La superioridad moral de la izquierda y otros conflictos de pareja
Algunos debates, a pesar de estar cargados de buena voluntad, a menudo acaban generando una especie de presión moral que hace sentir culpable al que no se alinea del todo con las causas de la mayoría


Hace poco, en un grupo de amigos, uno de nosotros planteó un dilema. Hace un tiempo decidió dejar de comprar en Mercadona por diversas cuestiones éticas, pero al empezar a ir a los locales de su barrio, se encontró con otros problemas no menos importantes, como que el carnicero más cercano a su casa trata con desprecio, delante de todos los clientes, al inmigrante que tiene contratado. El dilema era si de verdad conseguía algo comprando en establecimientos más pequeños, considerando que las condiciones laborales tampoco son la panacea allí. La discusión trajo todo tipo de enfoques, desde los que íbamos a Mercadona sin más, a los que no lo pisaban nunca por principios.
Este tipo de debates no son nuevos entre nosotros: hemos hablado de temas como si seguir o no en Twitter, si boicotear productos relacionados con Israel o seguir usando Airbnb, conociendo el efecto que el turismo tiene en nuestros barrios. En un mundo globalizado, actuar con coherencia se ha vuelto un reto cotidiano, y cada vez se hace más difícil consumir sin sentir que estamos fallando en algo.
Este tipo de debates, a pesar de estar cargados de buena voluntad, a menudo acaban generando una especie de presión moral que hace sentir culpable al que no se alinea del todo con las causas de la mayoría. Para algunos comer carne es casi como una traición ideológica imperdonable, pero coger el coche a diario no parece ser tan terrible. Para otros, vestir a tu hija de rosa puede convertirse en motivo de juicio, pero volar a Tailandia por ocio no es tan reprochable. En fin, hablo de la famosa superioridad moral de la izquierda, que puede resultar agobiante tanto en política como entre amigos de toda la vida.
Con el tiempo he aprendido —quizá como mecanismo de defensa— que todos somos egoístas en mayor o menor medida. El activista perfecto, para ser completamente coherente, debería donar todos sus ingresos a gente más necesitada que él, vivir sin ningún tipo de lujo, y en el caso más extremo de todos, quitarse de en medio, para reducir al máximo su impacto sobre el mundo. Hasta donde sé, ni el más radical ha llegado a este nivel de altruismo para con los demás. Por esto, creo que es importante recordarse de vez en cuando que ser egoísta no es un planteamiento binario —ser o no ser—, sino de grado: hasta qué punto quiero serlo y en qué asuntos.
Esa culpa que flota en ciertos círculos progresistas me ha hecho entender —aunque me cueste admitirlo— por qué personajes como Trump o Ayuso logran conectar con sectores tan amplios de la población, y es porque representan una especie de liberación. Sus discursos son absurdos, irracionales y llenos de falsedades, y sus votantes lo saben, pero les da igual, porque lo que les gusta de ellos es precisamente eso, que se atrevan a decir la primera barbaridad que se les pase por la cabeza sin miedo a que la policía de la conciencia progresista se les eche encima. En definitiva, ciertos líderes de la derecha dan permiso a mucha gente a ser incoherentes, a equivocarse, a no estar a la altura todo el tiempo. El lema que hizo ganar a Ayuso en mayo de 2021 no se refería únicamente a la libertad de tomar cañas en plena pandemia, sino a la libertad de hablar sin meditar demasiado, de ser impulsivos.
En algunos sectores de la izquierda no entendemos todo esto, porque se ha instalado en nosotros la creencia de que basta con tener razón para convencer a la gente. Y es verdad, creo que los valores de la izquierda son los que más se acercan a un mundo más justo. Pero la política, como las relaciones humanas, casi nunca se resuelve con razonamientos impecables, sino poniendo el foco en las emociones. Por sólidos que parezcan nuestros argumentos, debemos entender que nunca llegarán a calar si seguimos utilizando ese tono condescendiente que repele más de lo que convence. Este sentimiento de superioridad no solo nos aleja del votante de derechas, sino que está dinamitando la propia cohesión interna de la izquierda, atrapada en esa lógica tóxica por ver quién reparte más carnets de pureza ideológica.
