Un busto con boina para David Uclés
En mi gremio la risa está muy mal vista, pero el llanto y el cabreo confieren prestigio


En mi gremio se lleva mucho llorar. La risa está muy mal vista, pero el llanto y el cabreo confieren prestigio. Entre los escritores, la gloria máxima es que te coloquen una cabeza de bronce en la esquina de una plaza de tu pueblo. Ningún autor aspira a que lo lean: lo que de verdad quiere es que se le caguen encima las palomas. Y la única forma de preservar la dignidad mientras te chorrean excrementos por la frente es posar con gesto severo o triste. Nadie se tomaría en serio la estatua de un escritor que se troncha de risa mientras le llueve mierda. Los paseantes lo tomarían por imbécil, y nadie venera a un imbécil, por muchas novelas geniales que escriba.
El lamento más recurrente entre los escritores de hoy llora la irrelevancia de la literatura. Pasean por las plazas viejas de las viejas villas de la vieja España y sienten una punzada de envidia ante los bustos cubiertos de palomina y óxido de los escritores de antaño: a mí no me harán uno, piensan. Al paso que vamos, las palomas de mañana defecarán sobre presentadores y youtubers andorranos. Los escritores —lloran muy serios— ya no importamos. Si salimos por la tele, siempre es a deshoras y en el canal que nadie ve.
Así de meditabundos deambulábamos cuando nos sorprendió el huracán Uclés, cuya boina le da para un busto simpático en una plaza umbría de Úbeda. Mientras tanto, lo luce por todas partes. Hasta en La revuelta con Broncano,donde los escritores son una especie exotiquísima.
No están tan mal las cosas, amigos escritores de ceño rígido: la literatura aún despierta pasiones populares y debates violentos. Aún puede incluso escandalizar y generar banderías y disturbios y salir en prime time. No hay que resignarse a intercambiar sarcasmos en el sótano de una librería, ni en una página de Facebook ignota.
Pero en mi gremio son tan adictos al pesimismo que no ven motivos para celebrar. Dicen que esto es un falso debate, un faranduleo banal, una berrea de egos y simplonerías. Añoran las disputas de antaño, los bastonazos que le dieron a Valle-Inclán, el puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez, el Umbral que venía a hablar de su libro. Aquellos sí eran escándalos sustanciosos, espectáculos dignos de una literatura vibrante. Lo de Uclés y Reverte no cuenta, dicen. Esto es decadencia, filfa, pobretería.
Pues lo será, pero es más divertido que ver cagar a las palomas.
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