El precio de gobernar Colombia, un país polarizado
Incluso en medio de una polarización creciente, la democracia sigue necesitando espacios de encuentro entre diferencias

Las elecciones del 8 de marzo dejaron una imagen aparentemente clara de la política colombiana: los extremos ganaron terreno y confirmaron su capacidad de representar proyectos de país que se presentan como alternativas definidas frente a sus adversarios. Pero una mirada más atenta revela un panorama más complejo. Mientras las fuerzas más polarizadas consolidaron su capacidad de movilización, emergió también con fuerza una propuesta política que recoge sensibilidades diversas y desafía la lógica binaria de la confrontación. La escena electoral deja así una paradoja reveladora: incluso en medio de una polarización creciente, la democracia sigue necesitando espacios de encuentro entre diferencias.
El actual ciclo electoral colombiano se desarrolla en medio de una sensación ampliamente compartida de división política. El debate público se ha vuelto cada vez más tenso y refleja un ambiente en el cual las diferencias políticas parecen irreconciliables. En redes sociales y en buena parte del debate mediático, el país aparece dividido en campos opuestos que se observan con creciente desconfianza.
Al mismo tiempo, los resultados del 8 de marzo evidenciaron algo más: la búsqueda de propuestas capaces de superar las fronteras tradicionales entre derecha e izquierda. No se trata necesariamente de un “centro” entendido como simple equidistancia ideológica, sino de una aspiración ciudadana por proyectos que integren preocupaciones distintas dentro de un mismo horizonte político. Esa votación significativa sugiere que, incluso en contextos de fuerte polarización, una parte del electorado sigue buscando espacios de convergencia más amplios que los que ofrece la lógica del antagonismo.
Más allá de quién resulte finalmente elegido en las urnas, el mapa político que dejan estas elecciones plantea una realidad difícil de ignorar: gobernar Colombia tendrá un precio político ineludible. Ese precio será la capacidad de construir acuerdos en medio de profundas diferencias.
En un sistema político fragmentado y en una sociedad marcada por una gran diversidad, ningún proyecto político podrá avanzar sin tejer alianzas amplias ni sin encontrar puntos de convergencia con sectores distintos. La aritmética institucional lo exige, pero también lo exige la propia complejidad del país. Paradójicamente, mientras el lenguaje político se vuelve más extremo, las condiciones para gobernar requieren más diálogo.
La polarización tiene costos concretos para la democracia. Los índices sobre los costos de la polarización en la gobernabilidad y la cohesión social, desarrollados en el marco de la encuesta nacional sobre polarización realizada por Valiente es Dialogar y el Centro Nacional de Consultoría (2025), muestran que los ciudadanos perciben impactos directos en el funcionamiento del Estado —en ámbitos como la seguridad, la justicia y la economía— y también en la calidad de los vínculos entre los ciudadanos. Cuando las divisiones se profundizan, la capacidad de construir acuerdos para enfrentar problemas colectivos se debilita y la gobernabilidad se vuelve más frágil.
Este fenómeno no es exclusivo de Colombia. Muchas democracias contemporáneas atraviesan dinámicas similares. La competencia electoral premia discursos que movilizan emociones fuertes y trazan fronteras claras entre “nosotros” y “ellos”. Pero gobernar sociedades complejas exige algo mucho más difícil: cooperar incluso con quienes piensan diferente.
La política colombiana ofrece además una imagen simbólica reveladora. En un país marcado por profundas desigualdades territoriales, dos mujeres provenientes del departamento del Cauca —una de las regiones históricamente más golpeadas por la violencia— ocupan hoy lugares centrales en el escenario político nacional. Una de ellas, lideresa indígena, es candidata a la vicepresidencia por el partido de gobierno de izquierda. La otra, también caucana, aspira a la presidencia desde una plataforma de centroderecha. Sus trayectorias y visiones de país son distintas, incluso opuestas en varios aspectos. Y, aun así, ambas han hecho llamados públicos a dialogar con quienes piensan distinto. Quizás no sea casual. En el Cauca —como en buena parte del país— coexisten múltiples realidades, visiones y conflictos. Quienes conocen de cerca esa diversidad saben que no existe una única narrativa sobre los problemas del territorio ni una única forma de resolverlos.
Esa misma pluralidad atraviesa hoy la sociedad colombiana. Conviven visiones muy distintas sobre el progreso, el bienestar, la justicia social y el papel del Estado. Pretender que esa diversidad desaparezca es ilusorio. El verdadero desafío democrático consiste en aprender a reconocer y gestionar esa pluralidad.
En sociedades diversas y desiguales como la colombiana, esa capacidad resulta particularmente importante. Como advertía Hannah Arendt, la política solo existe allí donde somos capaces de considerar el mundo desde la perspectiva de otros. Cuando esa capacidad desaparece, el desacuerdo deja de ser democrático y comienza a convertirse en enemistad.
Acercar mundos diferentes no es solo un imperativo político. Es también una forma de preservar algo más profundo: la posibilidad de convivir sin deshumanizar al otro. Allí donde el diálogo se vuelve posible, las sociedades recuperan también su capacidad de escucharse, de cuestionar sus certezas, de aprender —y desaprender— juntas.
Quien resulte elegido en la actual contienda presidencial deberá gobernar un país atravesado por persistentes divisiones y discordias. Gobernar esa complejidad exige algo aún más difícil que ganar una elección: aprender a convivir sin destruir los vínculos que hacen posible la vida común.
Tal vez esa sea una de las lecciones más importantes del momento político que vive Colombia —y también su causa más noble. En sociedades profundamente polarizadas, la democracia nos recuerda, una y otra vez, que tender puentes exige valentía.
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