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Los 10 lugares favoritos de Marco Antonio de la Parra: “Le tengo mucho cariño a los trenes y a la Estación Central”

El psiquiatra y dramaturgo, que quiso ser arquitecto, habla de su infancia junto a su padre, a quien acompañaba al Club Hípico y al Estadio Santa Laura, de Unión Española, pese a que es colocolino. “Nadie es perfecto”, bromea

Monasterio Benedictino. Es de los sitios arquitectónicos hermosos que hay en Santiago. Hay una aventura arquitectónica en desafío al espacio. Es muy bella la vista. Y los momentos místicos que he tenido, los he pasado ahí, más que en otra iglesia cualquiera. Yo tengo una relación ambigua con Dios. Nos pasamos conversando. Que sí, que no. He cantado incluso en el monasterio de los Benedictinos. Pero lo principal es que siento que la arquitectura tiene una mística. Y eso no lo encuentro en ningún otro lugar de Santiago. Hay otras iglesias interesantes, pero no, las más interesante es esa. Ahí el encuentro es con la belleza y con la mística. (Montecassino 960, Las Condes).

Estadio Santa Laura. No soy de la Unión Española. Nadie es perfecto, soy colocolino. Pero vivimos varios años, como familia, al lado de la Plaza Chacabuco. Entonces crecí con los dos estadios, cuando estaba el estadio Independencia de la Universidad Católica, y el estadio Santa Laura. Mi padre era muy amigo de un señor que tenía [cerca del Santa Laura] un local de lomitos, Los Diablos Rojos, y ahí íbamos de chicos a comer sándwiches. Además, uno de los grandes amigos de esa época de mi padre, don Sebastián Vicente, era hijo de [españoles] republicanos exiliados y socio de la Unión Española. Entonces, él nos invitaba como si fuéramos socios del Santa Laura. Ahí vi partidos y jugadores míticos, Honorino Landa, el Gato Fernández, es decir, todo un fútbol de tamaño humano, un fútbol sencillo y sin grandes multitudes, sin peligros. Mi padre era médico y tenía la consulta ahí cerca. (Santa Laura 1291, Independencia).

Plaza Las Lilas. Desde ahí me permite ir caminando hacia Pocuro, donde está la librería Lolita, y hay restaurancitos. Es un lugar para caminar: si voy a caminar más de tres cuadras, tengo que hacerlo con bastón. Ahí hay unas suficientes cuadras para hacer una caminata agradable. La plaza tiene una luz muy bonita, muy grata. Me gusta mucho los sábados porque hay menos movimiento. La librería está abierta y al lado Filippo, donde me como un helado. (Eliodoro Yáñez, entre Carlos Silva Vildósola y Juan de Dios Vial Correa, Providencia).

Club Hípico. Mi padre era fanático de la hípica. Iba al Hipódromo Chile los sábados y los domingos al Club Hípico. El Club Hípico era como un lugar más refinado, por lo que ahí teníamos que portarnos mejor. Lo invitaban al Paddock, donde se comían unos porotos granados impresionantes. Mi padre era al que seguíamos en sus aventuras culinarias, y en ese sentido no había nada más elegante en el Club Hípico. También era un lugar en que mi padre obtenía muchos datos hípicos. O sea, se le acercaban los preparadores y le decían “este no va” (susurra). Y la gente seguía a mi padre, porque sabían que él apostaba dateado. Era muy entretenido para un niño correr entre los prados. Yo me aburría en el Hipódromo, pero el Club Hípico era tan bonito que ahí lo pasábamos bien. (Av. Blanco Encalada 2540, Santiago).

Biblioteca Nacional. Ahí está todas mis pasiones por los libros. Cuando la descubrí, que fue cuando estuve en el Instituto Nacional, se convirtió en un refugio para mí. Me encantaba la cantidad de enciclopedias que uno podía consultar. Yo había sido un lector precoz y voraz desde niño, y entonces la biblioteca era un lugar fantástico. Cuando la ampliaron e hicieron ese paso de un lado a otro, de Moneda a la Alameda, me gustó aún más. Para mí era el centro de Santiago, el centro de todo. Ahí pasaban las grandes cosas. (Av. Alameda Libertador Bernardo O’Higgins 651, Santiago).

