El doloroso regreso a Jartum, la capital sudanesa arrasada tras tres años de conflicto: “La guerra te quita todo aquello que nunca pensabas perder”
Más de un millón de habitantes regresan a una ciudad en ruinas y tratan ahora de reconstruir sus vidas mientras continúan conviviendo con la violencia. Sudán atraviesa la mayor crisis humanitaria del planeta

Osman al Bashir pasó 26 días atrapado en un edificio del mercado Al Arabi, en el centro de Jartum desde el día en que estalló la guerra en Sudán, el 15 de abril de 2023. “Cada vez que necesitábamos provisiones teníamos que arriesgarnos a salir y ser alcanzados por los francotiradores, que estaban apostados en los tejados”, explica desde el exterior del edificio en el que estuvo atrapado. Se acaban de cumplir tres años desde que el conflicto sumió al país en la mayor crisis humanitaria del planeta. Pero todavía, cuando mira alrededor, recuerda con nitidez el horror que vivió aquellos días. Señala varios puntos con el dedo: “Allí, allí, y allí... Allí también”. Son los lugares donde él mismo recuerda ver decenas de cadáveres esparcidos en las calles de lo que un día fue el epicentro comercial de la capital.
El 15 de abril de 2023 será una fecha que quedará marcada en la memoria de Sudán. Aquella mañana, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), el grupo paramilitar comandado por Mohammad Hamdan Dagalo, alias Hemedti, atacó Jartum y a las Fuerzas Armadas del país, lideradas por el general Abdel Fattah al Burhan. Desde ese día, más de 11 millones de personas, sobre un total de 51 millones de habitantes, se han visto desplazadas internamente y más de cuatro millones han huido del país, la mayoría hacia Chad, Etiopía, Uganda o la vecina Sudán del Sur, según datos de Acnur, la agencia de la ONU para los refugiados. Es la mayor crisis humanitaria del mundo y, también, la más ignorada, sin tan siquiera una cifra certera de muertos.
La guerra comenzó en la capital, en cada calle, en cada esquina. Hoy, las heridas del conflicto, que se ha extendido por todo el país, aún sangran en Jartum. No son cicatrices, no han sanado: siguen abiertas, latiendo.

Los ciudadanos se sientan en los tea ladies, pequeños puestos regenteados por mujeres, y beben té a sorbos mientras contemplan una ciudad fantasma y en ruinas. Tanto en el mercado como a lo largo de las largas avenidas de Jartum, los estragos de la guerra son imposibles de ignorar: el hollín negro del fuego, los agujeros en los edificios, los aviones partidos por la mitad en el aeropuerto, los escombros que inundan cada esquina, los coches desmantelados y destruidos. No hay un rincón que haya escapado a la ferocidad de una guerra que lo envolvió todo.
Lo difícil es encontrar lugares que no fueron bombardeados, saqueados o destruidos en una contienda cuyas cifras de muertos todavía se desconocen: la oficina de la ONU para Asuntos Humanitarios (OCHA, por sus siglas en inglés) ha podido confirmar el deceso de 54.000 personas, aunque, según Tom Periello, enviado especial de Estados Unidos para Sudán hasta 2025, el número de fallecidos supera los 400.000.
Cada vez que necesitábamos provisiones teníamos que arriesgarnos a salir y ser alcanzados por los francotiradores, que estaban apostados en los tejadosOsman al Bashir, sudanés
En esos primeros días de guerra, miles de civiles quedaron atrapados en Jartum mientras tomaban el control las RSF, herederas de las milicias Janjaweed, impulsadas por el dictador Omar al Bashir, que cometió el genocidio de Darfur en 2003, y responsables también de las recientes matanzas en El Fasher.
Durante dos años, la capital sudanesa permaneció bajo su dominio, un periodo que ciudadanas como Manal, que utiliza un nombre ficticio para proteger su identidad, describen así: “Vivíamos con el miedo de que en cualquier momento podíamos morir. Los saqueos, las amenazas… Todo eso formaba parte de nuestro día a día”, explica desde el barrio de El Haj Yousif, en las afueras de la capital.
En marzo de 2025, y tras casi dos años de combates, el general Al Burhan anunció que el ejército nacional había vuelto a tomar el control de Jartum. “Completamente libre”, dijo. Desde ese momento hasta hoy, 1,3 millones de personas han regresado a la capital desde diferentes puntos del país.
Aunque en Jartum impera ahora una cierta calma, la guerra está lejos de terminar. Especialmente, en las regiones de Darfur y Kordofán, donde se han concentrado buena parte de las campañas militares del último año. Según la OCHA, más de 500 civiles han muerto en ataques perpetrados por drones solo entre el 1 de enero y el 15 de marzo.
El infierno
En la calle Alsayed Abdalrahman, en el centro del mercado Al Arabi, tan solo un puñado de negocios permanecen abiertos. Uno de ellos es un restaurante llamado Haya. El propietario, Mohammed Altayib, huyó de lo que él describe como “el infierno” el mismo día que empezó la guerra, y regresó en septiembre de 2025, unos meses después de que el ejército liberara la capital. Haya es el primer restaurante del mercado que ha reabierto sus puertas en esta zona de la ciudad.

