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Marian Carrasquero, fotógrafa: “Nos dicen la palabra migrante y pensamos en un hombre tatuado que viene a quitarnos el trabajo o a robar”

La fotoperiodista y cineasta venezolana busca en la experiencia femenina y en las infancias el puente con el que conectar al público con la experiencia migratoria, la pérdida y el tiempo detenido en el que viven las personas que tienen que abandonar su tierra

La fotógrafa documental y cineasta Marian Carrasquero en la Casa América de Madrid, el 16 de abril. Inés Arcones

En las fotografías de Marian Carrasquero (32 años, Caracas, Venezuela) que se exponen en Casa de América de Madrid, cuesta encontrar a los hombres. Apenas aparecen y, cuando lo hacen, es de forma periférica, en los márgenes o diluidos en la masa. En el centro están ellas: madres mexicanas como María Herrera, que desde hace años busca a sus cuatro hijos desaparecidos por la violencia en México. O abuelas como la venezolana Gloria Hernández Montiel, que vive en una casa de paredes color rosa intenso y cuida a sus dos nietas, huérfanas después de que su padre muriera al intentar cruzar la selva del Darién, una de las rutas migratorias más peligrosas de la región.

También están los niños, a veces captados en pleno salto, otras comiendo mangos, ajenos al limbo migratorio que atraviesan sus familias, varadas en el sur de México sin poder regresar a sus países.

Estas historias componen Todo empieza con ausencia, la exposición que la fotógrafa venezolana presenta en Casa de América. Un recorrido por imágenes tomadas en América Latina, principalmente entre 2023 y 2025, que se puede visitar hasta el 30 de mayo.

“Siento más interés por las experiencias de las mujeres y los niños. Es algo que nace un poco de forma inconsciente, porque esta muestra surge de trabajos por encargo, mayoritariamente de The New York Times: un tema de la frontera, otro migratorio o social, un desajuste político…”, explica Carrasquero en una entrevista con EL PAÍS en Madrid.

“Dentro de estas situaciones, trato de conseguir algo que nos agarre de la mano y nos haga empatizar”, añade la fotógrafa, que reside en Ciudad de México y colabora regularmente con el diario estadounidense.

La muestra, comisariada por Sergio Antoranz, se articula en torno a temas como la maternidad, la infancia, la experiencia migrante y la pérdida, pero también la esperanza que dan los comienzos. “Creo que de ese vacío nace la posibilidad de algo nuevo. Eso lo he aprendido de las personas que he retratado: la fortaleza que tienen de seguir cuidando, relacionándose, de seguir adelante a pesar de que hay tanto que han perdido y tenido que dejar atrás”, añade Carrasquero.

Sabes que estás dejando algo atrás, pero no hacia dónde vas. La incertidumbre es una gran parte de la vida de muchas de estas personas

La espera, ese tiempo suspendido, atraviesa muchas de las fotografías: desde venezolanos que aguardaban el cierre de los centros de votación en 2024 hasta familias como la de Keila Mendoza, que resisten en un albergue de Tapachula mientras intentan regresar a su país. “Me interesa mucho ese mientras tanto, que no es ni el final ni el comienzo, sino un tránsito”, afirma Carrasquero. “Sabes que estás dejando algo atrás, pero no hacia dónde vas. La incertidumbre es una gran parte de la vida de muchas de estas personas”.

Además, la fotógrafa defiende que es fundamental no abordar el fenómeno migrante desde la victimización: “Están en una situación complicada y de alguna manera sí son víctimas del sistema en el que vivimos, pero también son gente trabajadora, que llega a lugares nuevos sin comunidad, sin trabajo, a veces sin papeles y sin dinero, y logran construir vidas que muchos no pueden ni imaginarse”.

Recuerda, por ejemplo, a Sara y Jhon, a quienes conoció en 2019 en la ciudad colombiana de Cúcuta, cuando cruzaban desde Venezuela con tres hijos y otro en camino. Habían llegado sin nada y dormían en un albergue, empujados por la imposibilidad de traer a su bebé al mundo en su país. “Hoy viven en Medellín, tienen un negocio de chicha, ella es manicurista y también trabaja en un emprendimiento de flores. Se han levantado de una manera increíble y verlos florecer desde ese comienzo cuando cruzaron la frontera por primera vez y dijeron ‘no hay cómo tener este bebé en Venezuela, no hay un hospital donde podamos traer este niño a la vida’, hasta donde están hoy, es un privilegio”, explica.

Lo fundamental es llegar, sentarte, escuchar y relacionarte antes de sacar la cámara. Empatizar es la manera de lograr que la imagen tenga el poder que necesita

La fotógrafa considera imprescindible construir un lenguaje visual que no explote el dolor, sino que lo acompañe. “Intento no reducir la experiencia de quien está en una situación difícil solo a la herida”, explica. “Es importante también que eso sea parte del retrato, pero pienso que, como en la vida, todas las experiencias tienen luces y sombras”, añade. Para lograr ese equilibrio, la autora deja en segundo plano el destino de la imagen o el medio en el que se publicará. “Lo fundamental es llegar, sentarte, escuchar y relacionarte antes de sacar la cámara. Empatizar es la manera de lograr que la imagen tenga el poder que necesita”.

Carrasquero aboga por una manera de trabajar más pausada en medio de un contexto de sobreexposición informativa que provoca saturación. “Intento hacer un trabajo que rompa con el estereotipo”, considera. “Trato de relacionarme desde espacios más humanos, más femeninos y aterrizados y no únicamente desde aquellos que muestran la masa de gente moviéndose, la fila en la frontera, los barcos en el río, los policías parando a gente en el desierto o el puente en Cúcuta”.

Carrasquero no niega el valor documental de esas imágenes como registro de la escala del fenómeno, pero cree que la empatía se construye en lo cotidiano. “Hay que entrar más íntimamente a la vida de la persona”, explica. Adentrarse en su casa, aunque sea un espacio temporal, habitado apenas durante una semana, y observar cómo vive, dónde duerme, cómo son sus sábanas o quién la arropa.

“Nos dicen la palabra migrante y pensamos en un hombre tatuado que viene a quitarnos el trabajo o a robar”, señala. “Ese es el discurso político que hay ahorita, especialmente en Estados Unidos, que [asocia] migrante a criminal. Es importante humanizar”, razona. Sus imágenes, insiste, tratan de que nos reconozcamos en el otro. La migración no es una excepción, sino una constante histórica que termina atravesándonos. “Hoy le toca a Venezuela, pero a Europa le tocó después de la guerra”, recuerda.

Como venezolana, Carrasquero reivindica otras historias posibles frente a las narrativas dominantes sobre su país, marcadas por la política, la migración y la tragedia. Cree que no se habla “lo suficiente” de la fuerza de sus ciudadanos. “El venezolano, por todo lo que nos ha sucedido, se ha vuelto muy resiliente y luchador. Ha aprendido a resolver bajo cualquier circunstancia”. “Espero que podamos volver a Venezuela a reconstruir el país y hacerlo con más conciencia de lo que somos, de lo que tenemos”, incide.

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