“Hemos normalizado el cansancio como estilo de vida”: la nueva ambición es reposar
Cansadas de la hiperproductividad, del “puedes con todo” y de medir el valor en horas trabajadas, miles de personas están encontrando en el descanso un acto de rebeldía

“No me da la vida” es una de las frases más repetidas para cancelar cafés con amigas. La frustración por querer llegar a todo y la necesidad de frenar derivan en un agotamiento silencioso del que habla Ana Morales en su libro Estado civil: cansada (Roca editorial, 2026). “Desconectar es un desafío cada vez mayor. Este mundo hiperconectado nos mantiene en alerta y hace que nuestro cerebro, ya de por sí con una mayor tendencia a pensamientos rumiativos y overthinking constante, sea una especie de centrifugadora mental desde que nos levantamos hasta que nos acostamos”.
La periodista de Vogue habla de mujeres que no quieren ser capaces de todo, que no quieren poder con todo, que lo único que necesitan es frenar. No es por pereza, es una cuestión de supervivencia. Descansar se ha convertido en la ambición más radical para una generación entera. “El haber normalizado el cansancio como estilo de vida nos ha llevado a creer que poco podemos hacer al respecto. Y precisamente lo que he querido abordar en el libro con expertos y expertas de diferentes ámbitos del bienestar, son las posibilidades que tenemos para cambiar,” apunta Morales.

Una ambición de la que no se presume en redes, que no genera ingresos pasivos y no puede cuantificarse con ninguna app. Una ambición que, paradójicamente, empieza en la renuncia a estar disponibles, a cumplir expectativas, en definitiva, a cargar con todo. “Vivimos varias vidas a la vez, en un estado de alerta que es lo más parecido a estar corriendo por la selva como si nos persiguiera un león. Además, estamos perdiendo la capacidad de diferenciar entre lo urgente y lo importante y eso es tremendamente agotador.” explica Morales, que en su libro afirma que se ha confundido el estar ocupadas con tener una vida plena. “Durante mucho tiempo, asumir más y más roles y responsabilidades era un desafío que en cierta medida parecía bueno y necesario aceptar porque generaciones anteriores de mujeres no tuvieron la opción de elegir. Creo que todo eso llevó al discurso de ‘podemos con todo’ –quizá necesario en aquel momento–, pero al que nos hemos enfrentado sin la suficiente educación en la gestión de las emociones para aprender a poner límites, a decir que no sin culpa, a cuidar lo que pensamos de la misma manera que, por ejemplo, cuidamos lo que comemos. Al final se ha convertido en una especie de trampa que nos ha hecho aceptar sin renunciar a nada, incluso de una forma silenciosa que puede llegar a pasar desapercibida para los demás, pero no para nosotras", añade.
La cultura popular alimenta la idea de que la felicidad está directamente relacionada con el éxito, una especie de tótem moderno que mezcla vocación, productividad y una agenda siempre llena. Como explica la filósofa y divulgadora Nerea Blanco, fundadora de @somosfilosofers y autora del libro Filosofía entre líneas (Grijalbo, 2020), “nos vendieron que la felicidad está relacionada con un tipo de éxito en el que el trabajo ocupa la mayor parte de tu vida”. Y esa ecuación, en la que esfuerzo infinito es igual a recompensa asegurada, pasó a ser ley natural. Ecos de mensajes que transmitían la idea de que las mujeres, por ejemplo, solo podían ser buenas en el trabajo o “buenas en casa” y que solo así alcanzarían el éxito. Ante la rebeldía de no tener que elegir y asumir que se puede ser la mejor en ambos escenarios, llega el agotamiento.
La meritocracia, esa gran promesa neoliberal de que “si te esfuerzas lo suficiente, lo conseguirás”, ha envejecido mal y se está cayendo por su propio peso. En palabras de Nerea, “creemos que si paramos no llegaremos a donde deberíamos”. Y cuando el miedo ya no empuja, entra en escena el FOMO: esa inquietud que obliga a vivir deprisa para no quedarse fuera de la rueda. Una rueda digital que está haciendo mucho daño, a la que se suma el wellness performativo: velas, baños de espuma y escapadas que prometen recargar las pilas en 48 horas, pero que solo consiguen añadir más expectativas a una lista infinita. El descanso como producto es el último truco de un sistema que, como añade Nerea, “nos quiere consumiendo experiencias y autoexplotándonos para seguir girando”.
Cuando el cuerpo dice “no”
“Cuando no escuchamos lo que el cuerpo pide, termina gritando”, advierte la psicóloga Bárbara Tovar, autora del libro Mi mundo en calma (MONTENA, febrero 2022) en el que ayuda a las familias a alejar la ansiedad de sus vidas. Y los síntomas que grita el cuerpo son tan reconocibles que podrían pertenecer a cualquier mujer: tristeza, apatía, irritabilidad, dificultad para disfrutar, pérdida de interés sexual, bloqueos creativos, problemas de sueño, molestias musculares o digestivas. Es fácil pasar de estar triste a estar contento y, aun así, sentirse perdida. En esos días, lo único que apetece es que alguien tire del freno de emergencia.
El agotamiento femenino, por ejemplo, tiene poco de misterioso y mucho de estructural. Hay siglos de expectativas que han definido a las mujeres como responsables de todo lo que sostiene la vida. Mandatos que penetran en lo íntimo con la suavidad y la insistencia de una sombra que siempre está ahí. Las mujeres cargan con “una historia de entrega, cuidado a los demás y sacrificio para demostrar su valía” destaca Bárbara, y ese sacrificio constante deja huella, cansancio y culpa.
