo indicio de que el ministerio iba a usar algún medio ilegítimo en democracia, hubo un tirarse al cuello de la ministra, que no proviene de la élite además, tratando como problemática su fe”.

Las declaraciones de Olmos, en tanto, le parecen “un buen ejemplo de cómo este tipo de lenguaje solo tiene sentido si se identifican instancias en las que alguien esté haciendo algo así como imponer una espiritualidad particular. Si no estás denunciando algo semejante, y creo que no tienen algo semejante a lo cual aludir en este caso, se está haciendo un uso abusivo de una categoría gruesa”.
Y ahora que vuelve un católico a La Moneda, tiene también el autor unas palabras, en el entendido de que “a todo gobernante se le puede preguntar si va a gobernar desde cierta visión que no todo el mundo comparte”, aunque entiende que la pregunta asoma más naturalmente “cuando hay un presidente intencional y explícitamente creyente”.
Lo importante en este caso, entonces, “es levantar la pregunta de manera ecuánime. Un tiempo atrás, un medio de comunicación titulaba: ‘Qué es Schoenstatt, el movimiento ultracatólico al que pertenece el presidente electo de Chile’. Creo que de verdad hay que detenerse ante títulos así. ¿Qué sentido tiene una palabra como ‘ultracatólico’? ¿Y qué persona siquiera remotamente familiarizada con Schoenstatt le aplicaría esta descripción?”.
El Gobierno de Kast podrá hacer las cosas mejor o peor, remata, “pero esa insinuación de que tiene algo de teocrático es, simplemente, disparatada. Puede haber mucha discusión interesante sobre las maneras en que una mirada creyente se cruza o no con las llamadas guerras culturales, sobre cuándo ese cruce es descaminado y cuándo, por el contrario, revela preocupación por cuestiones hondas y decisivas. Pero a ratos parece que hay que remover escombros para hacer posible esa conversación”.
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