Ir al contenido
_
_
_
_

Los fertilizantes atrapados en Ormuz empujan a un Sur Global hiperdependiente de las importaciones hacia una “crisis de pobreza”

La guerra contra Irán dispara el precio de la energía, sacude las cadenas de suministro y amenaza con empujar a hasta 30 millones de personas a la pobreza, según Naciones Unidas

Unas niñas esparcen fertilizante en un campo de maíz en Nashik, India, el pasado julio.Francis Mascarenhas (REUTERS)

Mientras la guerra contra Irán reconfigura los equilibrios geopolíticos, energéticos y comerciales, sus efectos empiezan a trasladarse al sistema alimentario global. El encarecimiento de la energía y la disrupción de una de las principales rutas del comercio mundial de fertilizantes están reduciendo el acceso a estos insumos en plena temporada de siembra. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) acaba de advertir de que este encadenamiento de impactos podría empujar a hasta 30 millones de personas a la pobreza y anticipa una nueva crisis alimentaria, con efectos directos sobre el precio y el acceso a los alimentos.

El cuello de botella está en el estrecho de Ormuz. “En 2024, alrededor del 30% del comercio mundial de fertilizantes” pasó por esta vía marítima, explica Barnaby Pace, investigador del Centro de Derecho Ambiental Internacional (CIEL, por sus siglas en inglés), durante un seminario organizado por IPES‑Food, un panel internacional de expertos que analiza los impactos del sistema alimentario global. Casi la mitad de la urea —el fertilizante nitrogenado más utilizado— se produce además en países de la región, añade Pace. El bloqueo de Ormuz no implica necesariamente un corte total del suministro, pero sí encarece el transporte, eleva los precios y retrasa entregas en un momento crítico del calendario agrícola. Con la temporada de siembra en marcha en buena parte del hemisferio norte —y a punto de comenzar en muchas regiones del sur—, los retrasos actuales tienen efectos que se arrastrarán durante meses, incluso si el tráfico marítimo se normalizara en este momento.

El impacto no se limita a la urea. El Golfo Pérsico concentra también otros insumos clave para la agricultura industrial. Cerca del 45% de las exportaciones mundiales de azufre —un subproducto del refinado de combustibles fósiles indispensable para los fertilizantes fosfatados— procede de países de la región. “Es un componente menos visible, pero absolutamente central para toda la cadena de fertilizantes”, subraya Pace. En concreto, la industria de los fertilizantes absorbe, según el experto, alrededor del 60% de la demanda mundial de este material.

Las alertas ya han empezado a llegar desde los organismos multilaterales. Entre finales de marzo y abril de 2026, la Agencia de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Conferencia de la ONU sobre el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) advirtieron de que la interrupción del paso por el estrecho de Ormuz había reducido el tránsito marítimo en más de un 90%, con efectos directos sobre el mercado de fertilizantes. En paralelo, el Banco Mundial registró un aumento intermensual de casi el 46% en el precio de la urea entre febrero y marzo.

El choque en Ormuz se convierte de esta forma “en una crisis de pobreza a través de una cadena muy predecible”, explica Fadhel Kaboub, economista del desarrollo y profesor en la Universidad de Denison, en conversación con este diario. El mecanismo, señala, se repite con escasas variaciones: “Suben los precios del gas y de los fertilizantes; se reducen las dosis aplicadas en el campo; las cosechas son menores; aumentan los precios de los alimentos; caen los salarios reales y, finalmente, se agravan las tensiones fiscales”. No se trata solo de fertilizantes más caros, sino de “una crisis de importaciones que rápidamente deriva en inflación, crisis de balanza de pagos y estrés fiscal” en los países más expuestos, subraya Kaboub.

Pasado colonial

Sin embargo, según Kaboub, el problema va mucho más allá del estrecho de Ormuz: “Esta crisis no es solo un accidente geográfico, es el resultado de décadas de decisiones políticas que vincularon la producción de alimentos a los combustibles fósiles, a los agroquímicos importados y a sistemas agrícolas orientados al monocultivo”. Según el profesor, el impacto desproporcionado de esta crisis alimentaria sobre África y otras regiones del Sur Global tiene raíces históricas profundas. “África pasó de ser la despensa de las potencias coloniales a importar alrededor del 85% de sus alimentos”, recuerda. Tras las independencias, continúa, muchos países fueron empujados a abandonar la producción de alimentos básicos para el consumo interno y a especializarse en cultivos de exportación. “Terminamos produciendo lo que no consumimos y consumiendo lo que no producimos: producimos café, cacao o tabaco para los mercados del Norte, pero importamos el trigo, el arroz o el maíz que alimenta a nuestra población”, resume.

