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El colapso de Cuba en la era de los ‘influencers’: “Queremos que quedarse a vivir aquí sea un orgullo, no un sacrificio”

Un puñado de jóvenes creadores de contenido en la isla encuentra cierta libertad en Internet, donde el relato de los guerrilleros que conquistaron el corazón de la izquierda en Latinoamérica está agotado

Ernesto Ricardo Medina y Kamil Zayas, del proyecto El4tico, el 7 de octubre de 2025.Marcel Villa

Nacieron cuando la Revolución ya no tenía nada para ofrecerles. Algunos tienen entre 20 y 22 años y han encontrado menos libertad en la calle que en un reel de 60 segundos de Instagram. Han dejado la universidad o la profesión por la oportunidad que les ofrece YouTube. Aprendieron a grabarse en medio del apagón, a editar en la madrugada silenciosa, y a tener paciencia para subir a Internet un video de 40 segundos y 60 megabytes en tres o cuatro horas. Pudieran hablar de música, pero no lo hacen. Pudieran grabarse en el malecón y en el Chevrolet americano de los cincuenta, pero no quieren. Crean contenido político, y son hoy, en medio del mayor colapso de Cuba desde hace casi siete décadas, el rostro más nuevo de la disidencia dentro del país.

A mediados del año pasado, Anna Sofía Benítez Silvente, o Anna Bensi, le preguntaba en un video a sus seguidores de Facebook si preferían el cabello rizado o liso y entonaba canciones en inglés con su guitarra. Pero para octubre, la joven de 21 años agarró un micrófono desde su casa en La Habana con el rostro mucho más serio: contó que enfrentaba problemas burocráticos para obtener su título de graduada de Técnico Superior en Prótesis Estomatológica, pero que, aunque lo tuviese, le iba a ser difícil sobrevivir con 3.000 pesos mensuales de salario (unos seis dólares). En Cuba, dijo, “hay que ser mago para sobrevivir. Sobrevivir al transporte inexistente, a la inflación, a la corrupción, a que el país se esté moviendo con una moneda a la que no todos podemos acceder [el dólar]. Sobrevivir al paupérrimo salario estatal y sobrevivir a las tarifas de Internet”. Luego agregó: ¿Y qué me dicen de sobrevivir a la falta de alimentos?

Anna Bensi en una imagen compartida en marzo de 2025.

Anna Sofía probablemente no intuía entonces que no habría una vuelta atrás, que no se regresa del disentimiento. El video acaparó más de 80.000 ‘me gusta’, incontables reacciones, y se replicó en diversas plataformas. No decía nada que los cubanos no supieran de antemano, pero lo expresaba ella, una joven educada en las aulas del Estado, un rostro hasta ahora no vinculado con ningún grupo opositor ni del exilio, sino una crítica fresca que le nacía al poder desde dentro. ¿Qué sucedió con Anna Bensi?

“Definitivamente, a finales del 2025 la situación de Cuba se agravó a tal punto que tuve una gran necesidad de expresar parte de lo que sentía y siento”, dice. “El agotamiento mental y físico llegó a su límite de silencio, y decidí alzar mi voz y contar lo que vivimos la mayoría de cubanos diariamente dentro de la isla”. Para entonces, Estados Unidos no había restringido todavía el envío de combustible venezolano a Cuba, pero ya el país vivía desde hace rato largas jornadas de apagones, una devaluación significativa de su moneda, un encarecimiento de la comida y, en general, una precariedad de la vida sin que la gente vislumbrara un fin.

Anna siguió compartiendo contenido político, hablando de la falta de luz, de la escasez, de la corrupción. Y no pudo detenerse. “Incorporar este tema a mi contenido fue totalmente espontáneo”, asegura. Cada video de Anna desataba la euforia de sus seguidores.

En enero de este año, otros cuatro jóvenes también aterrizaron en las redes sociales con el proyecto Fuera de la Caja. Mauro Reigosa Pérez, Amanda Beatriz Andrés Navarro, Karel Hernández Bosques y Abel Alejandro Andrés Navarro aparecían desde un local en La Habana con gorras rojas adaptando el lema MAGA de Donald Trump (Make America Great Again, o Hagamos América grande otra vez) a “Make Cuba Great Again”, algo que les ha generado no pocas críticas.