Museo de Bellas Artes. El museo tiene más que ver con mi madre. Ella alcanzó a estudiar Bellas Artes un año y tanto. Era una época en que una mujer de 18 años no tenía derecho a hacer una carrera de artista y tenía que casarse con un buen partido, que era mi padre, que era médico. Pintó un tiempo, pero siempre nos llevó mucho a exposiciones. Y luego se convirtió en un hábito. Lo he dejado un poco por cómo se estropeó el centro de Santiago. Me gustaba esta arquitectura francesada del museo y la escultura de Rebeca Matte [que está en la entrada] siempre me impresionó desde muy chico. (José Miguel de la Barra 650, Santiago).

Teatro Municipal. Me ponía muy nervioso esto de que había que ponerse corbata y chaqueta, en esa época [de niñez]. Y me gustó más de manera salvaje cuando, estando en el Instituto Nacional, entrábamos al anfiteatro, arriba. Ahí vi ballet contemporáneo, a Astor Piazzolla cuando llegó a Chile por primera vez… Era incomodísimo estar en el anfiteatro. Uno tenía que meterle la cabeza así (estira el cuello en sentido horizontal) para ver el espectáculo muy de arriba. Lo de Piazzolla me acuerdo que fue histórico, escucharlo por primera vez en Chile fue fantástico. Muy tarde entré en la ópera. Eso es más tardío, pero la música fue temprano. Y el teatro, que iba a ser inevitable. (Agustinas 794, Santiago).

Fuente Alemana. Ahí aparece de nuevo mi padre y mi hermano. Vivíamos en el barrio Bellavista, en Mallinkrodt. Salíamos por Pío Nono e íbamos por el lomo-mayo de la Fuente Alemana [hoy Antigua Fuente]. Hasta ahora se trata de comerlos sin cuchillo y tenedor, solo con las manos. Esa era la proeza de chicos: quién se lo comía más rápido y con las manos. Por supuesto, quedábamos chorreados enteros de mayonesa. Era histórico de los sábados. Mi padre creo que se comía un rumano. La de Pedro Valdivia [actual Fuente Alemana] me quedaba a media cuadra de mi consulta, que tuve mucho tiempo por ahí, en Marchant Pereira, en Providencia. “¿Todavía con la maña? No, usa tenedor y cuchillo”, dialogo conmigo mismo. Pero no, tiene que ser a la usanza infantil. (Av. Alameda Libertador Bernardo O’Higgins 58, Santiago, y Av. Pedro de Valdivia 210, Providencia).

Drugstore. Es un vicio por la cantidad de librerías que hay. Es el sitio con más librería por metro cuadrado en todo Chile. No hay manera de evitarlo. Además, cerca del Drugstore estaba la consulta de mi psicoanalista. Durante años estuve yendo ahí para mi carrera como psicoanalista, la parte didáctica, de aprendizaje. Originalmente iba al Tavelli. La gente creía que yo iba por una cosa esnob y lo que yo iba es a recuperarme de la sesión de psicoanálisis. Había quedado maltrecho, entonces me tomaba un café. Pero ya luego se amplió la oferta, entonces ya había muchas librerías y muchos locales de café. Últimamente me he quedado con La Resistencia, un sitio que tiene brunch… ahí me he puesto cursi. (Av. Providencia 2124, Providencia).

Estación Central. Es el tren. Le tengo mucho cariño a los trenes. Es un recuerdo infantil, de partir de vacaciones al sur en tren. Eso era entrañable: la familia —mi padre, mi madre, mi hermano y yo— en el tren hasta Puerto Montt o hasta donde llegara el tren en esa época. La Estación Central era el sur. Mi padre era de Los Ángeles y tenía también una fuerte relación con el sur. Su familia, los De La Parra, somos del sur. Entonces, el tren era eso, te llevaba al sur. (Av. Libertador Bernardo O’Higgins 3170, Estación Central).

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