Ir al contenido
_
_
_
_
In Memoriam
Tribuna

Algo frívolo y profundo sobre Raúl del Pozo

No subió nunca al palco para hacer valer su posición, sino que hasta el final estuvo en la arena, con jóvenes y viejos, despachando la actualidad al ritmo infernal de artículo diario hasta que empezó a morirse

Raúl del Pozo, en 1999.Europa Press Reportajes (Europa Press)

Era guapo. Quizá sea lo más profundo y lo más frívolo que puedo decir de él, y también sé que lo aprobaría, si bien lo aprobaría sólo ahora que está muerto [Raúl del Pozo falleció este martes a los 89 años]. Gustaba a la gente a primera vista, tenía “buen cerca” parafraseando a Sabina, que para despachar a los amigos que no le parecen muy guapos les dice que tiene “buen lejos”. Y algo aún mejor: Raúl del Pozo actuaba como tal, es decir, sin creérselo y tirando balones fuera, que son los guapos más retorcidos, los modestos.

Andaba elegante y fachero, pendiente no de la belleza, que es una vulgaridad como todo lo que se tiene o no se tiene, sino de las formas, de las maneras, del saber estar y el saber tratar, que es lo único que importa. Sobre esto último, un día me quiso pegar. Fue en medio de la pandemia, y él estaba en el jardín de su casa de Chamartín cuando me presenté, después de tanto tiempo, queriendo dar abrazos y besos a todo el mundo: fui repelido a patadas por Reverte y a bofetadas por Del Pozo. “¡Pero a vosotros qué más os da que os pille!”, gritaba mientras Edu Galán me tapaba la boca y me echaba de casa.

Raúl del Pozo fue siempre el primer asunto de los que queríamos este oficio, y fuimos conscientes rápido de lo que suponía una anomalía así, tan veterana y lúcida en este tiempo. Había sobrevivido a su tiempo, visto morir a sus amigos y a su mujer, y empeñó su esfuerzo y su talento en seguir remando. Ayudaron muchos, desde José María García hasta Arturo Pérez-Reverte, que un día dijo que, si bien Raúl salía de casa, había que sacarlo más, y rodearlo más, y montó un precioso premio de periodismo sin dinero para el ganador que sirvió, y sirve, para ligar el nombre de una época en extinción a los nombres contemporáneos de la época vigente, los ganadores de su premio.

Tuvo una carrera inabarcable y algo aún mejor: tuvo una manera ejemplar de clausurarla, muy humana. Leía los comentarios a sus artículos, atendía y se enfadaba con las quejas de las redes sociales, bromeaba sobre ellas pero no disimulaba que le herían mientras le decíamos, asombrados, que a cuento de qué un hombre que lo había escrito ya todo, y conocido todo, y leído todo, tenía que estar pendiente de seudónimos y anónimos.

Le daba igual: entendía que su sitio no estaba en el torreón que había construido durante décadas sino entre los demás, los que empezaban y los que no, aquellos sujetos a la crítica despiadada e injusta, a la crítica argumentada y también al halago. No subió nunca al palco para hacer valer su posición, sino que hasta el final estuvo en la arena, con jóvenes y viejos, despachando la actualidad al ritmo infernal de artículo diario hasta que empezó a morirse. Eso es grandeza.

Sus columnas eran siempre una mina de información porque hasta el final priorizó mojarse con la actualidad, tirar de teléfono y de mantel, recurrir a las fuentes originales y no conformarse con el “dicen que dicen” tan habitual y tramposo de la profesión perezosa. A una de nuestras últimas cenas llegó tarde porque, dijo, no sabía si finalmente podría acudir. Se le había caído un diente a sus 89 años. Fue en La Posada de la Villa de Madrid y estábamos los de casi siempre, Lamet, De la Iglesia, Reverte, Galán, Lucas. No sé si alguna vez lo supo, pero estábamos y seguiremos estando allí por él, como seguimos estando por David Gistau.

Me fijé mucho en Raúl porque llevaba tiempo sin verlo y supuse que empezaba a derrapar. No rió al principio por culpa del diente, rió después tapándose con coquetería la boca. Acabó la cena riendo a todo trapo, y esa es la imagen que me llevo de él: la de un amigo que distinguía, si íbamos con todo, lo importante, y que lo importante siempre es lo mismo: el amor y el respeto de los demás por lo que eres y por lo que haces. Era guapo, sí, pero no es lo más profundo aunque sí lo más frívolo que puedo decir de él: realmente era el mejor.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_