Matthew Remski: “El yoga puede ser una puerta de entrada a políticas protofascistas”
Los autores del libro ‘Conspiritualidad’ explican cómo la extrema derecha está incrustada en el mundo del bienestar


¿Qué hace un influencer de salud hablando del caso Epstein? ¿Por qué un promotor de la comida real nos dice que hay que “salir de Matrix”? ¿Cuál es el punto de encuentro de la cultura de la salud y el bienestar con el mundo de las conspiraciones? Los autores del libro Conspiritualidad engloban en este término una mezcla que, explican, no es azarosa.
Es, dicen, un movimiento sin adscripción oficial formado por personas a las que le atraen por igual los productos de autocuidado y las teorías políticas conspirativas, obsesionadas con el cuidado personal, pero también con las dinámicas de poder y dominación. A todos les une un afán por la búsqueda de patrones y la creencia de que es posible “despertar” y descubrir verdades ocultas a través de métodos alternativos.
El libro acaba de ser editado en español por Capitan Swing con el subtítulo “Cómo las teorías conspirativas de la new age se convirtieron en una amenaza para la salud pública”. Está escrito por tres autores que comprobaron muy de cerca cómo el mundo del yoga, en el que trabajaban, estaba contaminado por teorias conspirativas y de extrema derecha. Matthew Remski (Michigan, 55 años), uno de ellos, atiende a EL PAÍS por videoconferencia.
Habla de la conspiritualidad como una postura “cuasipolítica” en el sentido de que asume posturas a menudo “derechistas, incluso fascistas”, pero que al mismo tiempo es muy pasiva, porque “no pide a la gente que haga nada” para afrontar los problemas que identifica en la sociedad.
Pregunta. ¿Existe un perfil más vulnerable a las narrativas conspirituales?
Respuesta. Atrae a cristianos evangélicos de derechas, porque ya cuentan con una espiritualidad apocalíptica y creen en la sanación por la fe. Pero situaría la responsabilidad principal de la irrupción de la conspiritualidad en el mainstream en liberales y progresistas. Quienes se implican de forma más personal suelen ser vulnerables en términos situacionales: han sufrido enfermedades crónicas mal atendidas, un divorcio, la muerte de familiares; tienen empleos precarios, discapacidad o autismo sin tratar. La conspiritualidad ofrece una explicación poderosa que además no exige actuar.
P. Dicen en el libro que a veces aciertan en sus diagnósticos, pero que dan explicaciones disparatadas.
R. Absolutamente. Y creo que por eso los archivos Epstein son un gran ejemplo contemporáneo. La estructura narrativa según la cual existe una red de oligarcas pedófilos que controlan todos los aspectos de la sociedad no es falsa en sí misma. Para mí la pregunta es si se trata de una consecuencia material y previsible de los excesos del capitalismo o de una señal de una guerra divina en la Tierra.
P. Otra premisa de los conspiritualistas es que todo responde a un plan.
R. Sí. Lo irónico del capitalismo es que no lo hay. No existe una economía planificada. Es anárquico en términos de producción. Nadie decide qué queremos o no queremos, qué necesitamos o no necesitamos. Incluso sin planificación de un resultado concreto, el sistema tiene una lógica que inevitablemente genera depredadores en la cúspide. No puede dejar de hacerlo, porque quien compite movido por el beneficio tiene que seguir ganando y ascendiendo. Si no hubiera sido Epstein, habría sido otro. Si no fuera [George] Soros, sería otro.
P. ¿Por qué han penetrado ideas de extrema derecha en el mundo del bienestar?
R. Porque es un conjunto de explicaciones centrado en el mérito individual y el logro personal. Sitúa el cuerpo como el lugar de la agencia, en lugar de las relaciones sociales. Está lleno de ideales románticos sobre la evolución del alma y se opone a la capacidad de la comunidad para organizarse en ayuda mutua. No quiere trabajar con otros. Si además existe la tentación de buscar chivos expiatorios —judíos, activistas trans, Antifa, Black Lives Matter— y señalar a un grupo responsable del caos social, la respuesta fascista resulta seductora: eliminarlos, expulsarlos.
