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Nicolás Sánchez-Albornoz cumple 100 años: “Podrás ser muy conservador, pero a nadie le gusta que arranquen a niños de sus madres”

El historiador y primer director del Instituto Cervantes repasa su trayectoria vital, sus tres exilios durante el franquismo y el auge de la extrema derecha

Nicolás Sánchez-Albornoz cumple 100 años. Con su compañero de cautiverio en Cuelgamuros, Manuel Lamana, y la ayuda de unas amigas extranjeras, logró escapar a Francia y desde allí siguió la ruta de sus exilios. Vivió también en Argentina, como su padre Claudio Sánchez-Albornoz, que fue historiador y ministro de Exteriores en la República. También residió en Estados Unidos, donde fue profesor en la Universidad de Nueva York. En 2012 publicó en Anagrama el libro en el que cuenta esa vida, Cárceles y exilios. Un par de décadas antes, en 1991, ocupó el puesto de primer director del Instituto Cervantes. Este lunes esa institución le rinde homenaje, igual que lo harán el martes y el miércoles (cuando cumple los cien años) la Residencia de Estudiantes y el palacio Superunda de Ávila. En esta entrevista, hecha en su casa, habla del pasado y del presente. Le asusta el mundo de Trump y se lamenta de que en las escuelas de España no se explique qué fue Franco.

Pregunta. ¿Cómo está?

Respuesta. Para 100 años, cojonudo. Pero no dejo de tener problemas: no el de la memoria. La dentadura postiza, los oídos… El humor no lo pierdo. Y tengo bastante fuerza. Salgo a caminar todos los días, acompañado. ¡Hay días en que hemos andado tres kilómetros!

P. Muchos años de vida.

R. Mi primer exilio es el de Francia. Cuando la II Guerra Mundial vinieron los alemanes, yo estaba con mi padre y él se tuvo que ir a Argentina. Franco le pedía a la Gestapo que lo detuviera y lo entregara quizá para fusilarlo. La policía tenía orden de apresarlo y le avisó: “Si usted está en casa a las siete de la tarde, a esa hora vamos a buscarle”. Y claro, no estaba. Un amigo lo llevó a la zona no controlada por los alemanes todavía. Y de ahí, pudo irse a Argentina. Nos quedamos los tres hermanos en la casa, solos. Mi padre nos dijo: “Ahora no puedo llevaros”. Volvimos a España, donde estaban mis abuelos, a Ávila. Por eso volví a España.

P. ¿Qué recuerda más nítidamente de aquella escapada de la cárcel de Franco a finales de los cuarenta?

R. Nos escapamos Manolo Lamana y yo de Cuelgamuros. Habíamos quedado con Paco Benet, el hermano de Juan Benet, delante del Escorial. Ahí nos esperaban las chicas que habían venido de Francia para llevarnos. Así llegamos hasta Barcelona. Nos dijeron que teníamos que cruzar solos. Estuvimos tres días subiendo y bajando montañas hasta que una mañana nos encontramos con un francés y le preguntamos dónde estábamos. Era Francia. Lo abrazamos y salimos corriendo. Y de ahí llegamos a Valcebollère, donde he estado yendo casi todos los veranos porque estoy profundamente agradecido a ese sitio. Ahí nos dieron la primera comida después de tres días… Luego nos dieron la residencia para vivir en Francia.

P. ¿Hubo miedo en ese proceso?

R. Hubo precaución. No andábamos porque éramos visibles. Nos metíamos debajo de unos pinos, bajo ramas que llegan hasta el suelo. Oíamos pasar a individuos que podían ser guardias civiles o pastores. Pero no nos asomábamos, andábamos de noche.

P. ¿Qué significó no vivir ya en España?

R. Una gran satisfacción. Desde el exilio tuve muchas relaciones con España. Trabajaba la historia de España cuando viví en Nueva York. Cuando vivimos en Buenos Aires, mi padre siempre tenía la añoranza de volver y cuando llegó aquella noticia, “Franco ha muerto”, le dije: “Esta es tu ocasión. Has sobrevivido a Franco, vete a España. Yo te acompaño”. Y vine con él y con mis hijos. A él le gustó mucho volver, pero con la familia. “Yo no vuelvo a España”, decía, “mientras esté Franco”. Lo consiguió.

P. ¿Cómo fue la estancia en Nueva York?

R. Estuve muchos años en la universidad, enseñando historia latinoamericana e historia de España. Vivía en pleno Manhattan, rodeado de jardines. Tengo buena memoria de ese tiempo. Cuando llegó la hora de dejar la universidad no me veía viviendo en Estados Unidos. Y creo que he hecho bien, porque la situación ahora en Norteamérica es fatal.

P: ¿Cómo vive este tiempo de Estados Unidos?

R: Nerviosísimo. Acabo de leer, porque me envían la prensa norteamericana, lo que dicen de Trump… Está produciéndose un vuelco de la opinión de los conservadores en contra de esas matanzas. Podrás ser muy conservador, pero evidentemente no te gusta que arranquen a niños de cinco años de las madres, ni que maten a la gente a tiros. Trump está haciendo una cantidad de salvajadas espantosas. Y es curioso: uno de los artículos dice “se viene una guerra civil”. Hay una reacción del pueblo americano contra las políticas de Trump. Es un enfermo.

