Manuel Vicent: “La nueva convivencia de los españoles germinó en el bar del Congreso”
El escritor fue el primer cronista parlamentario de EL PAÍS. Cuando el diario cumple 50 años y él 90, repasa su relación con el periodismo y con la historia de España

Uno de los libros más importantes de Manuel Vicent se titula A favor del placer, una divisa de todo lo que escribe o cuenta en este diario. En marzo Manuel Vicent cumple 90 años, y el festival de cine de Málaga lo celebra con el estreno de Mañana seré feliz, una película que es una conversación con el autor, dirigida por David Trueba y Luis Alegre. También se publica Detrás de la herida, en la editorial La Cama Sol que dirige Javier Santiso, un cuidado libro que recoge un centenar de columnas dominicales en las que Vicent despliega su prosa poética, acampañadas de obras del pintor Rafael Canogar. En esta entrevista, el autor de Tranvía a la Malvarrosa hace recuento de su relación con EL PAÍS, en el que escribe desde 1977, y con este país. No hay un renglón de su escritura que no haya sido una evocación del mundo que vive. En el caso de este diario, que este año celebra su 50ª aniversario, jamás ha dejado de relacionarse con sus lectores desde que Juan Luis Cebrián le dijo que fuera a contar qué pasaba en las Cortes Constituyentes.
Pregunta. ¿Cómo fue la primera llamada de EL PAÍS?
Respuesta. En los primeros días de vacaciones en julio de 1977 en Denia, estaba poniendo a punto un pequeño velero dispuesto a pasar el verano. Sonó el teléfono. Juan Luis Cebrián me llamó para decirme que con la Ley para la Reforma Política estaba a punto de abrirse el Parlamento y había pensado en mí para que hiciera las crónicas parlamentarias. Dudé. La tentación del barco era muy fuerte, pero esa propuesta era imposible que la rechazara un periodista. Tenía que volver a Madrid. Desde que se fundó EL PAÍS quise estar en ese periódico. Yo escribía en Triunfo y en Hermano Lobo. No lo pensé más de 10 minutos. Era una oportunidad absolutamente maravillosa. Fui a ver a Cebrián, me recibió enseguida y me dijo más o menos en qué consistiría el trabajo: que me paseara por las Cortes y después escribiera cualquier “parida”. Con esa palabra tal vez se refería a que me dejara de análisis político y que hiciera literatura a mi aire, porque la información del día a día ya la cubrían otros periodistas.
P. ¿Y después?
R. Prácticamente todos los grandes del periodismo español habían sido cronistas parlamentarios: Azorín, Galdós, Camba, Josep Pla, Wenceslao Fernández Flórez. Estábamos en el despacho de Cebrián en la tercera planta, me bajó a la segunda, a la Redacción, me llevó a la mesa de Nacional y me paseó diciendo: “Este es Manuel Vicent, se va a encargar de la crónica parlamentaria“. Pese a que Cebrián imponía mucho respeto, ninguno de los periodistas que había en la mesa levantó la cabeza para echarme un vistazo. Asumí que no es que yo les cayera mal, sino que cada uno iba a lo suyo. Me pareció lógico, pero eché de menos que alguien dijera simplemente “¡Hola!" o “¡Tío, ¿qué tal?!“. Tal vez ese distanciamiento era la marca de EL PAÍS.
P. Y llegó al Congreso.
R. Me dieron una acreditación y fui al Congreso a hacer mi trabajo. En ese momento estaba en lo más alto Francisco Umbral. Él había creado su receta de mucho éxito. Alfonso Sánchez, periodista de Informaciones, famoso por su talento y sus catarros, escribía en versales los nombres de los personajes que mencionaba en sus crónicas de sociedad, muy mundanas; Umbral convirtió esas versales en negritas para hacer una crónica de sociedad de izquierdas. Y arrasó. Por mi parte, ahora desde la distancia confieso que realmente no terminé de cogerle el tono a las crónicas. Hoy las habría hecho de una forma muy distinta. En aquel momento escribía demasiado barroco y por ganas de hacer literatura explosiva, epatante y de lucimiento personal, muchas veces no llegaba al fondo de la cuestión.
P. ¿Cómo lo asumía?
R. En aquel entonces sabía que había que coger un tono. EL PAÍS estaba por la democracia y la libertad desde el primer momento, sin reserva alguna. Hubo un grupo de periodistas para los que ir al Congreso era como ir al circo o a la plaza de toros y, si no había follón y escándalos, no había espectáculo y parecía que la tarde no se había dado bien. Algunos comenzaron a hacer burla o a minusvalorar el trabajo de los diputados. Pero EL PAÍS era todo lo contrario, tomaba el Parlamento en serio. Yo estaba entre dos aguas, literalmente me debatía entre dos formas estéticas y literarias de afrontar el problema. Por un lado, estaba el terrorismo de ETA, cuyas bombas mataban de verdad, y por otro, otra forma de terrorismo que consistía en aprovechar la libertad, recién conquistada, para entrar a saco y hacer una crítica mordaz de un Parlamento todavía muy endeble.
