Respuesta al caos trumpista
Ante el empuje reaccionario y la ruptura de las normas globales, la defensa de la democracia y el multilateralismo compromete a todos


El viejo orden internacional se derrumba y, en el campo de ruinas de las guerras ilegales y vulneraciones de los derechos humanos, el nuevo desorden amenaza con multiplicar los riesgos y catástrofes para la humanidad. La cumbre de líderes progresistas convocada este fin de semana en Barcelona por el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha aportado algunas respuestas en defensa de la democracia, el multilateralismo y la igualdad, aunque este esfuerzo difícilmente será eficaz si no se ensancha más allá del campo progresista.
Lo que se ha conocido como el orden internacional basado en reglas, fundado al final de la II Guerra Mundial para no repetir el horror, no garantizó siempre la paz. El principal arquitecto del mismo, Estados Unidos, lo vulneró repetidamente. Era un orden imperfecto, pero contribuyó a una era de prosperidad y avance de la democracia, y estableció unas normas a las que, al menos sobre el papel, todos estaban sometidos. El multilateralismo se anclaba en una arquitectura jurídica y en una gobernanza internacional con instituciones como la ONU y la Organización Mundial del Comercio, o foros como el G-7 y el G-20. Todo está llegando a su fin.
La lista es larga, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no es el único responsable. Pero ha sido Trump quien ha roto el acuerdo sobre el programa nuclear iraní, ha abandonado y despreciado la lucha contra el cambio climático y ha socavado la OTAN con las amenazas a Groenlandia y las dudas sobre la solidaridad militar. El bloqueo del estrecho de Ormuz es una prueba de cómo están fallando las reglas de juego. La guerra de Vladímir Putin en Ucrania, las intervenciones estadounidenses en Venezuela e Irán o la paralización de la ONU ante las matanzas en Gaza o Sudán certifican el agotamiento de multilateralismo. El edificio estaba agrietado; Trump ha acelerado la demolición.
El mundo antiguo no volverá, pero las democracias no pueden conformarse a un regreso al reparto del mundo en zonas de influencia y sometido a las ambiciones imperialistas. En vísperas de la cumbre Barcelona, convertida durante por unos días en la capital del progresismo global, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, llamó a “redefinir” la ONU en una entrevista con EL PAÍS. “En África”, recordó Lula da Silva, “hay países con más de 120 millones de habitantes y ninguno está en el Consejo de Seguridad. Tampoco Brasil, Alemania, India”.
Europa está llamada a ejercer un papel central en la reconstrucción de un orden internacional. Ante las amenazas de Trump de destruir sus economías con aranceles, los pactos de la Unión Europa con Mercosur, Australia o India señalan otras opciones. La búsqueda de coaliciones con potencias medias representa una alternativa. Como dijo el primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos, “las potencias medianas deben actuar juntas, porque si no nos sentamos en la mesa, estaremos en el menú”.
Las normas y procedimientos, el respeto del derecho y la cooperación son la razón de ser de la UE, pero no basta en un mundo de potencias depredadoras. Sin un poder robusto que respalde ese orden, la influencia europea y la defensa de sus intereses será limitada. Sin soberanía militar, financiera y tecnológica, la UE se arriesga a convertirse en vasallo político y militar de EE UU, o económico de la China de Xi Jinping. Sin una capacidad defensiva plenamente autónoma de Washington, los europeos estarán a la merced de Putin y su propósito de dominar Ucrania.
El mensaje de la cumbre de Barcelona en defensa de la democracia y las normas internacionales frente a Trump y la ola reaccionaria no debe limitarse al campo progresista. La reconstrucción de un orden justo será laboriosa, pero fracasará si no es un empeño común de todos los demócratas, de derechas e izquierdas, en Europa, América y el mundo.
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