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ELECCIONES EN COLOMBIA
Opinión

Elecciones 2026: el viacrucis de la derecha y la pasión de Uribe

La primera vuelta parece ya definida. Cepeda y Paloma estarán en segunda vuelta. Uribe y Petro definirán el futuro de Colombia, mientras, desde Estados Unidos, Trump buscará la manera de meter la mano en las elecciones a favor de la derecha

Álvaro Uribe en la Registraduría Nacional, en Bogotá, el 13 de marzo.ESTEBAN VEGA LA-ROTTA

Semana Santa es una buena época para recordar el viacrucis de la derecha y la pasión de Álvaro Uribe, que ha sido juzgado, crucificado, muerto y resucitado y hoy, a pesar de estar a la espera de una decisión de la Corte Suprema de Justicia por un proceso penal, se siente renacido como gran elector y abanderado del antipetrismo. Uribe es la antítesis de todo cuanto plantean el presidente Gustavo Petro y el candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda Castro, un título que nunca ha ocupado el ultraconservador y outsider Abelardo de la Espriella.

Uribe es el dueño de la candidatura de la ganadora de la consulta de la derecha: Paloma Valencia. Actúa como si él mismo fuera a estar en el tarjetón presidencial. Ataca a Cepeda con una fusilería de palabras, acusándolo de ser el candidato de las extintas FARC y de instigar el asesinato del senador y excandidato presidencial del Centro Democrático Miguel Uribe. Los videos de Uribe en redes sociales son la prueba reina de que su candidata pareciera ser una paloma mensajera y no una mujer autónoma, una futura presidenta incapaz de manejar sin tutoría la presidencia, porque sería acusada de traición, en el eventual caso de ganar.

La disputa Uribe-Petro, Paloma-Cepeda, es cada día más intensa. La derecha se concentra en revivir las viejas fórmulas ya ensayadas en campañas anteriores. Viven en décadas pasadas, como si no entendieran que la política cambió con Petro, con el poder de las redes sociales y la influencia de nuevos protagonistas de la acción política. En esencia, la derecha busca convencer a los colombianos de que las FARC de Marulanda existen y Cepeda es su candidato. Se niegan a aceptar que las FARC desaparecieron con los acuerdos de paz de La Habana, en 2016, que cientos de sus firmantes han sido asesinados y perseguidos por las disidencias, y que los acuerdos firmados son mandato constitucional.

Apuestan a sacarle réditos al hecho de que las FARC son una razón social maldita en la política colombiana. Después de casi 60 años de lucha guerrillera, destrucción de pueblos, asesinato de militares, toma de rehenes, extorsiones y chantajes, millones de colombianos aprendieron a detestarlos. Varias generaciones, en especial después de los dos mandatos de Uribe, crecieron viéndolos en la televisión como una maldición que frenaba el desarrollo de Colombia. Además, en 1998, decidieron apoyar la candidatura presidencial del candidato conservador Andrés Pastrana, quien derrotó al liberal Horacio Serpa Uribe, por un escaso margen.

Luego del fracasado proceso de paz del Caguán, que duró tres años en los que las FARC se fortalecieron, los colombianos eligieron a Álvaro Uribe, quien convirtió la promesa de la derrota militar de esa organización en la columna vertebral de su narrativa de la seguridad democrática. Uribe no las derrotó, pero sí logró levantar la bandera de la seguridad como su escudo para cambiar “un articulito” de la Constitución, reelegirse y tapar los múltiples escándalos de corrupción y violación sistemática de derechos humanos que marcaron su administración.

Uribe fue presidente gracias a las FARC, no una, sino dos veces. Y con la promesa de la derrota de las FARC, también eligió a Juan Manuel Santos en 2010, quien lo traicionó y negoció con esa organización hasta firmar la paz en 2016. Luego de dos períodos de Uribe, dos de Santos y uno de Iván Duque, y la incorporación de las FARC a la vida civil, Uribe insiste en tratar de resucitar el odio de los colombianos a las FARC, para meter miedo y elegir a Paloma Valencia.

