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COLUMNA

Ofelia Hentschel nos representa

Muchos ven en la tragicomedia del regreso de sus vacaciones de Dubái la expresión más refinada del egoísmo, frivolidad y decadencia de una civilización fatua y corrompida

Ofelia Hentsch (derecha) durante su participación en 'Y ahora, Sonsoles', en Antena 3.

Ya escribió Luz Sánchez-Mellado —y yo, cuando Luz escribe, solo asiento y aplaudo, no me atrevo a apostillar ni a replicar— que Ofelia Hentschel “puede ofender, y ofende, pero es inofensiva”. Su tragicomedia de regreso de sus vacaciones de Dubái interrumpidas por la guerra de Trump ha dado para mucho meme y muchas horas de tele mañanera y vespertina y la han elevado a María Antonieta de Aliexpress. Inofensiva por lo inane, pero con un potencial simbólico muy revelador: me pregunto si Ofelia nos representa. No solo a los españoles, sino a los europeos o a esa cosa que llamamos Occidente.

Nos representa en la caricatura que dibujan los enemigos de Occidente (que tienen más claro que los autodenominados occidentales dónde está y qué es eso): un propagandista de Putin, un islamista que sueña con el martirio, un traficante de ayahuasca y un moralista que imparte charlas sobre el decrecimiento en ateneos anarquistas coincidirían en ver la angustia de Ofelia como la expresión más refinada del egoísmo, la frivolidad, la decadencia, la inmoralidad y la prepotencia de una civilización fatua y corrompida.

No han ayudado los testimonios de españoles dizque “atrapados”, presentados en los medios como una crisis humanitaria. Asomados al balcón de una calle de París de 1940, la víspera de su huida a Casablanca, Rick e Ilsa fueron conscientes de la paradoja que vivían y de lo inapropiada que era su felicidad mientras los nazis avanzaban. Por eso Ingrid-Ilsa dijo aquello de “el mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos”. No hemos escuchado ninguna frase parecida desde los resorts y el aeropuerto de Dubái.

No hay poetas entre los españoles que viven el sueño arábigo. Solo gente enfurruñada, exigente, que culpa al gobierno de todas sus desgracias y reclama un tratamiento VIP mientras los misiles llueven. Menuda lata, que se nos ha estropeado la excursión, con las ganas que teníamos. Así va a ser muy difícil defender nuestro mundo como el menos malo de los mundos posibles. ¿Cómo no van a hablar las bombas? Los enemigos de Occidente han encontrado en Trump un adversario a su altura, un promotor inmobiliario que quiere construir hoteles Hilton sobre las ruinas, alguien que habla al fin un lenguaje que comprenden y no les intenta embaucar con discursos sobre imperativos kantianos y derechos humanos. Ofelia nos representa: no solo es el tipo de ciudadana contra el que luchan los de fuera, sino el tipo de súbdita al que aspira el trumpismo de dentro.

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