Trump sigue la herencia de intervenciones en América Latina
Hemos pasado por el dominio de Estados Unidos y Europa, sus acuerdos para repartirse el mundo, sus guerras mundiales, hasta la pretensión de que una sola potencia conquistara todos los poderes
Estamos nuevamente en un momento marcado por un nuevo intento de acceder al control del poder mundial. Esto no es nuevo. El siglo XX se caracterizó por la lucha mundial por el control del poder y la riqueza. Hemos pasado por el dominio de Estados Unidos y Europa, sus acuerdos para repartirse el mundo, sus guerras mundiales, hasta la pretensión de que una sola potencia conquistara todos los poderes. Un ejemplo nefasto de esta idea del control mundial fue el de la Alemania nazi, que mostró la destrucción y violencia que dejan estas pujas por un poder único. A renglón seguido sobrevino la Guerra Fría que se libró en el campo de las sombras de destrucción entre los mismos poderes hasta el punto de la amenaza atómica que podría ser el resultado de la destrucción de las partes en conflicto.
La fuerza como recurso de legitimidad
A partir de Bush hijo se adelantó nuevamente el plan de toma del poder total sobre el mundo. Esta vez la base fue aportada, no por un «acuerdo de pugna entre pares», sino por el enorme poderío militar que quiere conquistar también todo el poder económico y financiero. En ese contexto, el petróleo pasó a ser una de las fuentes de ese poder de dominación mundial. La fuerza como recurso de legitimidad fue expresada con claridad: «Somos una fuerza militar sin paralelo, tenemos el derecho de actuar en todo el mundo para imponer la economía de mercado y garantizar la seguridad energética y podemos atacar a quien consideremos una amenaza».
Así lo manifestó en su momento George W. Bush. En efecto, Estados Unidos consiguió erigirse como la potencia mundial y se reservó la prerrogativa de decidir cuándo iniciar una guerra. Como ya lo hemos dicho en diferentes momentos, Estados Unidos reclama para sí toda la riqueza, todo el petróleo, todas las ganancias de la tierra y el agua; puede apostar a ganar todo sin perder tiempo en cálculos, pues no existe un límite para dominarlo todo. La imposición de este carácter imperial de dominación política, militar y económica de Estados Unidos ha sido determinante en y para América Latina y el Caribe, y con mayor franqueza desde el siglo XIX. Desde entonces asistimos a la expansión territorial a México, incursiones militares y ocupación en Cuba, Nicaragua, Puerto Rico, República Dominicana, control del canal de Panamá, derrocamiento de gobiernos y golpes de Estado apoyando dictaduras en Chile, Brasil, Argentina, Uruguay, imposición de democracias junto con políticas de sometimiento al servicio de la estrategia de acumulación de capital.
La era Trump y sus razones
El presidente Trump, mayormente en esta, su segunda administración, profundiza esta política de imposición del poderío militar y económico de Estados Unidos. En lo que concierne a América Latina, la administración Trump reedita una versión más regional de la Doctrina Monroe junto a otras largamente probadas en nuestro continente, a saber: la Doctrina de Seguridad Nacional, que dio paso a democracias de Seguridad Nacional; doctrinas que ahora han logrado imponerse como estrategia mundial, en particular en su propio país. La política del gobierno Trump busca con estas reediciones de su carácter imperialista la recuperación del poder mundial. Así lo pregona la marca de mercadeo de su movimiento: «Hagamos Grande a Estados Unidos de Nuevo», MAGA, por su sigla inglés. Es decir, lo que implementaron en América Latina, lo llevan como modelo a su propio país. Pero también se retrocede aquí mismo en la región, y bajo ese mismo impulso, a momentos aciagos de hace algunas décadas. Chile es un ejemplo clave. Allí se aplicó con rigor la dictadura de Seguridad Nacional y ahora es fundamental para la agenda de dominio imperial desintegrar la democracia que venía reconstruyéndose.
El gobierno Trump considera que América Latina se debe a los intereses de Estados Unidos y para justificarlo ha reforzado la construcción de un enemigo peligroso. En este caso es «la guerra contra las drogas». Para defenderse, tiene que imponerse tomando el poder de tal manera que los países deben servir a la lucha contra ese enemigo que, si no existe, lo tienen que inventar. Previamente habían manufacturado al comunismo como el enemigo a derrotar. Luego vino la invención del terrorismo mundial, que aún se mantiene con su función de servir como justificación del sometimiento a este poder mundial. En ese contexto se entienden ataques recientes por parte de Estados Unidos como el que está siendo perpetrado contra Cuba. A la isla se le quiere ahorcar porque la Casa Blanca considera que «las políticas, prácticas y acciones del gobierno de Cuba constituyen una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad de Estados Unidos». Con esta afirmación se ha justificado el embargo petrolero que impone aranceles a quienes lleven petróleo a Cuba. Esta decisión está matando la economía y agravando la crisis energética que afecta gravemente la población.

La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum ha ratificado que México buscara distintas alternativas para ayudar al pueblo cubano. En ese mismo orden ocurre lo sucedido en Venezuela. Ese ataque deja en claro el desenfreno con el que Estados Unidos usa la fuerza y combinada con el desarrollo tecnológico para golpear, lo cual deja la región sometida a la incertidumbre de que la fuerza militar puede reemplazar fácilmente el camino diplomático del diálogo. Los gobiernos de México y Colombia han decidido abrir los canales de concertación para los temas de inteligencia y seguridad con Washington como una forma de afirmar los caminos que beneficien la diplomacia y el intercambio para moderar el tono de Trump y evitar operaciones militares.
Sin embargo, las pretensiones de esta no tan nueva temporada de la captura del dominio global no paran mientes en los instrumentos del diálogo y la concertación. La afirmación de Trump This Is Our Hemisphere (este es nuestro hemisferio) que geográficamente incluye América del Norte, Central y del Sur, y la parte occidental de Europa y África, no da espacio a ninguna duda de las intenciones. El panorama se enrarece aún más si se tiene en cuenta lo que Marco Rubio afirmó en el sentido de que no se permitirá que el hemisferio sea para competidores y rivales de Estados Unidos.
La justificación es que el control del hemisferio es una condición necesaria para la seguridad de Estados Unidos, por tanto, el hemisferio deberá estar sometido a los intereses estadounidenses porque es de su inmediato interés. Este relato no es novedoso, su visión está en la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. América Latina y el Caribe hacen parte del hemisferio al que el gobierno de Trump llama «nuestro», lo cual podría excluirlos de la tarea de que ellos mismos construyan su propia identidad en la región como parte del Sur Global. La integración regional está pendiente, las intervenciones en la región dejan una preocupación en la defensa de su soberanía y cada intervención en la región es un desafío frente la necesidad de construir un balance del poder en nuestro hemisferio.
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