Los 10 lugares favoritos de Aldo Schiappacasse: “Pasé de jugar al tecito en la escuela de niñas, a jugar a la pelota con un ladrillo en la de niños”
El periodista deportivo recuerda su casona de la infancia, con 22 habitaciones, frente al cuartel de la CNI, su paseo familiar a Plaza Egaña y las risas en el Mampato


Quinta Normal. Estudié en la Escuela Experimental Salvador Sanfuentes, en Catedral con Matucana, cuando estaban construyendo la línea 1 del Metro, entonces había que dar largas vueltas para llegar. Cruzaba mucho la Quinta Normal, con los museos, pasaba por la peña de los Parra, la ex Posta 3, donde vi a los primeros tipos acuchillados, baleados... Había un mundo muy extraño, pero cautivante. Mi mamá era profesora y estuve dos años en la Escuela Experimental de niñas porque hacía clases ahí. Para mí fue un choque muy violento pasar de niñas a solo hombres. Pasé de jugar al tecito, a la mamá y el papá, donde era la estrella, a jugar a la pelota con un ladrillo en el Salvador Sanfuente. Mi papá, agricultor, habló con mis compañeros y les dijo ‘oye, a este cabro hay que educarlo’. Y me educaron consistentemente. Era una escuela socialista, donde enseñaban los principios de la solidaridad, teníamos que encerar la sala y esas cosas. Todo eso se derrumbó muy dramáticamente en septiembre de 1973 [Golpe de Estado], cuando tenía 12 años.
San Diego. Cuando me cambié al Instituto Nacional a los 12 años estaba al lado de las librerías de la calle San Diego y en un momento me leí toda la literatura chilena. Manuel Rojas, Pablo de Rokha, Pedro Prado. Mi favorito era Francisco Coloane, mi Jack London. Muchas veces hice trabajos de lenguaje de mis compañeros a cambio de que me hicieran las pruebas de matemáticas. Nos intercambiábamos las pruebas con muchísimas dificultades y alguna vez tuvimos algún problema, pero hubo comprensión de parte de un profesorado que entendía la dificultad de estudiar en aquella época [la dictadura]. (Entre la Alameda y calle Tarapacá).

Barrio República. Vivíamos ahí, en la calle Toesca, en una casona inmensa, de tres pisos, entretecho y sótano. Tenía 22 piezas y un living y un comedor enorme. Mi abuela, la mamá de mi mamá, tuvo 22 hijos, de los cuales 14 llegaron a la edad adulta. Como mi papá era agricultor tenía la casa llena de bolsas de nueces y almendras y siempre había ratones. Éramos vecinos de Carabineros, por lo que siempre había autos chocados, gente ebria, un ambiente medio raro. Del otro lado estaba una casa de prostitución. Con mi hermanos instalamos una mesita en la calle y jugamos al té con las hijas de las prostitutas, lo que generaba, obviamente, muchísimo escozor en mi familia. En la escuela de Ingeniería Comercial de la Universidad de Chile, que queda al frente, se instaló el cuartel general del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) en la dictadura. En el 73’, algunas veces teníamos que saltar cadáveres cuando íbamos al colegio. Mis papás, muy derechistas, terminaron vendiendo nuestra casa a la CNI. Con esa plata se compraron una casa con piscina en Las Condes.
Estadio Santa Laura. Mi papá, italiano, me empezó a llevar a los siete años a ver al Audax Italiano de Carlos Reinoso. Viví desde muy chico el fenómeno futbolero, sin ser un apasionado. Como mi mamá hacía clases a niños que tenían problemas de aprendizaje, uno de los padres me regaló un pase libre para el Santa Laura e iba a ver los partidos de la Unión Española. Cuando entré a periodismo, quería hacer cualquier cosa, pero por estas mismas vinculaciones empecé a trabajar en deporte a los 17 años para la revista Foto Deportiva y a ir todos los fines de semana a Santa Laura. Mi primera pega fue acompañar a Unión Española a Talcahuano. Mi primer viaje en avión, mi primer enfrentamiento con los que eran mis ídolos y me trataron, pero de verdad, pésimo. Me hicieron bullying pesado. Por lo tanto, volví con la sensación de que ya nunca más me iba a gustar la Unión. (Sta. Laura 1241, Independencia).
Instituto Pedagógico. Estudié una época súper compleja en la Universidad de Chile. Periodismo estaba allí al comienzo, pero la dictadura había cerrado unas carreras, entonces mandaron a todos los alumnos para allá, entonces éramos 80 alumnos en salas para 25. Era la primera vez que estaba en un proceso de enseñanza mixto, se tocaba a Pato Manns en los patios, había cafeterías, para mí era una cuestión increíble y total. Lo pasé muy bien en la universidad, más allá de todas las restricciones que hubo. El ramo de televisión lo hacía Gonzalo Beltran, pero era teórico, porque no había estudio ni nada. Con mi grupo de amigos inventamos una cámara de transmisión televisiva con una cámara de vigilancia, era lo máximo. Además trabajaba y tenía plata, entonces era un universitario atípico, el que invitaba las pailas de huevo en el casino.

