Lola Flores, Raúl y los filósofos
Quiso trasponer el espíritu de las tertulias a la tele, lo que suponía, en cierta forma, socializar una cultura que solo disfrutaban cuatro señoritos


Andaba yo preparando un libro que me exigía reunirme con periodistas talluditos para que me contasen historias, y amenacé con llamarle “un día de estos” para sonsacárselas. “Llámame cuando quieras —me dijo—, pero como tardes mucho, igual me llamas después de muerto”. Era paradójico que alguien tan supersticioso, tan coqueto y que se enfadaba tanto si le llamaban viejo bromease con ese desparpajo sobre la muerte.
No voy a engrosar el anecdotario de Raúl del Pozo, que ya ha sido glosado a conciencia en estos días de luto, pero quería disparar al menos una columna en honor de quien fue maestro del columnismo, aunque le reventase que le llamaran maestro.
Se ha recordado mucho al Raúl del Pozo que levantaba exclusivas y al que daba palos con adjetivos, y también se ha evocado al de las juergas con los grandes juerguistas del siglo XX, de Paco Rabal a Orson Welles. Se ha hablado algo menos del Raúl del Pozo televisivo. En la memoria ha quedado su estampa de tertuliano en los años del reinado de María Teresa Campos, la de un señor travieso que metía los aguijonazos más hirientes con una sonrisa bondadosa. Pero su influencia en el medio estuvo detrás de las cámaras.
“Estoy hasta el coño de que me traigas filósofos”, dicen que le dijo Lola Flores cuando Raúl era el titiritero en las sombras del programa Sabor a Lolas, de la primerísima Antena 3. Le reprochaba la Faraona que le llevara de invitados a señores de tantas lecturas y tan aburridos, con los que no se podía bailar ni montar un espectáculo como Dios manda, pero es que a Raúl esos “filósofos” le divertían. Crecido en la noche madrileña, heredero de todo ese mundo de café y de ingenio crápula, quiso trasponer el espíritu de las tertulias a la tele, lo que suponía, en cierta forma, socializar una cultura que solo disfrutaban cuatro señoritos.
Lola Flores no era ajena a ella, pero entendía que la televisión exigía otras cosas. Los grandes conversadores que habían hecho los programas de debate de los ochenta (La clave, las tertulias en el salón de Fernando Fernán-Gómez, etcétera) ya no tenían hueco en la España de los noventa, a la que Lola se había adaptado como se adaptaba a todo. En su reproche se resumen todos los mundos que contuvo la vida de Raúl del Pozo y que ya se han extinguido con él, sin amarras que nos sujeten a ellos.
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