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Gustavo Petro
Opinión

Petro, el ‘demócrata radical’ al que no le gusta la separación de poderes

A este demócrata radical solo le funciona un modelo de aplausos, poder desbordado y crítica a voz baja, pero nada de eso cabe dentro de la definición de lo que es nuestra democracia

Gustavo Petro, el 3 de febrero en Washington.Jose Luis Magana (AP)

Antes de ser elegido alcalde de Bogotá, el entonces senador Gustavo Petro, en entrevista con la revista Semana, dijo una frase que desde entonces recuerdo con creciente frecuencia: “Soy un demócrata radical”. Lejos de ser el cumplimiento de ese proverbio, su paso por la Presidencia ha representado la antítesis de la forma en la que en otro tiempo Petro definía su rol en la política.

Para ser un demócrata radical se necesitan mucho más que palabras, y todo comienza con el ejemplo y las acciones de los líderes. Ninguna de las instituciones colombianas ni sus principales representantes se han salvado de la furia del mandatario, ni de sus discursos con acusaciones y ataques, ni de sus trinos enredados: magistrados, congresistas, académicos, opositores, periodistas, juristas y hasta exministros de su propio Gobierno se han enfrentado a los peores agravios únicamente por no aplaudir la visión política de Petro.

Muchos de estos ataques han sido infundados o desproporcionados y con frecuencia el presidente se ve obligado por fallos judiciales a retractarse de lo dicho por falta de pruebas. Sus señalamientos contra sus críticos más parecen la declaración de enemigos de su ideario político y no el intercambio de discursos con contrincantes en una arena democrática, y los ejemplos abundan. Cuando el gremio de los industriales colombianos, la ANDI, se enfrentó con argumentos sólidos y estructurados a la propuesta de reforma laboral, el presidente los acusó de estar motivados por el “odio étnico”. Por esos días respondió a un grupo de alcaldes que se opusieron a su decisión de decretar un día cívico con una de las frases más beligerantes y contrarias a los valores democráticos que Colombia ha visto en años: “Alcaldes de la muerte que no saben defender la vida y que serán borrados de la memoria de los pueblos por las multitudes desatadas”.

Si esos son los demócratas radicales y quienes defienden el debate respetuoso y cívico en Colombia, cómo estará de mal el resto del sistema político. Lo cierto es que al presidente le gusta iniciar a diario nuevas e inesperadas peleas: al comandante de la Fuerza Aérea lo enfrentó públicamente por no acomodar su versión del accidente aéreo en el Putumayo a la verdad absoluta impuesta por el gobierno, y llena de insultos digitales a los periodistas que publican algo distinto a aplausos a su mandato. Si hay un sector que ha conocido la furia presidencial, ha sido el de la prensa y sus propietarios.

El país ha observado con gran desgaste que, si las altas cortes no cumplen la voluntad del presidente, entonces llama a plantones ciudadanos en el Palacio de Justicia. Si el Congreso no tramita sus reformas al pie de la letra y en los tiempos que él establece, llega a la puerta del Capitolio con la espada de Bolívar e intimida con que las multitudes “desenvainarán espadas” contra los opositores en el Legislativo. Más recientemente, cuando la Junta del Banco de la República –donde el Gobierno cuenta con una mayoría de cuatro de siete votos– decidió subir la tasa de interés en contra de las teorías económicas del Twitter presidencial, Petro anunció una ruptura del Ejecutivo con el Banco.

Tampoco le gusta al presidente que los alcaldes y gobernadores lideren las regiones lejos de las banderas que propone la agenda progresista. Sus peleas con mandatarios locales en departamentos como el Valle del Cauca y Atlántico, y en ciudades como Cali, Bogotá y Medellín, han sido conocidas ampliamente y sus consecuencias en materia de ejecución de proyectos e inversión han sido denunciadas por varios gobernadores. Entre más pienso y doy vueltas sobre el asunto, más caigo en cuenta de que no hay una sola institución de la democracia colombiana que durante estos cuatro años no haya estado en el centro de la furia del presidente Petro.

Pero, de fondo, tal vez lo más grave es que ante cada acción de las instituciones de contrapeso que ofrece el conjunto de normas de nuestra república, comprendidas por la Constitución del 91, la propuesta del presidente es reescribirlas por completo en una Asamblea Constituyente, fruto de sus caprichos ideológicos y disfrazada de clamor del “pueblo”. A este demócrata radical solo le funciona un modelo de aplausos, poder desbordado y crítica a voz baja, pero nada de eso cabe dentro de la definición de lo que es nuestra democracia.

Tal vez por eso la primera aproximación del presidente Petro a la política fue la de la imposición de las ideas por la fuerza y no la del proyecto del diálogo democrático desde los canales consagrados por las leyes. En cada uno de sus discursos y acciones, el presidente deja claro que su antigua forma de concebir el Estado, no como una construcción colectiva sino como un enemigo al que hay que debilitar permanentemente, sigue más viva que nunca.

@fernandoposada_

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