P. ¿Cuál es el vínculo entre el yoga y el fascismo?
R. En los años veinte, protonacionalistas del sur de la India impulsaron una cultura física que sirviera de modelo para el Estado emergente. Querían educación universal, sanidad y también programas de educación física. Los modelos procedían de los colonizadores británicos: calistenia, gimnasia, halterofilia. La élite urbana de Bombay, Delhi o Calcuta los adoptó y los indigenizó incorporando elementos del yoga medieval, lo que hoy llamamos yoga postural moderno. A los alemanes les fascinó. Ya tenían gimnasia y calistenia, pero vieron en esos brahmanes un conocimiento místico adicional. Hubo un intenso intercambio intelectual. Así, figuras como Heinrich Himmler se interesaron profundamente por el yoga como principio monástico de organización militar. Llevaba consigo una copia del Bhagavad Gita (un texto sagrado hinduista) durante la guerra y creía que el yoga podía crear supersoldados con capacidades extraordinarias.
P. ¿Qué queda hoy de eso?
R. En la India actual, hay influencers que respaldan el nacionalismo hindú, y sugieren que purificará el corazón de la nación. En Norteamérica y Europa, los ecos fascistas están más sublimados: esencialismo de género, pureza corporal, lo femenino y lo masculino divinos, interacción con el discurso antivacunas y la idea de pureza cultural.
P. Pero la práctica del yoga no tiene que ver intrínsecamente con esa ideología.
R. Hay tres puertas de entrada del yoga hacia una política protofascista. La primera es el esencialismo de género: hablar de cualidades femeninas y masculinas esenciales en los cuerpos. La segunda es la noción de purificación. ¿Tiene toxinas dentro? ¿Cómo va a purificarlas? Es un proyecto casi neurótico, que separa a los que se han purificado del resto de la población. Y la tercera es la enorme influencia de la pseudociencia. El yoga Iyengar tiene un texto fundacional publicado en 1966 en el que cada postura de yoga puede curar una enfermedad. Esas afirmaciones se hicieron sin ninguna evidencia. No todos los profesores las creen ni las transmiten, pero están profundamente incrustadas en la cultura.
Esa es una actitud conscientemente irracional y antiintelectual, y esos son mecanismos cognitivos clave para el crecimiento del fascismo. Si se ataca a la comunidad científica, se elimina una barrera que impide afirmar cualquier cosa sobre la naturaleza de la realidad. Esas tres influencias crean un contexto en el que, como mínimo, no existe resistencia frente a las ideas de derechas.
P. ¿Por qué la obsesión con las vacunas de los conspiritualistas?
R. Hay una inercia cultural de tres décadas que se remonta al trabajo fraudulento de Andrew Wakefield, quien en los años noventa vinculó con datos falsos la vacuna triple vírica con el autismo. La vacuna resulta especialmente evocadora para la mentalidad conspiritual: puede compararse con una agresión, con el Estado entrando en tu cuerpo sin permiso, con la pérdida de autonomía y consentimiento. No es raro que los antivacunas hablen de programas de vacunación como violaciones masivas respaldadas por el Estado. También influye la desconfianza hacia la medicina clínica y tecnológica. Y, por último, para quienes han invertido en tratamientos personalizados y caros dentro del mundo del bienestar, resulta humillante que la misma dosis de 0,8 mililitros sirva para todos. Es un igualador que niega la excepcionalidad. Para quienes creen poseer un dominio casi mágico sobre su salud, eso es profundamente insultante.
P. ¿Cómo daña la conspiritualidad a la salud pública, más allá de las vacunas?
R. La FDA [la agencia del medicamento estadounidense] acaba de retirar una página sobre antiguas “curas” pseudocientíficas para el autismo, entre ellas beber leche de caballo o algo por el estilo que decía, más o menos: “Si se topa con estas terapias, no están basadas en evidencia; manténgase alejado; no van a ayudar a su hijo con autismo”. El sarampión está resurgiendo porque las tasas de vacunación están bajando. Y, además, las contribuciones de EE UU a la OMS han terminado.
P. ¿Cómo se combate este movimiento?
R. No hay cantidad de buena ciencia sobre vacunas que logre neutralizar las teorías conspirativas antivacunas. Y ahora no sabemos qué aspecto tendrá el mundo a causa de ello. No me gusta cerrar con un tono sombrío, pero la conclusión es clara: no hay respuesta a la conspiritualidad que no pase por cambiar las condiciones materiales en las que surge. Y esas condiciones son el capitalismo tardío, el abandono gubernamental de la sanidad y una población aislada que ha olvidado que forma parte de una clase trabajadora. Personalmente, ahí es donde centro mi atención.
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