P. ¿Qué más recuerda del Congreso?
R. Otra cosa extrañísima es que los fotógrafos se podían pasear por todo el hemiciclo como en la selva. Subían, bajaban por los pasillos, veían a un diputado con un dedo en la nariz, veían a otro bostezar, y disparaban la cámara como quien iba de safari. Hasta que llegó un momento en que, sobre todo los socialistas, dijeron que eso no se podía permitir y hubo una huelga de cronistas parlamentarios capitaneada por Yale [el periodista Felipe Navarro]. En un momento en que se debatía si se seguía o no la huelga de los periodistas, Cebrián dijo: “Lo que me faltaba es que Yale me hiciera a mí una huelga” [risas]. Yale era un trosko muy simpático… (Su hija, Julia Navarro, estaba en la tribuna de prensa como cronista parlamentaria. Años después se destapó como novelista). Con la explosión de la democracia cambiaron las costumbres de amar, de beber, de bailar, de viajar, de hablar. Los jóvenes hablaban como los personajes de Forges, en un momento se juntaron todos con todas, un conglomerado de mujeres periodistas y diputados… Era una explosión de libertad.
P. El cambio.
R. La Ley para Reforma Política, por la que se habían unido todas las fuerzas para sacar aquella carreta adelante, se atascó en febrero, a los pocos meses no tiraba, ni hacia adelante ni hacia atrás. Recuerdo que yo estaba en la barra del bar del Congreso al lado de Adolfo Suárez, que había pedido un café; Suárez, como si se le hubiera ocurrido en aquel mismo instante, dijo en voz alta: “Es que lo que tenemos que hacer es una Constitución, no una reforma política, una Constitución”. En ese momento se cambió ese aparataje de la Reforma Política por unas Cortes Constituyentes. Sucedió en la barra del bar delante de un café expreso. Ese bar era el lugar más excitante que había en España. Se dice que durante la República, Prieto y Gil-Robles no se dieron nunca la mano y ni siquiera se saludaron por los pasillos. Solo se agredían parlamentariamente. Alguien ha dicho que si se hubieran citado un día para tomar juntos amigablemente un café no habría habido Guerra Civil. Bueno, pues aquí hubo ese café… Al principio los comunistas no entraban en el bar, eran 20 sentados en sus escaños, como diciendo: “A mí este sitio no me lo quita nadie”. Después me di cuenta de toda la transformación del Partido Comunista, porque yo no tengo una capacidad de análisis, pero me fijo en detalles, en la versión de la realidad tal como es. La nueva convivencia de los españoles germinó en el bar del Congreso.
P. ¿Cómo se hablaba en la tribuna del Congreso?
R. Había oradores que hablaban muy bien. Cuando intervenía Alfonso Guerra la gente atendía esperando una salida cáustica, a Felipe González se le admiraba porque te embaucaba y al final salías sin saber exactamente qué había dicho, pero te había convencido. Me gustaba Santiago Carrillo, un orador muy sintético, muy austero, pero muy preciso. Yo pensaba: “A este hombre se le atribuye la matanza de Paracuellos, ha estado en el exilio, si lo hubieran pillado por aquí lo habrían fusilado”, y con todo ese bagaje en la espalda, de pronto se levantaba, subía al estrado, un ujier entorchado le cambiaba el vaso de agua purísima, lo depositaba junto con una servilleta de batista y podía decir exactamente lo que le diera la gana. Se sentaba sin que nadie lo detuviera.

P. En ese período, ¿cómo fue creciendo EL PAÍS?
R. La memoria de la Institución Libre de Enseñanza, la educación laica, el horizonte de Europa, los derechos humanos, el sueño de la República, de la libertad, todos esos valores habían quedado en suspensión en el aire durante los 40 años de dictadura. EL PAÍS tiene la suerte de que fuera prohibida su salida antes de la muerte del dictador porque, si no, hubiera nacido con el baldón de tener que publicar el sepelio de Franco con los inevitables elogios de rigor. EL PAÍS nació libre de ese pecado original y sintetizó todos esos valores del regeneracionismo. Desde el primer momento tuvo un éxito tan explosivo que todos los coetáneos y aliados naturales, Triunfo, Hermano Lobo, Cuadernos para el Diálogo, fueron abducidos por el periódico. No tenía sentido leer los editoriales de Haro Tecglen con 15 días de retraso en Triunfo cuando los leías todos los días en EL PAÍS.
P. De todo lo que ha hecho en el diario, ¿de qué podría estar más orgulloso y hasta qué punto esa pertenencia marcó también su vida como escritor?
