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Piezas de archivo, moda patria y riesgo: como locos a por el oro del impacto en la alfombra roja de los Goya

El vestuario entre los invitados se atiene al guion actual que garantiza el éxito, al menos en las redes sociales: alarde de creatividad y métrica digital. Así se viste la celebridad en tiempos de valor de exposición mediática donde lo que importa es convencer al algoritmo

Mireia Oriol, con un palabra de honor rojo de archivo de Lanvin en la época en la que Alber Elbaz estaba a la cabeza de la firma, en 2012.Aldara Zarraoa (Getty Images)

En el palmarés de la cuadragésima edición de los premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España hay un ganador que ni siquiera estaba nominado. Competidor fantasma, tampoco es que tuviera rival, da igual la categoría. Su triunfo, para el caso, dice seguramente más de nosotros ahora mismo como sociedad que lo pueda contar cualquier película.

Juez y parte de las relaciones sociales de nuestro tiempo, árbitro de preferencias y comisario de gustos, el algoritmo se ha llevado los Goya 2026 de calle (de redes, mejor) con esa gélida métrica predictivo-comparativa que pone precio a la experiencia audiovisual compartida: algo más de 68 millones de euros en valor de impacto mediático, cifra equivalente al retorno de inversión publicitaria según el rendimiento/alcance público de todo lo acontecido este sábado en el Auditori Fòrum del Centre de Convencions Internacionals de Barcelona (CCIB). Y, si no, que venga TikTok y lo cuente, que para eso ha sido uno de los patrocinadores de la gala.

He aquí el quid de la cuestión: los Goya 2026 no solo se han visto y, por supuesto, comentado y compartido a lo largo y ancho del tablero de juego digital, también se han rentabilizado. Monetizado, si se prefiere expresar en argot más actual. El salto cuantitativo con respecto a la edición del año pasado en Valladolid, con una narrativa centrada en la descentralización y la proximidad que se tradujo en 52 millones de euros en valor de exposición mediática, ha sido fenomenal gracias al efecto aniversario y el proverbial músculo cosmopolita de Barcelona.

Juntos habrían atraído la atención internacional como nunca, hasta el punto de elevar el valor de marca #Goya un 30% fuera de nuestras fronteras, a decir de ese algoritmo predictivo desarrollado por la empresa estadounidense de tecnología y servicios informáticos Launchmetrics, que desde 2020 cuantifica la vieja estrategia publicitaria de la celebridad otorgándole un rédito económico real en términos de retorno de inversión. Si la cúpula académica está al tanto o no de la coyuntura tampoco importa demasiado —aunque entrar al trapo de la esponsorización por la red social con mayor relevancia cultural del momento demuestra cierta conciencia—, que para eso están los protagonistas de sus galas haciéndose cargo. Y, si no lo hacen ellos motu proprio, ya se encargan sus agentes y estilistas de que así sea.

Greta Fernández de Jacquemus, Rigoberta Bandini de Rabanne y Alexia Putellas de Balenciaga.

Sucede, claro, en la alfombra roja, escaparate en el que ha dejado de cotizar aquello tan antiguo y vergonzante de los mejores o peores vestidos en favor de quienes se han llevado los laureles de la viralidad. Superada la condición de desfile de vanidades para significarse como termómetro social, cultural y político, el paseíllo de la fama previo a la entrega de galardones es hoy sobre todo una sofisticada maquinaria financiera que ha encontrado en el algoritmo predictivo y de conversión la herramienta perfecta para hacer sonar el dinero. Por ejemplo: una sola imagen de la ganadora del Goya a la mejor actriz en el tapiz más o menos colorado podría dispararse hasta los 100.000 euros en valor de impacto mediático, estima el genio de la máquina para esta edición. Ante tamaña cifra, se entiende que la de vestir a las estrellas de cine y televisión se haya convertido en una carrera de locos, también aquí.

Belén Rueda, con un vestido de Valenzuela Atelier.

Gracias a ese espacio publicitario que, de otra manera, resultaría imposible de asumir económicamente para la mayoría de diseñadores y marcas sin colchón corporativo, es posible aumentar exponencialmente el volumen de facturación de las empresas de moda —pedidos internacionales incluidos— hasta un 20%, a decir de Bruno Fabra, director de la agencia Fabra Comunicación (que acaba de sumar Desigual a una cartera de activos entre los que se cuentan Duarte, Celia Valverde o Juan Vidal), en declaraciones a RTVE.es. Por eso se insiste tanto otra vez en hacer patria de la indumentaria no ya a lucir, sino a comunicar en el alfombrado estelar.

Apostando por moda española: Alba Flores (Dominnico), Enric Auquer (Carlota Barrera), Miki Esparbé (Late Checkout), Miriam Garlo (Señorito Ortega).

