El regreso a la tierra: el largo viaje de regreso a Guatemala de los migrantes fallecidos en Estados Unidos
Cada día llegan al aeropuerto internacional de Ciudad de Guatemala más de siete personas fallecidas en territorio estadounidense, en un último periplo migratorio rodeado de estafas, injusticias, burocracia y la inquebrantable voluntad de sus familias

A las 11.10 de una noche insólitamente helada de finales de enero, el último vuelo comercial desde Houston, Texas, aterriza en el Aeropuerto de La Aurora en Ciudad de Guatemala. Enseguida desembarcan pasajeros y maletas. Cuando parece que ya no queda nadie, se abre la puerta de la bodega y el personal de la aerolínea descarga dos cajas blancas. Dentro, dos ataúdes.
Julio González, de 59 años, supervisor de importaciones de Combex-IM, el depósito aduanero del aeropuerto, controla que su equipo los traslade con respeto en un pequeño montacargas hasta una capilla iluminada por una cruz. Unos papeles pegados a uno de los dos ataúdes revelan el nombre de quien contiene. Es Miguel Raymundo Raymundo, de 36 años, fallecido el 14 de enero de 2026 en Estados Unidos.
Miguel es uno de los cientos de migrantes guatemaltecos que cada año mueren en EE UU por accidentes, enfermedades u homicidios y son repatriados gracias a la perseverancia de sus familias, como último acto de un viaje migratorio que termina donde empezó.







En el 2025 llegaron vía aérea a CombeX-IM 2.443 personas fallecidas en el extranjero, casi todas desde EE UU, según datos del depósito aduanero. “Solo hoy vinieron diez ataúdes”, cuenta Gonzáles, que lleva 33 años trabajando allí. “En Guatemala la migración es constante. Así como mucha gente se va, muchos regresan. A veces en un ataúd”, añade.
Más de un millón de personas nacidas en Guatemala viven en EE UU, según los datos más recientes del Ministerio de Relaciones Exteriores de Guatemala. No obstante, puede haber un subregistro debido a que parte de la migración centroamericana es irregular. Con la actual política de deportaciones del Gobierno de Donald Trump, solo en enero han sido expulsados 4.941 guatemaltecos, unos 159 al día.
A las 2.30 de la madrugada, tras concluir con los trámites administrativos, Luis Felipe Álvarez Oviedo y Roberto Herrera de la funeraria Landívar cargan el pesado ataúd de Miguel en un microbús. Al salir del Combex-IM, Herrera se persigna antes de arrancar. Por respeto al pasajero y para pedirle a Dios un viaje seguro entre las montañas de Quiché hasta dejar a Miguel en Nebaj, el pueblo donde nació. El Tenam, en su idioma materno. A pesar de sus 18 años en EE UU, Miguel sigue siendo maya Ixil.
Dignificar el regreso del familiar migrante
A las ocho de la mañana, el microbús llega a la primera gasolinera que marca la entrada al pueblo. Ahí lo esperan unas 50 personas en la parte trasera de varias camionetas pick-up, la policía municipal y un vehículo que transmite música a todo volumen. Desde ahí comienza la caravana hasta la casa.

Al llegar, familiares, amigos y vecinos, con el celular en la mano para grabar el momento, abren el portón trasero del microbús, sacan el ataúd y lo cargan al hombro hasta la casa de los padres de Miguel, convertida en capilla ardiente. Comienzan así 24 horas de velorio, entre nostalgia, tres tiempos de comida, oraciones, mariachi y fotos de su vida en EE UU proyectadas en bucle. Un regreso con estilo para Miguel.
“Mi tío fue el pilar de esta familia —cuenta Willy Raymundo, su sobrino de 24 años—. Se fue a EE UU cuando tenía unos 18 y desde allá nos ayudó a todos. Este funeral será inolvidable, porque queremos celebrar públicamente sus esfuerzos”, añade. Willy llora al despedir a quien se hizo cargo de él cuando quedó huérfano y le permitió migrar a los 14 años para vivir juntos un tiempo.
Como miles de guatemaltecos, Miguel Raymundo Raymundo se fue al norte por razones económicas. Trabajó en la restauración, formó una familia y luego llegó la enfermedad. Un cáncer de pulmón que no le dejó salida. “Él mantenía a mis abuelos —sigue Willy—. Él siempre dijo que no quería que gastáramos en repatriarlo, pero mis abuelos no podían sobrevivir sin verlo después de casi 20 años. Tenía que volver a su tierra. Es parte de nuestra cultura”.

Las remesas son uno de los rubros más relevantes de las economías centroamericanas. En Guatemala representan alrededor del 20% del PIB y en Honduras, Nicaragua y El Salvador rozan el 27%. La muerte de quien sostiene una familia desde EE UU es un duelo emocional. Pero también económico.
Miguel entendió el deseo de sus padres y dejó pagado en vida el costo de su repatriación. Dijo: ‘Cuando me muera, dejaré todos los gastos pagados’. Y así fue”, concluye Willy, antes de caminar detrás de la carroza fúnebre.
Burocracia y costos: la dolorosa frontera del regreso
Por otro lado del pueblo, Juana Bernal también acaba de repatriar a su sobrina María Elena Corio Bernal. Tenía 13 días cuando murió, el 9 de diciembre de 2025. Llegó a Nebaj un mes después, recibida por sus abuelos y sus tíos. Sus padres, trabajadores sin papeles en EE UU, no pudieron acompañarla. Salir implicaba no poder volver. “Sufrieron muchísimo, pero saben que un día volverán, entonces mejor que la niña ya esté aquí”, cuenta Bernal. “Tuvimos que hacer coperacha [colecta de dinero] con familiares y vecinos para costear los 6.000 dólares (unos 5.000 euros) de la repatriación desde Florida”, añade.
En sus manos sostiene el informe médico con la causa de la muerte: enterocolitis necrotizante total, enfermedad que afecta principalmente a recién nacidos prematuros como María Elena. Todo está escrito en inglés. “Yo ni he entendido de qué murió”, murmura su tía mirando al suelo.
Cuando muere un familiar migrante, al drama humano se suma un rompecabezas económico y burocrático entre autopsia, certificado de defunción, embalsamamiento del cuerpo, permiso de traslado y el apostillado que confirma la autenticidad de los documentos. De todo eso se encarga primero una funeraria en EE UU y luego otra en Guatemala. “Repatriar privadamente puede costar entre 8.000 y 13.000 dólares (entre 6.700 y 10.900 euros), dependiendo del Estado donde haya fallecido, y tarda un mínimo de 15 días”, explica Álvarez Oviedo. Un gasto que puede endeudar a familias enteras, sobre todo en Quiché, donde el 86,4% de las personas vive en pobreza.