Casi todos han dejado a medio camino sus estudios y dicen tener influencias de José Martí, Miguel Anxo Bastos, Axel Káiser, Jesús Huerta de Soto, Juan Ramón Rallo, Agustín Laje o Milton Friedman. Se definen como “liberales libertarios” y se han reconocido más en el discurso de Trump que en el de los líderes castristas. “En el espectro político nos asocian con la derecha, pero ante todo nos identificamos como jóvenes que quieren devolverle la cubanía y la libertad a las nuevas generaciones”, dice Mauro. “Nuestro eslogan es nuestro y nadie nos lo puede quitar. Nosotros no glorificamos a ningún político. A cualquier persona, sea del país que sea, mientras quiera acelerar un cambio en Cuba siempre y cuando no haya víctimas, lo vemos con buenos ojos”.

Por esas fechas de inicios de año, en Holguín, al oriente del país, estaban siendo detenidos Kamil Zayas Pérez y Ernesto Ricardo Medina, dos jóvenes que un año antes convirtieron un pequeño espacio, el4tico, en la mayor tribuna para denunciar la calamidad de vivir en Cuba ante sus más de 3.800 suscriptores en YouTube o sus 143.000 seguidores de Instagram. En uno de sus últimos videos en febrero, cuando ya la administración de Donald Trump estaba insinuando que La Habana era su próximo objetivo después de la invasión en Caracas, los creadores de el4tico dijeron a su audiencia: “Los días de esta dictadura llegaron a su fin. Puede que el acuerdo que venga no nos guste del todo, pero sí entendemos que los cambios no llegarán por el sacrificio del pueblo cubano, sino por la intervención de un tercero, así que nos toca asumir las consecuencias”. A más de 68,6 mil seguidores en Instagram les encantó el mensaje. Cuatro días después, los agentes de la Seguridad del Estado cubano estaban desactivando el local y encarcelando a Ernesto y Kamil.

Las disidencias en Cuba han cambiado, como ha cambiado el país. Si en algún momento fueron los artistas, los periodistas, los activistas o los intelectuales los mayores críticos con los que forcejeaba el régimen, hoy también se han sumado a esta lucha los creadores de contenido. Cuba, un país cimentado sobre la retórica de los guerrilleros que conquistaron el corazón de la izquierda en Latinoamérica, podría estar asistiendo al fin de su relato en la era de los influencers.

El reto de crear en Cuba

Internet lo cambió todo. Trajo el auge de los medios independientes. Hizo que los cubanos, privados por años de un contacto fluido con sus familiares en el exterior, no solo se comunicaran con ellos, sino que supieran de modo directo cómo era la vida más allá de los confines de una isla. Fue con Internet que se replicó por todo el país la protesta del 11 de julio, la más grande de la que se haya tenido registro desde la Revolución en el poder. Fue por Internet que el año pasado los estudiantes universitarios paralizaron el sistema educativo cuando el Gobierno intentó subir los costos de la conectividad y, por tanto, su acceso a la información.

“Antes era muy diferente. Pasaron cosas en Cuba de las que nadie nunca se enteró”, dice Anna. “Internet ha sido una de las herramientas más usadas para denunciar a la dictadura y sus injusticias. Es una pequeña libertad que nos llegó para tener un espacio de debate”.

Anna es de la generación que prefiere dedicarse a crear contenido en redes que trabajar para una empresa estatal, en un país con un salario medio de unos 6.649 pesos cubanos, o casi 15 dólares. “El conocimiento es algo que nadie nos puede quitar, pero hoy en día tener un título universitario en Cuba no te garantiza absolutamente nada”, dice. “Hay muchísimos títulos cubanos engavetados. Es absurdo ganar 3.000 pesos mensuales (casi 6 dólares), cuando el transporte diario cuesta de 500 a 600 (casi un dólar) pesos”.

A ella le tocó otro tiempo. Puede rechazar un puesto de trabajo del Estado para ser influencer, aunque Internet siga siendo sumamente caro para su bolsillo. Crear contenido en Cuba es muy diferente a como lo hacen los más de 200 millones de personas que para 2030 estarán moviendo una industria de 376.600 millones de dólares en el mundo, según un análisis de WPP Media. Anna tiene una libreta donde anota las ideas que luego transmite a su audiencia. En los horarios en que hay electricidad, comienza su faena. “La mayoría de las veces me filmo durante la madrugada”. Su hermana, desde el exterior, la ayuda con el costo de la conectividad. “Pero aún así no garantiza un buen servicio. Es malísimo, la conexión es lentísima. Crear contenido en Cuba es un reto”.

Como en todo el mundo, en Cuba han proliferado los influencers que muestran sus haul de ropa nueva, los herederos del K-pop en el Caribe o los que enseñan a cómo estar en forma en el país de la escasez, y siguen siendo los menos los que usan sus plataforma para denunciar la situación en la que permanece el país. El creador de contenido político, según Mauro, tiene varias diferencias con el resto: desde la isla no pueden monetizar y se ven limitados para colaborar con comercios locales por el tipo de contenido que ofrecen.

