Mona Eltahawy: “Nuestra generación es la última que tuvo que fingir que somos como los hombres”
La escritora feminista de origen egipcio imparte cursos para entrenar a las mujeres en el pecado y luchar contra el patriarcado que alimentan los movimientos de extrema derecha


“¡Que se joda el patriarcado!”, gritan al unísono cientos de personas, a las que Mona Eltahawy ha puesto en pie y arengado en la iglesia de San Francesco al Prato de la ciudad italiana de Perugia. La escritora y periodista feminista de origen egipcio, asentada en Nueva York está enfadada. Clama en el desierto desde hace años sobre el daño que el autoritarismo de Donald Trump infligiría a las mujeres y sus advertencias se han cumplido. “Cuando Trump le dice a una periodista “cállate, cerdita”, da luz verde a los misóginos de todo el mundo para que silencien a las periodistas“, sostiene.
Eltahawy (Port Said, 58 años) trata de transformar su ira en acción. Escribe libros, dispara afiladísimos dardos desde su newsletter Feminist Giant e imparte cursos para mujeres con la esperanza de convertirlas en pecadoras, capaces de desafiar al patriarcado. Esta mujer-torbellino, capaz de blasfemar sin piedad con la más amplia sonrisa, está convencida de que el cambio social es posible. “Moriré y seguirá habiendo patriarcado, pero hay que luchar y para eso tengo que despertarme convencida de que hoy puedo destruirlo”, sostiene la autora de El Himen y el Hiyab, que conversó con este diario la semana pasada en el festival internacional de periodismo de Perugia.
Pregunta. Usted imparte cursos a mujeres para que se conviertan en pecadoras. ¿Pecamos demasiado poco?
Respuesta. Desde luego, necesitamos más pecadoras. Escribí mi libro Los siete pecados necesarios para mujeres y niñas porque tomé los pecados capitales del cristianismo y los convertí en pecados necesarios. Son aquellos que nos ayudarán a destruir el patriarcado. La ira, la búsqueda de atención, la blasfemia, la ambición, el poder, la violencia y la lujuria. Se trata de cómo aplicarlos en la vida cotidiana, de cómo convertirse en pecadora.
P. La ira es un motor para el cambio, pero es muy cansado estar siempre enfadada. ¿Cómo sobrevive al cabreo continuo?
R. Las mujeres enfadadas son mujeres libres porque reconocen las injusticias. Ordené los pecados en un orden muy deliberado. El primero es la ira, pero no se puede parar en la ira. No soy solo una mujer enfadada, también soy una mujer que exige atención, porque lo más subversivo que puede hacer una mujer es hablar de su vida como si importara, porque importa. Aunque a menudo nos digan que es solo nuestra experiencia personal. La violencia, porque tengo derecho a defenderme. Le pegué a un hombre que me agredió sexualmente en una discoteca y me dijeron: “¿No crees que has exagerado?”. Luego, cuando conté que a los 15 años me agredieron durante la peregrinación, me dijeron: “¿Por qué no te defendiste?”. ¿En qué quedamos? Y está también la lujuria, porque tengo derecho al placer, a experimentar. La ira por sí sola te agota. Es combustible para tu motor, pero hay que usarla como catalizador y averiguar adónde te va a llevar. Hay que encontrar otras formas de mantener la lucha. De la ira a la lujuria.
Moriré y seguirá habiendo patriarcado, pero hay que luchar y para eso tengo que despertarme convencida de que hoy puedo destruirlo
P. ¿Qué le enfada estos días?
R. Vivir el día a día. Soy una mujer de color que vive bajo un régimen cada vez más fascista en Estados Unidos. Y estoy muy enfadada porque mucha gente blanca es incapaz de reconocerlo. Solo reconocen ese tipo de autoritarismo cuando ocurre en otro lugar. A Donald Trump lo eligieron libremente no una, sino dos veces, a pesar de ser plenamente conscientes del daño que está causando. Estoy muy enfadada porque hemos pasado muchos años intentando advertir a la gente blanca de EE UU sobre el peligro del autoritarismo de derechas.
P. El daño a las mujeres es evidente cuando el presidente legitima el sexismo. ¿Qué impacto tiene en el ciudadano medio?
R. La misoginia es parte de la base del fascismo, porque lo primero que hacen los gobiernos y movimientos de extrema derecha de todo el mundo, incluido el de EE UU, es atacar a las mujeres y a las personas de género no binario, y destruir las cátedras de género. Lo hemos visto en EE UU, en Hungría con Orbán o en India con Modi. Cuando el régimen egipcio hace algo, afecta a Egipto y a los países de su entorno. Pero cuando EE UU hace algo, afecta al mundo entero. Por eso, cuando Trump revierte el derecho al aborto, da luz verde a los líderes y regímenes autoritarios de todo el mundo para que hagan lo mismo. O cuando Trump le dice a una periodista “cállate, cerdita”, da luz verde a los misóginos de todo el mundo para que silencien a las periodistas. Además, al menos 22 mujeres le han acusado de agresión sexual, y una lo ha demandado con éxito ante los tribunales.
P. Está convencida de que la feminista es la única revolución verdaderamente liberadora y de que vamos a acabar con el patriarcado. ¿Cómo?