Mampato. Tengo cuatro hijos de dos administraciones distintas: el mayor tiene 31 años y el menor 18. El Mampato es un lugar en el que lo paso muy bien. Primero, fui con todos ellos. Segundo, soy muy cobarde, me cargan las montañas rusas y las casas del terror y el Mampato es como amable, entonces me podía subir a todo. Yo me separé cuando mis dos primeros hijos eran muy chicos entonces este era un lugar fácil, seguro. Y ahora he retomado ir con mi nieta, que va para los cuatro años. Ha sido volver a un mundo conocido que se ha mantenido inalterable desde la década de los noventa. Yo sé que puede parecer que se va a caer, pero que funciona. (Avenida Raul Labbe 12150).
Liguria. Empecé a ir era un sucucho en Providencia con Tobalaba. En 1983 trabajaba en una revista de cine que se llamaba Cinegrama, donde era muy grato trabajar, pero tenía unos cierres espantosos. Mi espacio, que se llamaba La videoguía, llevaba reseñas y comentarios de 60 películas mensuales. Era fascinante porque veía todos los clásicos, las italianas, las eróticas, las de acción, los blockbusters. Fue un ejercicio no solo para aprender mucho de cine, también un enorme poder de síntesis. Duré unos 15 años, después fue bajando la cantidad de películas. Como los cierres eran a las cuatro de la mañana, mientras nos editaban y diagramaban los textos nos íbamos al Liguria. Mi escasa bohemia siempre fue ahí. Yo tuve una hepatitis severa en cuarto medio y me perforé el hígado, por lo tanto nunca más pude volver a tomar con normalidad. (Av. Providencia 1353).
Plaza Egaña. Cuando vivíamos en este caserón inmenso de 22 piezas pasaba una micro por fuera cuya última parada era Plaza Egaña/Avenida de España. Mi abuela, la Yayita, que había tenido estos 22 hijos, decía que era malagueña, pero había nacido en Concepción y nunca salió de Chile. Tenía 35 años cuando enviudó y se convirtió en una suerte de mater familia. Mi mamá estaba estudiando en la universidad y quedamos a cargo de mi abuela. Su sueño y el de mis hermanos era conocer esa Plaza Egaña donde terminaba el recorrido de la micro. Un día nos subimos y partimos los cuatro con mi abuela, que lo único que sabía era que al final del camino podía tomar la micro de vuelta. Fuimos a Plaza Egaña como el gran paseo familiar, yo debo haber tenido unos ocho años. Cuando llegamos fue increíblemente decepcionante.

Cines del centro. Trabajé en La Nación entre 1984 y el 87’, en un proyecto muy cautivante. Llegué a ser jefe cuando tenía 26 años de la mejor sección deportiva que yo creo ha existido nunca. Con periodistas increíbles. Me significó no sólo trabajar en el centro, sino que aprender a vivirlo. Para mí fue medio traumático el tema porque era el diario de Pinochet y todas esas cosas. También escribía en la revista Análisis, bajo el seudónimo Tulio Angelotti. Iba muchísimo al cine. No me avergüenza confesar que me hice fanático viendo el cine erótico italiano, que llegó a finales los 70, con un nudo menor, pero ambientado en la Toscana con música de Ennio Morricone. En el cine Pedro Valdivia, para la función de las 16.00 horas, debían haber al menos tres personas en la sala. Yo alguna vez pagué las tres entradas para que dieran la película.
Santa María. Por dos razones. Una, la revista Foto Deportiva quedaba ahí. El Gato Gamboa, recién retornado de prisión, era el editor. Yo empecé a trabajar para el Mundial de Argentina, entonces se fueron todos los periodistas a Argentina, y me quedé durante tres fantásticas semanas con el Gato, que me contaba su vida y aventuras mirando desde Santa María al Río Mapocho. Ahí me empezó a apasionar el periodismo. La segunda razón es porque ahí fui a buscar a la Paula, mi esposa, la primera vez que salimos. Ella era mi jefa y ya llevamos juntos 22 años. Yo estaba con todos los temores propios de quién tiene dos hijos y el tema sentimental siempre fue complicado porque yo trabajaba mucho los fines de semana. Entonces, la vida no fue fácil. Antonio, mi hijo menor, tiene 18 años y hasta la pandemia yo había estado en dos de sus cumpleaños, porque es de junio, cuando son los Juegos Olímpicos, los Mundiales, las Copa América y todo el cuento. (Frente al Puente peatonal Condell).
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