Desde hace años, la organización local Asaunixil acompaña gratuitamente en los trámites y en el duelo a aquellas familias de Quiché que, por no conocer el proceso, están expuestas a estafas.
“Hace tiempo había funerarias que inflaban los precios pensando que la familia en EE UU tenía dinero”, comenta Francisco Marroquín, director de Asaunixil. “Ahora lo tenemos más controlado, pero yo siempre digo que hay coyotes [traficantes de personas] que te llevan con vida y también coyotes que te llevan de muerto”, añade.
Las trampas están a la vuelta de la esquina. “He visto funerarias enviar certificados de defunción falsos. Es un documento clave y la familia tiene que volver a pagar para solicitarlo”, explica Álvarez Oviedo.
Además, especialmente en la temporada navideña, las aerolíneas priorizan la carga comercial y relegan los cuerpos a un segundo plano, dejando a veces a las familias en el limbo. “Retrasaron la llegada de la nena dos veces. Ya estaba todo listo para el velorio. Fue muy duro”, recuerda Juana Bernal.
Retrasaron la llegada de la nena dos veces. Ya estaba todo listo para el velorio. Fue muy duroJuana Bernal, tía de María Elena Corio Bernal
Si no consiguen costear el gasto, desde 2011 las familias pueden recurrir al Fondo de Repatriación del Ministerio de Relaciones Exteriores que, con un presupuesto anual de cinco millones de quetzales (553.000 euros), cubre desde mil dólares (842 euros) hasta el costo total. “Apoyamos para regresar a nuestros connacionales de forma digna y segura”, explica Ricardo Girona, director de Asuntos Consulares. “El programa aplica únicamente para personas plenamente identificadas, fallecidas en condición de irregularidad, sin redes de apoyo en EE UU y con familiares de escasos recursos”, continúa. En promedio, el fondo cubre más de 300 repatriaciones al año, aunque en el 2025 bajaron a 201, 169 desde EE UU, 31 desde México y una desde Europa. “La retórica de terror de Trump ha provocado una disminución drástica de la migración que se refleja en una reducción de las muertes”, concluye Girona.
Sin embargo, entre noviembre y enero, el mecanismo suele atascarse por el congelamiento de fondos al cierre del año. Lo saben bien los familiares de Julio Habram, de 34 años, fallecido el 16 de noviembre de 2025, aún sin regresar. “La familia intentó aplicar al fondo, pero, ante el retraso, la comunidad está reuniendo dinero para traerlo de vuelta ya”, dice Marroquín.
Morir sin papeles
Julio murió atropellado en EE UU. “La mayoría fallece en accidentes de carretera y muchas veces en situación de irregularidad migratoria”, explica Álvarez Oviedo.
Sin embargo, en la morgue, en el hospital o en la funeraria, el migrante sin papeles se vuelve visible. El certificado de defunción, a menudo, es su primer documento válido en EE UU. “Pedir justicia para los migrantes que mueren en accidentes es imposible”, dice Marroquín con frustración. La denuncia debe presentarla un familiar en EE UU, casi siempre también en situación irregular. “Si se presentan ante la policía, los deportan. Nunca se logra ni condena ni reparación económica”, continúa.
En la morgue, en el hospital o en la funeraria, el migrante sin papeles se vuelve visible. El certificado de defunción, a menudo, es su primer documento válido en EE UU
Paradójicamente, el certificado de defunción estadounidense tampoco es suficiente. Hasta que no se anula en el registro civil, la persona no ha muerto en Guatemala. “Este trámite puede tardar meses”, concluye Marroquín.
El duelo partido
Mientras la carroza fúnebre de Miguel avanza en el cementerio de Nebaj, el periodista Mario López, del medio Megavisión, transmite el entierro en vivo por Facebook. “Los familiares en EE UU nos piden este servicio para participar a la distancia”, explica, mientras se adelanta entre los montículos.
Como la mamá de María Elena, el bebé fallecido, muchos familiares también son migrantes sin papeles y tienen que vivir el duelo a través de una pantalla.

“Cuando una persona está lejos, parece que no haya muerto. Si no lo hubiera visto, en mi mente habría vivido para siempre en EE UU”, sonríe Willy con ternura al recordar a su tío fallecido.
Durante el entierro, la gente habita el cementerio. Algunos comen un pan para calmar el hambre, otros toman una gaseosa sentados sobre los mausoleos. “¿Sabes qué? Vos podés salir del pueblo, pero el pueblo no sale de vos”, dice un hombre antes de reponerse el sombrero y alejarse bajo el sol del mediodía.
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