R. Cada mañana me despierto convencida de que hoy es el día en que acabaré con el patriarcado, y cada noche me acuesto creyendo que el patriarcado me sobrevivirá. Moriré y seguirá habiendo patriarcado, pero hay que luchar y para eso tengo que despertarme convencida de que hoy puedo destruirlo. Empecé a hablar de la menopausia en 2020 y ahora por fin estamos sacando el tema a la luz. La revolución requiere paciencia.
P. Considera el patriarcado un pulpo cuyos tentáculos parecen llegar cada vez más lejos. Vemos, por ejemplo, las encuestas de los jóvenes y su rechazo al feminismo.
R. Trump surgió gracias a los políticos cristianos blancos de la derecha, una derecha cada vez más poderosa en EE UU y a sus votantes que quieren mantener la supremacía blanca. Ese sistema va a continuar después de que él se vaya y la situación va a empeorar. Por eso tenemos que centrarnos en cómo luchar contra ese sistema. La derecha ha tenido éxito atacando al feminismo. Están intentando que los adolescentes, cuando alcancen la edad de votar, voten a los republicanos, y por eso tienen influencers que se dirigen a las jóvenes para convencerlas de que el feminismo les perjudica. Tienen que tener hijos, estar delgadas y ser esposas sometidas. Cuando me dicen que las mujeres jóvenes no creen que el feminismo sea importante, les digo que les den unos años para que vean que ser mujer es una desventaja.
P. Muchas mujeres a partir de los 50 años se sienten estafadas. Les dijeron que podían ser iguales que los hombres y se encontraron con una carga desproporcionada en casa y una brecha salarial en el trabajo. Ahora tienen la menopausia y sienten que no dan la talla. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
R. Tengo 58 años y a nuestra generación nos dijeron que teníamos que dejar en casa todo lo que nos hacía diferentes de los hombres para poder entrar en los espacios que los hombres crearon para los hombres. Los millennials y la Generación Z empezaron a entender que no somos iguales y que no nos enfrentamos a las mismas barreras. Nuestra generación es la última que tuvo que fingir que somos como los hombres. Ahora podemos hablar de la baja menstrual y de la penalización por maternidad en los trabajos. Ahora nos damos cuenta de que muchas mujeres, al entrar en la menopausia, están alcanzando la cima de su carrera profesional y dejan el trabajo porque piensan que les pasa algo a ellas, en lugar de pensar que el sistema no les deja espacio y sienten que no pueden competir con los hombres.
P. ¿Por qué hemos tardado tanto en hablar de la menopausia?
R. Eso también explica las actitudes patriarcales hacia las mujeres; sobre lo que se nos permite hablar y sobre lo que no. El feminismo nunca ha consistido en hacer todo lo que hace un hombre. El feminismo ha consistido en desmantelar el patriarcado y las formas en que nos penaliza.
Las mujeres enfadadas son mujeres libres porque reconocen las injusticias
P. Los últimos meses han trascendido noticias terribles sobre la violencia hacia las mujeres. Epstein, Gisèle Pelicot… La euforia del movimiento #MeToo parece a veces tan lejana…
R. Sí, pero antes todo esto se habría silenciado por la vergüenza y el estigma. El abogado de Pelicot dijo que la vergüenza debe cambiar de bando y ella insistió en un juicio público. Hace unos días, Eric Swalwell, que se presentaba a gobernador de California, tuvo que dimitir, después de que cuatro mujeres lo acusaran de agresión sexual y una de violación. Esto es consecuencia directa del #MeToo, porque, en el pasado, habría luchado por mantenerse en el puesto. Escuchamos historias horribles, y no es que no ocurrieran antes, es que no nos enterábamos. Necesitamos mucho más, obviamente, pero tenemos que celebrar nuestras victorias para poder seguir luchando.
P. Usted inició el #MeToo de las mezquitas en el mundo musulmán. ¿Ha dado frutos?
R. Creé un hashtag dentro de #MeToo que se aplicara a mujeres de ascendencia musulmana como yo, que durante mucho tiempo habíamos sido silenciadas porque no queríamos contribuir a la islamofobia. Veo #MosqueMeToo en Internet y me alegra mucho, porque está rompiendo un estigma que nos ha silenciado durante demasiado tiempo.
El feminismo nunca ha consistido en hacer todo lo que hace un hombre
P. En Afganistán asistimos a un apartheid de género sin que al resto del mundo parezca importarle. ¿Cómo se explica?
R. Creo que eso está directamente relacionado con el poder de los movimientos autoritarios de todo el mundo. Los conservadores cristianos de EE UU hacen dos cosas: silencian a las mujeres blancas diciéndoles que den gracias por vivir en EE UU y no en Afganistán, y al mismo tiempo, destruyen los derechos de las mujeres prohibiendo, por ejemplo, el aborto. El mundo ha guardado un silencio criminal sobre Afganistán, pero hay muchos grados de autoritarismo. Es un grado diferente al de los talibanes, claro, pero consiste también en usar la religión y la política para controlar a las mujeres.


























