“Teníamos tres restaurantes con el mismo nombre. Este es el único que no ha sido bombardeado”, explica Altayib mientras un grupo de hombres llega y se sienta en una de las mesas del interior. “Gracias a Dios conseguimos escapar. Fue muy difícil evacuar a mis empleados, que vienen de otras ciudades del país. Ahora, poco a poco estamos regresando a nuestras vidas diarias”, dice.
Un poco más lejos, Idriss, un joven de 20 años, mira silencioso a su alrededor. No habla de política ni de cifras. “Que se acabe esto ya”, pide. Nadie se atreve a asegurarle que será pronto.
Cuando regresamos, la destrucción era inmensa. Apenas podíamos andar por las calles, el caos era absolutoAli Ahmed Abdelkarim, sudanés de 29 años
Con los cientos de miles de personas que están regresando a sus hogares también vuelve la esperanza de que la normalidad será de nuevo posible. Alí Ahmed Abdelkarim tiene 29 años y viste una jalabia (vestido tradicional sudanés) roja e impoluta. Sus pies, calzados con unas sandalias de piel marrón, marchan decididamente sobre una montaña de placas de metal quemadas, que resuenan con un “clac clac” detrás de cada paso. A pocos metros, dos hombres montados en un camión estiran los brazos mientras Abdelkarim les alcanza escombros, que ellos cargan en la parte trasera.
“Cuando regresamos, la destrucción era inmensa. Apenas podíamos andar por las calles, el caos era absoluto”, cuenta. Ahora, este joven ha decidido contribuir a la reconstrucción de la ciudad como voluntario. No lleva chaleco, ni luce ningún logo, ni tiene detrás una organización. “Este negocio, por ejemplo, no es mío. Sin embargo, ayudo porque quiero contribuir a la reconstrucción y a la rehabilitación de mi país y así volver a la normalidad”, comenta.

Los retos siguen siendo abismales. En 2026, 33,7 millones de personas necesitan asistencia humanitaria, la cifra más alta del mundo, lo que representa un aumento de 3,3 millones con respecto a 2025, según los datos de Naciones Unidas.
Aun así, el plan de respuesta humanitaria para 2026, lanzado en febrero, cuenta con poco más del 15% de la financiación necesaria —en 2025, solo se cubrió el 39,5% de las necesidades más básicas—, lo que continúa limitando la asistencia para salvar vidas. Coincidiendo con el tercer aniversario de la guerra, la comunidad internacional reunida en la Conferencia de Berlín acab de prometer 1.500 millones de euros para frenar la “catástrofe humanitaria”.
Pese a los compromisos, la ayuda sigue siendo insuficiente para una crisis que no deja de agravarse. Sobre el terreno, la reconstrucción avanza a un ritmo desigual y millones de personas continúan dependiendo de la asistencia para sobrevivir.
Ahmed Abubakar, residente en Jartum, resume el impacto de estos tres años de guerra con una frase sencilla: “La guerra te quita todo aquello que nunca pensabas perder”. Su barrio, Eltayif, al este de la ciudad, como tantos otros, tampoco ha escapado a la destrucción. “Desafortunadamente, la parte de la ciudad donde vivo también fue afectada. Nada ha escapado al conflicto”.
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