África pasó de ser la despensa de las potencias coloniales a importar alrededor del 85% de sus alimentos
Fadhel Kaboub, economista del desarrollo y profesor en la Universidad de Denison

Ese diseño responde a una noción de seguridad alimentaria centrada en garantizar calorías —aunque sea mediante importaciones— más que en sostener la capacidad de los países para alimentarse a sí mismos. Para Olivier De Schutter, copresidente del panel de expertos IPES‑Food y ex relator especial de Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación, esa distinción es clave. “Llevamos décadas confundiendo seguridad alimentaria con acceso al mercado”, advierte. Más que apostar por la “seguridad alimentaria” hay que hacerlo por “la soberanía alimentaria, que implica producir primero para cubrir las necesidades locales y reducir una dependencia que vuelve a los países extremadamente vulnerables a las crisis energéticas y geopolíticas”.

De Schutter recuerda que este debate ya estuvo sobre la mesa durante la crisis alimentaria de 2008, cuando el encarecimiento del petróleo disparó el precio de los cereales básicos en los mercados internacionales. Y volvió a aflorar con fuerza en 2022, tras la invasión rusa de Ucrania, cuando la combinación de energía cara, fertilizantes encarecidos y disrupciones comerciales hizo tambalear el acceso a los alimentos en decenas de países importadores. “Las alertas estaban ahí”, subraya.

“Pero la dependencia no solo no se redujo, sino que se profundizó”, en la medida que la producción sigue ligada al gas fósil y el transporte y la transformación de alimentos dependen del petróleo. Además, continúa De Schutter, “el encarecimiento de la energía incentiva que tierras agrícolas” se destinen a producir agrocombustibles en lugar de alimentos. El resultado, analiza De Schutter, es un sistema especialmente expuesto a los shocks: “Los sistemas alimentarios globales están construidos para la eficiencia, no para la resiliencia”, dice.

India: el ejemplo de la escasez de fertilizantes

India, uno de los mayores consumidores de urea del mundo, es uno de los ejemplos más claros de este sistema dependiente de los combustibles fósiles. “El problema ya no es solo el precio, sino la disponibilidad”, explica Swathi Seshadri, especialista en energía y fertilizantes del Instituto de Economía Energética y Análisis Financiero (IEEFA, por sus siglas en inglés). El país importa entre un 20% y un 30% de sus necesidades de urea, en buena medida desde países del Golfo, y el encarecimiento y los retrasos en los suministros están coincidiendo con el arranque de la principal campaña agrícola.

El impacto se deja sentir, según Seshadri, sobre un sistema profundamente dependiente de los fertilizantes. Desde la revolución verde de los años sesenta, buena parte de la agricultura india se apoya en variedades de alto rendimiento intensivas que necesitan insumos químicos y que están sostenidas por subsidios públicos. “Ya a comienzos de los años 2000 veíamos aldeas atrapadas en un endeudamiento insostenible por este tipo de agricultura”, cuenta Seshadri, que recuerda que solo algunas comunidades que reservaron tierras para legumbres destinadas al consumo local resistieron mejor las crisis. “Cada subida internacional se convierte en una factura adicional para el Estado o en un coste que acaba pagando el agricultor”, sostiene la experta.

“Los sistemas alimentarios globales están construidos para la eficiencia, no para la resiliencia
Olivier De Schutter, copresidente del panel de expertos IPES‑Food

A corto plazo, Kaboub subraya que existen márgenes de actuación inmediata para amortiguar el impacto de la crisis. Entre ellos, menciona la necesidad de mantener abiertos corredores comerciales y humanitarios, facilitar financiación de emergencia para importaciones de fertilizantes y alimentos y priorizar transferencias directas a los hogares más vulnerables, en lugar de subsidios generales que acaban beneficiando a los mayores consumidores. “Un apoyo específico y bien dirigido puede evitar que millones de personas caigan en la pobreza”, señala, si bien cree que estas medidas solo ayudan a ganar tiempo. “Si nos limitamos a gestionar la emergencia sin cambiar el modelo, la próxima crisis volverá a producir el mismo resultado”, resume.

Por ello, De Schutter recomienda “acelerar el giro hacia la agroecología”, en referencia a un conjunto de prácticas destinadas a reducir la dependencia de insumos fósiles y, producir más cerca de donde se consume, acortando así las cadenas de suministro. Aunque reconoce que ninguna de estas medidas puede aplicarse de forma inmediata, insiste en que la solución pasa por “animar a los países a producir por sí mismos para satisfacer las necesidades de consumo local”, ya que, mientras la producción de alimentos siga ligada a los mercados de la energía fósil, persistirá la “vulnerabilidad estructural” de los sistemas alimentarios.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_