La culpa es el antivirus que siempre salta cuando una mujer intenta descansar. Basta con no producir o no resolver para que aparezca la pregunta: si no hago, ¿qué valgo? Por eso, para muchas, el descanso se percibe como una derrota, como si hubieran fallado. Y en contraposición, cuerpo y mente lo plantean como algo urgente. Una urgencia que se manifiesta en algo aparentemente simple, la confusión entre desconectar y descansar. Bárbara lo explica con claridad: “Podemos desconectar del trabajo, pero estar involucradas en otras muchas tareas que tampoco nos dejan descansar”.
Desconectar es sencillo: apagar el móvil, dejar de mirar redes, marcar un horario sin mensajes. Descansar es otra cosa: implica bajar la exigencia interna, y encontrar ese botón ya es otro nivel.
Por eso, descansar no es colapsar en el sofá al final del día. Descansar es reducir la velocidad, permitir el silencio y practicar —como sugiere la psicóloga— una vida más contemplativa. Un gesto casi contracultural en un entorno que solo celebra la aceleración.
Descansar como acto político
El descanso, en este contexto, es un posicionamiento. “Cuando parecemos esclavas de un sistema que nos explota hasta sentirnos exhaustas, descansar sería una forma de rebelarse”, plantea Nerea. Cesamos en el trabajo, pero también reparamos fuerzas. Y esa reparación es, de alguna manera, una forma de devolvernos a nosotras mismas.
“Diría que es bastante revolucionario. Durante tanto tiempo se ha puesto nuestro valor en la productividad, en el parecer (la presión estética que siempre nos sobrevuela de alguna u otra manera). Hemos renunciado a nuestro bienestar emocional porque el estar exhaustas parecía una especie de medalla,” dice Ana Morales. “Precisamente reivindicar el descanso es valiente y necesario porque parar ha sido durante mucho tiempo un desafío. Descansar, decir no, renunciar a vivir en el modo hacer… no siempre es posible –el contexto social, laboral y económico no facilita esta ambición–”, añade. Pero existe un reto personal importante, ya que muchas veces el mayor peso proviene de la propia autoexigencia, de pensamientos limitantes y de un diálogo interno severo que no deja espacio para la flexibilidad o el perdón.
Las generaciones millennial y zeta están liderando esta rebelión cada vez menos silenciosa. Las primeras, porque se dieron de bruces con la promesa rota de la estabilidad, ¿eso qué es? Las segundas, porque llegaron al sistema cuando ya estaba agrietado y no están dispuestas a pasar por lo mismo. “Las zeta son las que están marcando los límites", dice Nerea Blanco. “Los que no tienen una frustración rota, sino un futuro que crear”. Y en esa creación, descansar es parte del diseño de la vida que quieren, no del fracaso por no conseguirla.
Surge entonces una idea fundamental: el descanso como ambición valiente. Una ambición que cuestiona el éxito impuesto, que reconoce que cancelar planes por agotamiento no es aspiracional y que invita a practicar el no, delegar y fijar límites. Asumir que no se puede con todo deja de ser un fracaso para convertirse en un gesto de autocuidado.
De la multitarea a la tarea en solitario
Hacer una cosa cada vez. Cocinar mientras se cocina, responder un email y poner el foco en ese email, ir al gimnasio y centrarse en la rutina marcada, andar por andar, como invita Adriana Herreros en su ensayo. “Para escribir uno de los capítulos del libro, la psicóloga María Jesús Álava me explicó que ella y su equipo hicieron un estudio para comprobar cuánto tiempo nos reservábamos las mujeres al día para hacer cosas que nos gustan. La mayoría de las entrevistadas no se bloqueaban ni una hora al día. En cambio, cuando hicieron el mismo estudio entre hombres de características similares, prácticamente todos tenían una hora al día de descanso o tiempo para ellos. Aunque evidentemente hay dinámicas en las que hay un reparto desigual de tareas -según datos del Instituto Nacional de Estadística el 86% de las mujeres dedica más de 20 horas semanales a tareas no remuneradas frente al 57% en el caso de los hombres-, también está en nuestra mano cambiar estas inercias y dejar de llenar la lista de tareas impuestas y autoimpuestas,“ nos cuenta Morales. Disfrutar, estar presente. Hacer menos, pero hacerlo de verdad. Cada vez gana más fuerza la idea de que la plenitud está en el ritmo, no en el ruido y que el descanso es un recurso mental, emocional y creativo.
Y en última instancia, cuando el descanso empieza a verse como un objetivo, aparecen transformaciones profundas. Mejora la creatividad, porque vuelve el espacio interior. También mejoran los vínculos y las relaciones, porque ya no damos las “migajas de nuestra energía”, como puntualiza Bárbara Tovar.
Ahora el verdadero lujo es el tiempo. Y es lógico, es lo único que no se puede recuperar una vez que pasa. Por eso hay que redefinir el concepto de descanso no como una pérdida de tiempo, si no como una recuperación del mismo. “Es importante recordar de vez en cuando que perder el tiempo también es terapéutico y restaurador. Y sí, lo necesitamos más que nunca,” matiza Morales.
Puede que, por primera vez, la ambición se esté reinterpretando desde la ternura y la honestidad. No apunta a llegar más lejos, sino a sostener la vida con comodidad. Y aceptar que descansar es un acto de respeto propio.
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