“Nadie va a querer relacionar su negocio con nuestra imagen por miedo a represalias del Estado”, dice el joven, quien abandonó sus estudios de Ingeniería Eléctrica en la Universidad Tecnológica de La Habana José Antonio Echeverría. “Aún somos pocos los que nos decidimos a hablar públicamente, todos los jóvenes queremos un cambio, pero el miedo paraliza a muchos, ojalá nuestro proyecto inspire a otros, ese es nuestro objetivo primordial”. No obstante, hay una preocupación más que vive en los creadores de contenido político y que no tiene el resto: “Nunca sabes cuándo pueden tocar tu puerta y desaparecerte”, dice Mauro.

La represión en medio de la crisis

Nueve días después de que Donald Trump declarara la emergencia nacional para Cuba, amenazando con multar las tarifas de quienes provean a la isla con petróleo, las autoridades estaban utilizando el poco combustible que tenían en equipar sus patrullas o motocicletas de la policía para reprimir cualquier acto de subversión. El 6 de febrero, en un operativo de la Seguridad del Estado, los oficiales entraron a El4tico, confiscaron computadoras, teléfonos, equipos de grabación, y se llevaron detenidos a Kamil y Ernesto por el delito de crear contenido político. “Destinan el poco combustible que les queda para movilizar carros y policías para reprimir y vigilar, en eso son expertos”, dice Yanet Rodríguez Sánchez, a quien varios oficiales impidieron salir de su casa en Holguín cuando se dirigía a asistir al juicio de los influencers, ahora acusados de “propaganda contra el orden constitucional”.

Anna, por su parte, también conoció el acoso en estos meses. Le llegaron amenazas online. La intimidaron. Le plantaron vigilancia a las afueras de la casa. “Ahora optaron por recrudecer un poco más la intimidación investigando sobre la vida de mi mamá y mía, y aplicando viejas técnicas de desestabilización psicológica para molestarme”, cuenta. Los chicos de “Fuera de la caja” han ido aprendiendo las consecuencias de ser un influencer en contra del régimen. “Primero la Seguridad del Estado comenzó haciendo visitas para mantenernos localizados y hacernos sentir amenazados”, cuentan.

Son conscientes de que pudieran terminar en una cárcel, pero han decidido asumir el riesgo. En la medida en que el país ha entrado a la informatización, su poder represor se ha preparado también para mantener el control sobre Internet. En 2018, el Gobierno aprobó el Decreto-Ley 370, que les abre un marco legal para sancionar la difusión de información “contraria al interés social” en redes públicas. En 2021, un mes después de las protestas masivas del 11 de julio -por la que algunos que transmitieron en vivo desde sus celulares cumplen largas condenas- el régimen se hizo del Decreto-Ley 35 para castigar cualquier expresión en contra del Gobierno en redes sociales.

Aun así Anna y los muchachos de Fuera de la Caja siguen hablando de corrupción, de dictadura, del miedo a expresarse, de la falta de comida o luz, de la censura, del control o de los deseos de la gente de irse de Cuba. Algunos de ellos, sin embargo, no quisieran dejar el país que vivió el éxodo de casi dos millones de cubanos en los últimos tres años.. “Nosotros no quisiéramos abandonar nuestro país, tenemos la seguridad de que este año vamos a ser libres”, dice Mauro.

Es una esperanza que empezaron a albergar con más fuerza desde hace algunas semanas, ante las presiones que llegan desde Washington, pero también por la irresistible vida en Cuba. El deseo de Mauro y su grupo es uno: “Queremos que Cuba sea el país más libre del mundo, que la Constitución proteja al individuo del Estado y no al revés, como es a día de hoy. Queremos que quedarse a vivir en Cuba sea un orgullo, no un sacrificio”, asegura el joven.

A lo que Anna aspira es, a la larga, bien simple: “Solo deseo vivir en un país donde pueda trabajar y tener la tranquilidad de que mi salario me cubrirá las necesidades básicas y más. Tener electricidad todo el día, agua potable. Un lugar en donde pueda expresarme libremente. Llevar una vida normal y nunca dejar de hacer la voluntad de Dios. Eso justamente es lo mínimo que quiero que Cuba nos garantice: llevar una vida normal. No que la vida gire en torno a sobrevivir el día a día reduciendo la existencia a cinco horas de electricidad, o que comer no sea una hazaña”.

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