P: Ahora la expresión “guerra civil” le tiene que dar una sensación de déjà vu terrible.

R: Pues no. Estados Unidos ya ha tenido una guerra civil, y se consiguió la abolición de la esclavitud. Hay un sector pequeño de la población entre los republicanos de Estados Unidos que echan de menos la época en que podían hacer todas las barbaridades que les daba la gana con los negros. Hay un sedimento de la guerra civil no digerido por unos sectores ultras… Algo de nazis hay en ellos.

P: Actualmente se ven jóvenes en la calle cantando el Cara al Sol. ¿Estamos en peligro del renacimiento franquista?

R: No creo. Lo que ha ocurrido es, en general, un descenso del estándar de vida de la gente, no solo en España: en Europa y en Estados Unidos. La reacción contra Trump es precisamente de gente que ve las burradas que hace, pero también que tiene su resentimiento por la bajada del nivel de vida. Y en España eso se traduce. Creo que al final habrá, seguramente, como en Estados Unidos, un vuelco contra las falsas promesas del PP y de Vox. Vox no va a ningún lado.

P: ¿Qué estado de ánimo le produce a usted ese momento que puede venir?

R: Como cumplo 100 años, por lo menos personalmente voy a ver poco de ello…

P: ¿Cómo fue su experiencia en el Instituto Cervantes?

R: Difícil al principio. La idea de su fundación existía y se aprobó en las Cortes lo de la creación del Cervantes, pero no tenían previsto absolutamente nada. Había una triplicación de iniciativas sin ningún sentido de la organización. Se hacían como se hacían también muchas cosas en la España de entonces: sin profesionalidad. Yo traté, primero, de dotar de profesionalidad a los centros que nos fueron transferidos, y de crear otros en zonas sensibles o de interés. Eso hice. Ahora me van a hacer un homenaje.

P: El hijo que vuelve.

R: La verdad es que con los demás directores he tenido buenas relaciones, y en particular con el actual director, que es el que ha tenido la ocurrencia del homenaje. Me están haciendo homenajes por todos los lados.

P: En 2012 tenía 84 años y publicó el libro que explica su vida, su exilio y su regreso.

R: Tenía memoria y la quería compartir. Jordi Herralde publicó el libro. Trato los tres exilios que tuve y las tres cárceles por las que pasé: Alcalá de Henares, Carabanchel y Cuelgamuros, que fue de la que nos fuimos. Los tres exilios fueron el de Francia, el de Argentina y el de Estados Unidos…

P: ¿Qué refleja esa memoria?

R: Recuerdo, por ejemplo, que estaba en Madrid cuando se sublevó el cuartel de la Montaña. Nosotros vivíamos en Ferraz con mis abuelos. Mi padre era embajador en Portugal, pero yo estaba enfermo y no podía ir. Entonces recuerdo perfectamente el asalto al cuartel de la Montaña, visto desde la Plaza de España: las milicias, la sublevación... Hasta que se rindieron. Eso te lo puedo contar, y te puedo contar cómo entraron balas de fusil o de ametralladora de los rebeldes hasta las habitaciones que en ese momento eran de mis hermanos, en la calle Ferraz. Todo eso lo tengo fresco.

P: ¿Le da escalofrío?

R: De alguna manera lo he superado. Como se han acumulado cosas cada vez más escalofriantes, a lo mejor esas primeras resultan más suaves.

P: Decía en su libro que Franco veía al adversario como si no fuera un ser humano y había que acabar con él.

R: Así se explica la cantidad de fusilamientos. Había consejos de guerra y los militares condenaban fácilmente a muerte. La propuesta de ejecución llegaba al Consejo de Ministros y Franco tenía que aprobarla. Siempre decía: “Hágase, hágase”. Nunca concedió indultos ni nada… Hasta el fin de su vida. Era un ser inhumano. No sé si se puede decir que se regodeaba con la matanza de la gente, que a lo mejor sí, pero era totalmente insensible y no se daba cuenta de lo que hacía.

P: En la calle Ferraz, donde usted vivió, ha habido manifestaciones de Vox para honrar a Franco. ¿Cómo ha vivido esa evidencia de que Franco vuelve a ser recuperado?

R: En España no ha habido una toma de conciencia de eso. En Alemania la cosa fue más grave, pero hubo un Núremberg y se colgó a los dirigentes nazis. Hubo un reconocimiento de las barbaridades que hizo el régimen, y se abrieron los campos de concentración. Y aun así se quedan vestigios del nazismo. En España no ha habido un Núremberg. Y entonces, claro, hay gente joven que no sabe lo que pasó. El franquismo no se enseña en el bachillerato. Falta información. Si a la falta de información le añades un cierto descontento con políticas que son de tipo social, pues es lógico que resulte todo eso.

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