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Muere Raúl del Pozo, periodista y escritor, a los 89 años

El celebre columnista fue también reportero, corresponsal, y firmó más de una decena de libros entre ensayos y novelas

Raúl del Pozo con su libro 'Noche de tahúres', en el teatro Barceló de Madrid, el 11 de noviembre de 2019.Jesús Hellín (Europa Press)

Aquel muchacho de Cuenca que buscó que el mundo fuera hecho de periodismo, Raúl del Pozo, ha muerto en Madrid a los 89 años. Fue periodista de Pueblo y de El Mundo, sobre todo, y viajó por todas partes, aunque parecía que, de noche, regresara a Madrid para vivir aquí el mundo que prefería.

Las eras distintas de esta ciudad, que fue presa de la guerra cruel y de la posguerra desolada, tuvo a Raúl como cronista a las órdenes de Emilio Romero cuando el periódico de los Sindicatos quería ser un modo de oposición a la Bodeguilla. Vivió la noche de las copas y de las confidencias y siempre estuvo atento a la llamada de la información.

En su etapa de Londres lo acompañé a entrevistar a los de Quilapayun, que vivían el exilio chileno tras la maldad que acabó con el Chile de Allende. Raúl hablaba con ellos como el hombre de izquierdas que fue. Era lento y veloz a la vez, como si viniera ya ilustrado de todo aquello que pasaba y que él había intuido.

Sabía de todo y tenía un estilo, el estilo de Raúl, que le sirvió luego para ser el poeta de lo que ocurría. Sucedió, y eso fue simbólico, a la figura de Francisco Umbral en la última página de El Mundo. A él le pareció un exceso el encargo, pero se adaptó con su propia manera de ser (ante la política, ante la vida cotidiana) a lo que su antecesor fue a su manera: Umbral contó de sí mismo, Raúl contaba lo que le decían los otros, lo que a él se le ocurría acerca del mundo que vivía. La suya fue tinta buena: un periodista obligado a parecerse al lector.

Siempre aplicó, en esa época que sería la última de su vida como periodista, su propio criterio para explicar lo que pasaba en un país que, para él, fue un fértil rompecabezas, un galimatías que él descifraba en un dos por tres en la radio, en la televisión o en el periódico. Esta época, la que vivimos, es difícil para la ironía, pero él la cultivó con audacia y con convencimiento: nunca dejó de ser el periodista que hacía de la noche su principal confidente. Muchas veces lo vimos en el Cock, igual que lo vimos en las reliquias de la medianoche, cuando ya los periodistas como él se confiaban en que no hubiera día siguiente. Pero al día siguiente allí estaba, buscando de los detritus de la noche lo que le sirviera para la crónica del otro día.

Además de Noche de tahúres —publicada en 1994 y luego reeditada en 2019—, escribió otras novelas como No es elegante matar a una mujer descalza o La novia. Y varios ensayos, como Los cautivos de La Moncloa, que con anécdotas analizaba la estancia en el poder, la corrupción, y el ambiente en el palacio, o A Bambi no le gustan los miércoles, donde recopiló retratos —algunos elogiosos, otros críticos o satíricos— de conocidos personajes de la aristocracia, la farándula y el espectáculo.

La sensación que daba Raúl del Pozo era que prefería la escritura libre, poética o radicalmente literaria, que aquella que le obligaba a preguntar a los protagonistas. Le pregunté a Manuel Vicent, su contemporáneo, su amigo, y además su vecino, qué recordaría siempre de Raúl. Me dijo el autor de Tranvía a la Malvarrosa: “Cuando uno dice que no se acuerda de cuándo conoció a una persona, en este caso a Raúl del Pozo, es que lo conoce de toda la vida. Es un espacio intemporal, indefinido, en que lo normal es estar juntos y las figuras se difuminan con el tiempo. En mi caso lo conocí, hicimos amistad en el Café Gijón, en la tertulia de cómicos, periodistas y magistrados. A partir de ahí, en nuestras vidas, desde el punto de vista del periodismo, se tomaron caminos distintos. Yo empecé a trabajar en EL PAÍS y él venía de Pueblo y de allí se fue a El Mundo. Nos unía una amistad de compañerismo. Entonces las banderías políticas no se habían definido todavía, así que éramos amigos de las diversiones, de los pubs, de los viajes… Después nos juntó la común pasión por el juego. Y finalmente fuimos vecinos”.

Se ayudaban en la vecindad… “Teníamos la misma edad, yo acabo de cumplir 90 años, ambos nacimos en 1936… En la pandemia le dije: ‘Nacimos en una guerra civil, en el 36, y podríamos morir en una pandemia”. Dice Vicent que Raúl fue “un gran literato; con las frases hacía verónicas al estilo de Umbral”. Y añade: “En Raúl me fijaba en la belleza de su literatura. No me importaba en absoluto la ideología que mostrara. Era un verdadero maestro. Él fue el que le dio sentido a la Costa Fleming, tenía un dote especial para definir las cosas de un golpe, con un retruécano. Era un periodista, el fin de una época. Y ahora veo que se muere y ya estoy solo, mirando los luceros. Debo decir que mi hijo Mauricio se hizo periodista por él”.

Su compañero de periódico, y de literatura, Antonio Lucas, recuerda así, para EL PAÍS, a su compañero: “Fue un escritor garduño, hecho con una mezcla de calle, viajes, gente de aquí y de allá, Madrid y madrugadas. Un escritor precoz, pues su primera novela es de principios de sesenta y, a la vez, un escritor zigzagueante, pues pronto dejó la literatura después de un arreón de cinco novelas casi seguidas, de 1994 a 2001. Carmen Balcells tiene culpa de ese empuje renovado en favor de la narrativa. Raúl era un escritor de linaje de Hemingway (frase corta y a la mandíbula). Su escritura era valiente porque no calculaba la consecuencia del párrafo. Escribía como escuchaba, escribía como reía, escribía como jugaba, escribía como un tipo desentendido de patrones y modas. Raúl podía lanzar las palabras más lejos que la vida y sentarse debajo del grabado a jugar después con la perrita Dana y leer a Shakespeare para envidiarle”.

La noche era de Raúl del Pozo. José Luis Fajardo, pintor de la vida y de las noches, le contó a este periodista ese modo de ser de ese tiempo nocturno que hizo de la ciudad de Madrid una noche diaria de juerga y de poesía. “Carrusel fue sala de copas y lugar de encuentros para sonámbulos, un sótano regentado por pied noirs argelinos y frecuentado por gentes de la noche muy selecta, de periodistas, poetas, actores, macarras, policías de la Social en busca de información para los expedientes. Y allí estaba Raúl. Rematábamos en la cena de El Comunista, donde nos juntábamos con él, con el poeta Ángel González… En una de esas ocasiones, ya en la calle, alguien nos volvió contra la pared a punta de pistola, gritando: ‘¡Policía!’. Raúl venía de Pueblo. Al vernos se acercó veloz y nos salvó de la vida y del susto. Aquel que nos perseguía era Billy el Niño [policía franquista acusado de torturador]”.

De noche y de día, Raúl del Pozo, periodista de todas las horas de un país al que él llegó con la guerra y que se ha despedido habiendo hecho periodismo, noche y literatura hasta el último suspiro.

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