¿Es Cuba el próximo aliado de Estados Unidos en el Caribe?
Washington no debe intervenir en la isla para ganar una disputa ideológica. Se trata de rescatar a millones de personas y salvar a un país para atraerlo a su esfera
Cuba está quebrada y su situación hoy amerita que Estados Unidos intervenga. Su economía lleva años en caída, con una contracción acumulada cercana al 10% desde 2019. La inflación real ha pulverizado los salarios. Falta comida, faltan medicinas, falta combustible. Hay apagones de hasta 20 horas diarias. Y aunque el Gobierno no publica cifras, casi el 90% de los cubanos vive en pobreza extrema, según el Observatorio Cubano de Derechos Humanos.
Como si fuera poco, Cuba se está quedando sin gente. Entre 2 y 3 millones de cubanos han emigrado desde 1959, y la ola reciente ha sido especialmente dramática. Según análisis recogidos por la Universidad de Navarra, el propio régimen reconoció en 2024 que la población efectiva del país cayó un 10,1% respecto a diciembre de 2020, situándose por debajo de los 10 millones de habitantes, un nivel similar al de 1985. Después de haber alcanzado unos 11,3 millones a inicios de la década de 2010, la isla ha entrado en un proceso acelerado de contracción demográfica, marcado por la emigración masiva y una tasa de natalidad en caída libre (de 35,7 nacimientos por 1.000 habitantes en 1963 a 9,18 en 2024).
En ese contexto, las remesas de los cubanos afuera —estimadas en casi $2.300 millones para 2023— son determinantes para la subsistencia de las familias y de la dictadura cuando se hacen por canales oficiales, pero no construyen industria ni progreso.
La inflación real en Cuba puede acercarse al 60% o incluso al 70%, aunque la cifra oficial habla del 12% al 14%, ya que solo refleja los precios del mercado estatal, controlado y muchas veces desabastecido. No incluye el que la mayoría de los cubanos compra en mercados informales o dolarizados, con precios basados en la escasez, la devaluación del peso y la falta de oferta. La prostitución, según estimaciones atribuidas a Onusida, es practicada por unas 89.000 personas.
En el Índice de Percepción de Corrupción de Transparencia Internacional, Cuba —con 40/100— está ligeramente peor que el promedio mundial, pero mejor que aliados como Colombia y México y, especialmente, los más cercanos Nicaragua y Venezuela, ubicados dentro de los 10 más corruptos del mundo.
Sin embargo, Cuba no es un país sin bases. Durante décadas logró avances sociales reales. La alfabetización supera el 99%, según la UNESCO. La esperanza de vida ronda los 77–78 años, de acuerdo con el Banco Mundial. Y su Índice de Desarrollo Humano se ubica cerca de 0,76, en la categoría de desarrollo alto, similar a Colombia y ligeramente por debajo de México.
Estos son activos poderosos, que hoy están en riesgo. El sistema de salud, alguna vez orgullo nacional y fuente principal de ingresos por exportación de servicios, enfrenta escasez de insumos básicos, hospitales deteriorados y una salida constante de médicos. La educación sigue siendo amplia, pero cada vez más golpeada por la falta de recursos y la emigración de profesores. El capital humano existe, pero está siendo erosionado.
A lo anterior se suma la caída del régimen de Nicolás Maduro, su mayor financiador, y el impacto del embargo estadounidense, que también ha contribuido al deterioro de la economía.
Cuba no es Venezuela, como dice el profesor de la Universidad de Harvard Alejandro de la Fuente, experto en Cuba. Venezuela, a diferencia de la isla, tiene los recursos para pagar la “toma” de Donald Trump. En la isla, alguien más tendrá que pagar la cuenta.
Estados Unidos tiene una oportunidad singular con la presencia de Marco Rubio —de origen cubano y con conocimiento de la realidad latinoamericana— que aporta una comprensión más directa del problema. La forma transaccional como Trump ve las acciones de Estados Unidos en el exterior le da a Rubio la oportunidad de liderar y coordinar al sector privado cubanoamericano y a otros, para llevar recursos a Cuba y desarrollar su turismo, su agricultura, su industria, su infraestructura básica —electricidad, agua, transporte—, deteriorada por décadas de baja inversión y falta de mantenimiento, y su economía en general.
Lo anterior tiene al menos tres frentes claros. Primero, aliviar de inmediato el sufrimiento: alimentos, medicinas, energía. Segundo, reconstruir la infraestructura. Y tercero, apostar por el desarrollo. Cuba no puede depender solo del turismo. El turismo es un activo evidente, pero no es suficiente ni sostenible como única estrategia.
La isla tiene capacidades en biotecnología y salud que podrían escalar con inversión y acceso a mercados. Tiene capital humano relativamente educado que podría integrarse a la economía digital si se abren las condiciones. Y tiene tierra fértil (¡arada por bueyes!) que podría modernizarse para garantizar seguridad alimentaria, ya que hoy Cuba importa alrededor del 80% de los alimentos que consume, según la FAO; una de las tasas más altas de dependencia alimentaria en América Latina.
Como si fuera poco, por estar a 90 millas de Estados Unidos, tiene una inmensa importancia estratégica para Washington, que no se puede dar el lujo de dejar a la isla a la deriva. Pocos países tienen esa ventaja geográfica y ese nivel de capital humano al mismo tiempo.
Pero nada de esto ocurrirá sin tener apertura económica, reglas claras, seguridad jurídica y permitir que los cubanos, al igual que la inversión extranjera, emprendan, inviertan y crean.
Washington no debe intervenir en Cuba para ganar una disputa ideológica. Se trata de rescatar a millones de personas que hoy viven entre la escasez, la frustración y la salida forzada, y salvar a un país para atraerlo a su esfera y, ojalá, convertirlo en su aliado en el Caribe.
Ahí está la dificultad. Pero también la oportunidad.
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