La candidata del Centro Democrático es heredera de las ideas ultraconservadoras de su abuelo, el expresidente Guillermo León Valencia, famoso por autoproclamarse como el pacificador de Colombia en la década de los sesenta del siglo pasado, quien logró eliminar a casi todos los bandoleros de la época, como Chispas, Efraín Gonzalez, Desquite, y otros, excepto a Manuel Marulanda Vélez, el fundador de las FARC. También bombardeó la región de Marquetalia, lo que dio origen a las FARC.

La derecha necesita a las FARC para volver al poder. Y las disidencias de las FARC, son la materia prima para lograr ese objetivo, a pesar de que son organizaciones sin ninguna capacidad de tomarse el poder por la vía armada, estar derrotadas políticamente y tener concentrada su capacidad militar en regiones cocaleras, muy lejos de los centros urbanos. Con esas organizaciones se intentó la paz total, que fracasó, pero Petro ha corregido la plana y adelanta una campaña militar sin precedentes, que incluye bombardeo de campamentos y erradicación con glifosato, en concertación con las comunidades, de plantaciones de hoja de coca. Cualquiera que sea el presidente elegido, tendrá que redoblar la apuesta por la acción militar contra esas organizaciones, entre otras razones, por la imposición de Estados Unidos de una política de cero tolerancia al terrorismo, categoría en la que están las disidencias, el ELN y el Clan del Golfo.

El viacrucis de la derecha incluye, además de sus esfuerzos por meter miedo con las FARC y la demonización de Iván Cepeda, la confrontación Paloma-De La Espriella. Como un par de hermanos de madre diferente, se maltratan como si no estuvieran dispuestos a unirse en segunda vuelta. Se necesitan, pero se desprecian. El ultraconservador Enrique Gómez, de la casa Gómez Hurtado, actúa como un jefe de debate dispuesto a enterrar a su candidato en la segunda vuelta.

Las encuestas muestran que Paloma aventaja a De La Espriella, que el tigre se quedó rezagado y que la paloma toma vuelo. Pero ninguno supera a Cepeda, que, aunque pareciera estancado en un 37%, tiene aún tiempo para crecer, sobre todo, sabiendo navegar en la ola de popularidad del presidente Petro y abriendo las compuertas de su campaña a otros sectores. Además, amplificando sus propuestas y la dimensión social de las mismas.

La estrategia de Uribe para apalancar a Paloma no parece ser la mejor. Porque cada ataque a Cepeda, cada video en un lenguaje de odio y descalificaciones, solo ratifica su enorme poder sobre la candidata. Muchos colombianos se preguntarán si vale la pena elegir a una candidata sin autonomía, que parece condenada a consultar cada decisión con alguien a quien considera su “papá”, que le impondrá el gabinete y las decisiones, y será un comisario político que determinará el futuro de su mandato. ¿Se elegiría a Paloma o a Uribe? ¿Sería el tercer mandato de Uribe o el primero de Paloma?

Por el lado del Tigre, su estrategia es seguir apostándole a ser outsider, que ataca a Paloma, vocifera contra Cepeda, especula contra Petro, pero cada día reduce sus opciones. La división de la derecha es viento fresco para la izquierda. El odio desenfrenado de Uribe a Cepeda es abono al triunfo de Cepeda. Después de Semana Santa volverán los candidatos a seguir en lo suyo.

Paloma continuará presentando a su vicepresidente LGBTI, Juan Daniel Oviedo, como una fórmula de convivencia entre seres divergentes, dando periodicazos y titulares, mientras el Tigre mostrará los dientes a una audiencia cada día más escéptica de su originalidad y capacidad de liderazgo. Levantarse de las entrevistas e insultar a quienes lo confrontan en las salidas a la calle no parece buena estrategia del Tigre. Y Cepeda seguirá posicionándose como la continuidad del cambio que lidera Petro, quien mantiene cerca de un 54% de favorabilidad en las encuestas.

La primera vuelta parece ya definida. Cepeda y Paloma estarán en segunda vuelta. Uribe y Petro definirán el futuro de Colombia, mientras, desde Estados Unidos, Trump buscará la manera de meter la mano en las elecciones a favor de la derecha, como lo ha hecho en Argentina y otras latitudes. Solo que Colombia no es Argentina, Paloma no es Milei, y la izquierda, con Petro y Cepeda, no parece dormida.

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