La reclamación de vestir moda española en la gala de los Goya es vieja, pero los datos informan de que habría que ir a llorar a otra parte. El histórico de los premios de la Academia de Cine no deja lugar a dudas: con permiso de las pasarelas de rigor, no ha habido mayor escaparate para el diseño nacional que este desde aquella primera ceremonia el 17 de marzo de 1987, en el Teatro Lope de Vega de Madrid, la Gran Vía cortada al tráfico. Entre ese año y finales de la década siguiente, el 90% de los asistentes vistió creación española, de Jesús del Pozo a Sybilla, pasando por Montesinos, Alvarado, Del Hierro o Benarroch (no podía haber más pieles por metro cuadrado), hasta que a principios de los 2000 se abrió la veda del lujo foráneo. En los últimos 10 años, la proporción se ha estabilizado en un 75% de etiquetas nacionales frente al 25% internacionales, estadística que ha variado ligeramente la presente edición, también patrocinada por el gigante catalán del gran consumo, Mango: 72% de nuestro lado, 28% del otro.

Más que partir, Rigoberta Bandini, copresentadora de la ceremonia, compartió el bacalao en ese sentido: un Rabanne (antes Paco Rabanne) para entrar en calor, y luego Moschino, Marta Martí y Compte Spain, la firma del valenciano Santi Mozas, sobre el escenario. Claro que Rabanne pertenece a la cartera de Puig, así que todo, o casi, quedaba en casa. El Jean Paul Gaultier versión Duran Lantink con el que Alexia Putellas entregó el Goya a los mejores efectos especiales es igualmente propiedad del grupo de perfumería y moda de lujo barcelonés, aunque la sensacional futbolista, capitana del Barça femenino, se lo jugó todo en la primera parte al Balenciaga de la flamante era Pierpaolo Piccioli, asegurando el golazo mediático. Lo del Saint Laurent por Anthony Vaccarello de la descancelada Karla Sofía Gascón se veía venir, que para eso firma y diseñador produjeron Emilia Pérez; mientras el Jacquemus de Greta Fernández respondía a cualquier expectativa algorítmica, que la etiqueta francesa es sinónimo imbatible de viralidad.

En un momento en el que el discurso de la pieza a vestir, la sostenibilidad, el archivo histórico y el alarde artesano mueven la aguja del valor digital, la mayoría de las cartas estaban en realidad marcadas: véanse el Carolina Herrera vintage, cosecha de 2015, de Hiba Abouk; el Giorgio Armani de la colección otoño-invierno 2004 de Irene Escolar, el Lanvin del recordado Alber Elbaz desempolvado de la primavera-verano 2012 para lucimiento de Mireia Oriol o el Véronique Leroy que eligió Maria de Medeiros. Entre los caballeros, también picaron alto Paco León, enfundado en ese Tom Ford revitalizado por Haider Ackermann; el nominado Tamar Novas, defendiendo la deconstrucción sartorial de MM6 Maison Margiela, y el joven actor y músico Mitch (Mitch Robles, a veces), romero de Saint Laurent. Aspirantes a mejor actor revelación, Jan Montaner y Hugo Welzel hicieron sus pertinentes apuestas a ganadores y colocados en redes: ambos vestían el nuevo Dior de Jonathan Anderson, rey absoluto del valor de exposición mediática.

Apostando por moda española: Alba Flores (Dominnico), Enric Auquer (Carlota Barrera), Miki Esparbé (Late Checkout), Miriam Garlo (Señorito Ortega).

Con todo, las más repetidas fueron un año más las enseñas nacionales, que ya no necesitan pedir permiso para sentarse a la mesa de la moda —de lujo o no— global. A Sybilla, que tiene reconocimiento internacional desde que irrumpiera en los ochenta, apelaron Rossy de Palma, Susi Sáchez, Julia de Castro y Leonor Watling. A la costura de Lola Casademunt, Cayetana Guillén Cuervo, que se cambió dos veces. A Teresa Helbig, su incondicional Carla Simón y Nagore Aramburu. Y, no, no se descuidó a los creadores independientes más jóvenes (Alba Flores de Dominnico, Anna Castillo de Redondo Brand, Enric Auquer de Carlota Barrera, Miki Esparbé de Late Checkout, Miriam Garlo de Señorito Ortega), mano a mano con pesos pesados del tirón de Pedro del Hierro (la etiqueta más repetida de la noche, sobre todo para uniformar a los hombres empezando por Luis Tosar, copresentador de la gala), Josep Abril, Roberto Verino, Casa Otrura, Mansolutely (la elección de Oliver Laxe, que para vestir arriesga entre poco y nada), Isabel Sanchís, Valenzuela Atelier (Belén Rueda) y hasta Zara. Queda claro que tanto la industria cinematográfica como el negocio del vestir han entendido por fin que el mejor guion es el que se escribe entre la creatividad y la métrica digital.

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