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Lecturas Internacionales
Columna

Ruinas del orden internacional destruido por Trump

El desmantelamiento del edificio global impulsado por EE UU tiene consecuencias imprevisibles tanto en Oriente Próximo como en Europa

Trump, reunido en el Despacho Oval con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en octubre pasado. CONTACTO / Europa Press

Es pronto para hacerse una idea completa del paisaje de ruinas, especialmente devastador en Oriente Próximo. La guerra es siempre un terrible agente transformador. Nadie que se involucre en ella sale intacto. Ni siquiera quienes pretenden mirar los toros desde la barrera. Y todavía no ha terminado la demolición, acelerada por la violencia tecnológica y la vanidosa ineptitud del comandante en jefe.

Muchas columnas del edificio internacional están agrietándose. La más visible estos días es la OTAN, la alianza defensiva más exitosa de la historia, según sus dirigentes. Nunca ha ocultado Trump sus intenciones liquidacionistas, avanzadas ya en su primera presidencia, pero las está desplegando descaradamente en la segunda. No hay aliados ni socios en pie de igualdad para el actual presidente, sino vasallos que deben someterse y pagar las gabelas que exija la superpotencia, o en caso contrario quedarse sin la Alianza.

Su primer y mayor disputa tiene su origen en su concepción mercantilista y feudal de las alianzas, con las que el señor protege a los siervos a cambio de sus contribuciones en hombres armados o en financiación de su erario. Trump ha exigido a los socios un incremento en el gasto de defensa hasta alcanzar el 5% del PIB para disminuir la contribución de su país, obtener contratos para los fabricantes de armas estadounidenses y desentenderse de la guerra de Ucrania. En ningún caso para que Europa adquiera mayor autonomía estratégica.

Con la guerra de Irán, la OTAN ha sufrido una nueva embestida de Trump, despechado por la negativa de sus aliados a participar o al menos apoyarle políticamente. La Casa Blanca ni siquiera les informó antes de empezar las hostilidades, en línea con el ninguneo sistemático que han sufrido las instituciones europeas hasta su expulsión efectiva de Oriente Próximo, al igual que ha sucedido con Naciones Unidas. Trump pretendía que la OTAN se comprometiera en la apertura de Ormuz al tráfico marítimo, después de que fuera su guerra unilateral de agresión la que provocara el bloqueo, ignorando el carácter exclusivamente defensivo de una alianza en la que los socios no tienen la obligación de verse arrastrados a una contienda iniciada por uno de ellos.

Cada uno de los pasos de Trump en su segundo mandato ha devaluado el artículo 5 del Tratado Atlántico sobre el deber de solidaridad cuando alguno de los socios es atacado. Ya sucedió con los propósitos anexionistas respecto a Groenlandia, una amenaza del socio mayor, que es Estados Unidos, al socio menor, que es Dinamarca. Y sucede ahora con las declaraciones despreciativas contra la Alianza, para regocijo de Rusia, China y las extremas izquierdas antiatlantistas. El daño a la credibilidad atlántica es difícilmente reparable y puede tener consecuencias en la seguridad europea, especialmente en el flanco oriental, pero Trump no puede abandonar la OTAN con la simple firma de un decreto presidencial, sino que necesita la aprobación de dos tercios del Senado o una decisión legislativa del Congreso.

Esto no significa que su ofensiva contra la Alianza vaya a quedar solo en palabras. La fórmula más probable para satisfacer su resentimiento tiene nombre y ha sido desarrollada por el trumpismo. Es la OTAN durmiente o congelada, con una estructura reducida, puertas cerradas a nuevos socios, sin activismo político ni actuaciones fuera de área: paradójicamente, lo que ahora Trump le pide para abrir el estrecho de Ormuz. Cada país se concentrará en su propia defensa, y Estados Unidos se desentenderá de la defensa convencional. Su paraguas nuclear seguirá protegiendo a Europa sobre el papel, pero en los hechos será limitada o acaso nula la credibilidad de tal cobertura mientras esté en manos de la Casa Blanca trumpista. No es casualidad que la congelación, que excluye nuevas ampliaciones, cumpla con una de las exigencias de Putin para alcanzar la paz en Ucrania.

Otras piezas sobresalen en el campo de ruinas, la mayor de todas, la propia presidencia de Estados Unidos, atrapada en un endiablado dilema entre una invasión masiva y prolongada de Irán, de consecuencias económicas devastadoras, y una salida súbita que no podrá maquillarse como victoria. La agresión también se ha llevado por delante el viejo pacto estratégico, cerrado en 1945 entre el presidente Franklin D. Roosevelt y el rey saudí Abdelaziz Bin Saud, que garantizaba la seguridad estadounidense a los árabes y el petróleo árabe a Estados Unidos. Washington ya no necesita el petróleo árabe, mientras que las bases estadounidenses en los países del Golfo atraen los ataques iraníes en vez de servir de protección. Similar degradación ha sufrido la fórmula paz por territorios con la que se ha intentado resolver el conflicto entre israelíes y palestinos desde 1967. Ahora Israel no quiere paz, sino más guerra, ni quiere ceder territorios, sino ampliar los que tiene, siempre gracias a la benevolencia de Trump. La demolición sigue. Crece el campo de ruinas.

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