Lo que la historia nos enseña es que las pasiones cotidianas, no la pura lógica, son las que realmente mueven a las masas y moldean el presente. Bertrand Russell decía que las cazas de brujas del siglo XVII se alimentaban, en gran parte, del aburrimiento insoportable que sufría la población de aquella época. También pensaba que la democracia no nació solo de ideales nobles, sino de la envidia que la gente sentía hacia las clases privilegiadas. Y en el caso de la división de la izquierda actual —y en general, la crispación que vivimos— hemos intentado racionalizar en exceso algo que se parece mucho más a simples conflictos de pareja, en un país en el que nunca nos han enseñado a tratar nuestras diferencias sin faltarnos al respeto. No es solo una comparación literaria; los patrones que observamos en parejas con problemas son sorprendentemente parecidos a las dinámicas que vemos hoy en nuestro Congreso.
John Gottman ha pasado más de veinte años estudiando a miles de parejas en sus casas, analizando sus conversaciones con micros y cámaras ocultas en sus casas, para saber qué es eso que hacen las parejas que se llevan bien. Su investigación le ha llevado al descubrimiento de que se puede predecir si una pareja se divorciará o no, con un 90% de acierto, solo escuchando los cinco primeros minutos de una discusión. Al leer sus conclusiones, uno no puede dejar de encontrar paralelismos con el pésimo nivel de nuestro debate público actual.
La investigación de Gottman le ha llevado a diferenciar cuatro comportamientos que erosionan cualquier vínculo y que él llama “los cuatro jinetes del apocalipsis”. El primero de esos jinetes son las críticas personales: ”eres un egoísta”, “nunca escuchas” o “eres un desastre”. Cuando este tipo de comentarios hirientes aparecen en una relación, Gottman ya sabe que esa pareja no va bien. Esta actitud es el pan nuestro de cada día; “comunista”, “facha”, “carapolla”, “terfa”, “me gusta la fruta”...
La segunda etapa hacia el desastre es el uso del desprecio, algo que Gottman describe como una muestra de superioridad moral hacia el otro. Corregir un error gramatical mientras discutimos es un buen ejemplo de ello, así como el sarcasmo, el cinismo, la burla, poner los ojos en blanco o el humor hostil.
La tercera etapa es la defensa, cuando llega el “tú tampoco me escuchas nunca” o “tú siempre tienes la razón”. En este momento las parejas discuten mucho, pero ya no hay ningún tipo de comunicación, solo trincheras, como en nuestros debates electorales.
Finalmente, en el último estadio de toda relación, uno de los dos se cierra en banda para siempre. En lugar de contestar a las acusaciones de su pareja, simplemente pone la TV o se va a su cuarto. En este momento parece que la pareja está bien, porque no discuten, pero lo cierto es que no discuten porque ya no soportan más reproches.
Este último estadio es en el que se encuentra nuestro electorado: el 33% de la población ya no vota porque sienten que no sirve de nada, y un porcentaje cada vez más alto prefiere no hablar de política con amigos o familiares, por no enemistarse.
Si nuestros políticos quieren volver a entenderse —y la izquierda quiere volver a avanzar unida— tal vez sea hora de dejar los platós y apostar por la única vía que aún no se ha probado: la terapia de pareja. En otras palabras, aprender a convivir con nuestras diferencias. Las parejas que funcionan, igual que las democracias que resisten, no lo hacen porque no discutan, sino porque saben cómo hablar de sus diferencias sin destruirse.
Tú puedes comprar en Mercadona, y yo seguir usando pajitas de plástico, nadie es perfecto. Tú puedes considerar que hay que decir las cosas sin filtros, y yo que hay que cuidar las formas para no cerrar puertas. Tú puedes considerar que el feminismo debe tensar el sistema, y yo que debe construir puentes con quienes aún no lo entienden.
Nuestras diferencias no deben ser el obstáculo que nos impida remar juntos, pero para ello debemos desarrollar cierta confianza en las buenas intenciones del otro y, sobre todo, tratarnos con respeto. Cultivar esa fortaleza —y revisar nuestras propias incoherencias— no es solo el camino hacia la unidad de la izquierda, sino una condición necesaria para la salud misma de nuestra democracia.
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