R. En EL PAÍS me dejaron hacer literatura bajo el soporte del papel y que no me forzaran a hacer periodismo de información, que me dejaran a mi aire y me dejaran hacer lo que sé hacer: escribir literariamente.
P. ¿Qué es lo que más ha disfrutado?
R. En los años ochenta, Cebrián me propuso que hiciera entrevistas a los políticos que estaban de vacaciones en verano, por las playas. Le dije: “Voy a hacer entrevistas, pero déjame a mi aire. e las haré a unos personajes octogenarios que ya estén fuera del circuito y que puedan hablar y contarme cosas de su vida en primera persona”. Hice una primera entrevista a Luis Calvo, exdirector de ABC; a Anson, su director entonces, le gustó mucho y llamó a EL PAÍS para ponderarlo. Cebrián me dijo: “Te pagaré muy bien si sigues haciendo entrevistas como esta”. Tuvieron mucho éxito la entrevista con un perfil que le hice a Dolores Ibárruri, las que hice a toda aquella gente mayor, con fotos de Ricardo Martín. Después hice viajes con él y también con Ontañón. Aquella serie de entrevistas, los viajes, los artículos, tuvieron mucho éxito. Y después los daguerrotipos.

P. Como escritor, ¿qué consecuencia ha tenido su pertenencia al periódico?
R. Me ha dado un nombre y sobre todo una forma de ser un articulista. El articulismo es una gran tradición española. Como en este país no te permiten hacer dos cosas bien, siempre dirán: “Los artículos muy bien, las novelas mal”; si escribes buenas novelas, dirán: “Las novelas bien, los artículos mal”. Pero yo me siento leído.
P. El periodismo ha cambiado muchísimo desde que usted empezó. Ha cambiado España. ¿Cuáles serían las consecuencias que ha sufrido o vivido el periódico en función de los tiempos cambiantes?
R. EL PÁIS ha sido un objeto a batir, le han hecho pagar por todos los éxitos pasados, y está arrastrado por toda la crisis económica, el cambio digital y la de la nueva información en la que todo el mundo es periodista. Hoy con un móvil en la mano todo el mundo se considera un enviado especial. Las cámaras dejaron de ser inocentes el día en que Abraham Zapruder sacó una Súper-8 y grabó por azar el magnicidio de Kennedy en Dallas. En ese momento, cada telediario es como el dedo de un crupier que echa a rodar la bola, y dependiendo del número donde caiga, cambia la historia. No nos damos cuenta de que la humanidad es capaz de destruirse a sí misma. Antes, si ardía Constantinopla, se apagaba. En una guerra mundial morían 50 millones de personas, pero acababa la guerra y en los campos de batalla volvían a crecer las margaritas. Ahora no. Ahora un señor físico, particular, si quiere, en vez de meterse el dedo en la nariz, lo mete en un botón y acaba con la humanidad. Ahora hay un señor concreto de carne y hueso que tiene un nombre, que está ahí, que bebe, come y defeca todos los días y podría hacerlo. Uno por aquí y otro por allá.
P. Acaba de comentar con un amigo: “Aquí estamos, viendo pasar el cortejo”. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Cómo lo puede contar un periodista?
R. Ver pasar el cortejo a mi edad significa una actitud ante la vida que me queda. Imagino que estoy en la acera contemplando un desfile en el que participan las nuevas generaciones con todos sus problemas a cuestas, las nuevas formas de vivir que a mí ya no afectan, pero que con la mirada las puedo transformar en un espectáculo a veces muy divertido. La historia pasa dejando atrás un hedor cabrío. Ver pasar la vida puede convertirse en un arte.
P. ¿Cómo lo está contando el periodismo?
R. Cada persona es hoy un poste de repetición. Como en física cuántica, las cosas son y no son, están y no están. Esa doble realidad se ha apoderado del alma colectiva, está presente en la convivencia y en la actitud ante la vida. Por otra parte, basta con que se retiren las cámaras de un campo de batalla para que creas que esa guerra ha terminado; y al contrario, la guerra no existe hasta que no están presentes las cámaras. Hay una fe en que todo va a ser posible, que la ciencia, que hasta principios del siglo XX llevaba un aliento optimista, ahora se ha convertido en una amenaza. Es decir, el terror de la ciencia es una experiencia nueva. ¿Qué puede pasar con la inteligencia artificial? ¿Qué puede pasar con los nuevos inventos diabólicos? ¿Qué puede suceder con el hecho de que cualquier persona va a ser capaz de destruir todo lo que existe a su alrededor con apretar un botón? ¿Cómo admitir que la cólera y desesperación social tengan a su disposición un método tan terrible de destrucción masiva?
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































