Importancia estratégica del acuerdo UE–Mercosur en un mundo incierto
En un escenario mundial de bloques, tensiones y repliegues estratégicos, el acuerdo comercial envía una señal poderosa: que las democracias todavía pueden defender el libre comercio y la cooperación

En medio de un mundo cada vez más fragmentado, donde la política internacional vuelve a organizarse en torno a rivalidades geopolíticas y tensiones comerciales, un acuerdo largamente esperado comienza a abrirse paso. Tras la ratificación parlamentaria del Acuerdo Interino de Comercio (ITA) por parte de Uruguay, Argentina y Brasil –Paraguay próximos a hacerlo— el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur parece finalmente encaminarse hacia su aplicación provisional. A esto se suma la confirmación de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de avanzar en ese camino, tal como había autorizado el Consejo de la Unión Europea al habilitar su firma. Si los calendarios institucionales siguen su curso, el acuerdo podría empezar a aplicarse provisionalmente en el mes de mayo.
Después de más de veinticinco años de negociaciones, el mayor acuerdo birregional del mundo está más cerca que nunca de convertirse en realidad. Quizá por contemporáneos no siempre se dimensiona la magnitud de lo que está en juego. El acuerdo UE–Mercosur no es solo un tratado comercial. Es, en muchos sentidos, una señal política sobre el tipo de mundo que ambas regiones que componen el acuerdo quieren construir en una etapa de creciente incertidumbre global.
Los países del Mercosur, mediante sus procesos de ratificación, han cumplido con su parte en el ámbito comercial. En particular, la ratificación en Uruguay y Argentina avanzó a un ritmo inusualmente rápido, reflejando un alto nivel de consenso político en torno al acuerdo. Incluso el tema fue tratado en comisiones parlamentarias especiales durante el verano, antes del inicio formal del año legislativo. No es un detalle menor. En una región donde los debates sobre comercio internacional suelen polarizarse con facilidad, la señal política fue clara: existe voluntad de avanzar con Europa.
Europa también ha dado señales relevantes. El Consejo autorizó la firma del acuerdo y la Comisión anunció su intención de avanzar en la aplicación provisional que cubre los aspectos de política comercial bajo competencia exclusiva de la Unión.
Pero sería ingenuo pensar que el camino está completamente despejado. El acuerdo todavía se encuentra bajo revisión jurídica en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Una vez finalizada esa etapa, volverá al Parlamento Europeo, donde el debate político podría continuar siendo intenso. Allí se abrirán dos posibles escenarios.
En el primero, la aplicación provisional del acuerdo habrá permitido disipar temores exagerados que durante años dominaron parte del debate europeo. Los sectores más críticos podrán comprobar que el acuerdo no era el “ogro” que algunos imaginaron, sino un instrumento pragmático para fortalecer la cooperación comercial entre dos regiones complementarias.
En el segundo escenario, en cambio, el debate político podría reabrirse con fuerza. Y si eso ocurre, Europa deberá decidir si está dispuesta a sostener su narrativa estratégica sobre la necesidad de fortalecer alianzas con socios estratégicos o si, por el contrario, volverá a quedar atrapada en una dinámica interna que dificulta la proyección global de su política comercial.
Este punto es crucial. Porque el contexto internacional en el que este acuerdo se discute es radicalmente distinto al de cuando comenzaron las negociaciones a inicios de siglo. Según distintos estudios sobre la evolución de los regímenes políticos en el mundo, cerca del 70% de la población mundial vive hoy bajo sistemas autocráticos. Por primera vez en décadas, el número de autocracias (91) supera al de democracias (88), según datos de Varieties of Democracy (V-Dem) que produce el mayor conjunto de datos mundiales sobre democracia. En ese contexto, los acuerdos entre regiones democráticas adquieren un significado político que trasciende lo puramente económico.
El acuerdo UE–Mercosur uniría a un conjunto de países que, en términos agregados, representan aproximadamente un tercio de las democracias del planeta. No es un dato menor en una época en la que las cadenas de suministro, las alianzas tecnológicas y las políticas comerciales se están redefiniendo a la luz de nuevas rivalidades geopolíticas.
Desde esa perspectiva, el acuerdo no es simplemente un instrumento para reducir aranceles. También busca fortalecer las cadenas de suministro entre ambas regiones, impulsar inversiones y consolidar compromisos en materia de sostenibilidad y cambio climático.
Europa necesita socios que compartan estándares regulatorios, valores democráticos y compromisos ambientales. América Latina —y en particular el Mercosur— puede desempeñar ese papel. Pero para que esa relación sea creíble, debe traducirse en decisiones políticas concretas.
La aplicación provisional del acuerdo es un paso importante, pero no el final del camino. Después vendrá un debate todavía más profundo en los parlamentos nacionales europeos para ratificar los otros dos pilares del acuerdo: el político y el de cooperación. Es ahí donde la verdadera dimensión estratégica del acuerdo volverá a ponerse a prueba.
Si, después de veinticinco años de negociaciones y tras haber dado los primeros pasos hacia su aplicación provisional, Europa no logra completar la ratificación política del acuerdo, el mensaje hacia América Latina sería difícil de soslayar. Implicaría que Europa continúa siendo un socio histórico, pero no necesariamente un socio con proyección hacia el futuro. También reforzaría la percepción de una Europa que destaca como “potencia regulatoria”, aunque con una ambición estratégica limitada en un mundo cada vez más competitivo.
En cambio, si Europa logra completar este proceso, el acuerdo UE–Mercosur podría convertirse en un testimonio claro de búsqueda de resultados concretos y así transformarse en uno de los pilares de una nueva relación transatlántica ampliada entre Europa y América Latina.
En un mundo de bloques, tensiones y repliegues estratégicos, esa sería una señal poderosa: que las democracias todavía pueden defender el libre comercio y la cooperación económica. Ideas que hoy parecen denostadas, pero que alguien debe volver a reivindicar. Y no solo con discursos, sino con testimonios claros de acción y concreción política.
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