No se levanta la niebla de la guerra
Trump y Netanyahu, que han atacado Irán, solo están de acuerdo mientras ruge la máquina guerrera. Antes, y después, la disonancia es absoluta
No hay actividad humana más azarosa ni arriesgada. Cuando empieza una guerra, todo es incertidumbre. Cae sobre el mundo una espesa niebla que impide orientarse e incluso identificar a amigos y enemigos. Todas las noticias son sospechosas o directamente falsas a partir de ahora. Quien la declara, cansado de los métodos pacíficos y confiado exclusivamente en sus propias fuerzas, prefiere entregar al azar la resolución del conflicto en el que está involucrado. Y es consciente, aunque no lo reconozca, que solo se sabe cómo empieza pero nunca cómo acaba.
Estas ideas, nunca olvidadas en las escuelas militares, habían dejado de interesar en una amplia región del mundo en los últimos 80 años, puesto que se vivía en las condiciones cercanas a la paz perpetua, pero regresaron atropelladamente hace cuatro años. Fue el regreso de la guerra clásica, que el militar prusiano Carl von Clausewitz definió como un acto de fuerza sin límite de alguien que quiere imponer su voluntad a su enemigo. Quien la desencadena con la intención de resolverla brevemente, mediante el descabezamiento inicial del adversario, sabe que deberá persistir si falla en el primer golpe, sea porque no tiene éxito, como en Ucrania, sea porque del éxito no se deduce automáticamente la esperada victoria, como en Irán.
Una vez lanzada, todos pueden esperar y desear que no se alargue, pero nadie tiene ninguna certeza sobre su duración. Dependerá de las fuerzas que tengan los contendientes y, más importante todavía, de su voluntad de proseguirla. Ambos elementos son cruciales en la puja violenta que constituye la esencia de la guerra. Durante años la comunidad internacional se ha dedicado a evitarlas y, una vez desencadenadas, a frenar la escalada. Cuando se han bloqueado los instrumentos multilaterales para la paz, como sucede en la actual transición caótica hacia un nuevo orden, no queda otro remedio que esperar a que se agoten las fuerzas o el empeño de los contendientes hasta llegar a la rendición de uno de ellos o al cansancio de ambos. Así está sucediendo en Ucrania y así va a suceder en Irán.
Ni las fuerzas ni las voluntades se han agotado en cuatro años de la guerra de Rusia contra Ucrania. Respecto a Irán, no hay duda alguna sobre la fuerza militar incomparable que tiene Donald Trump bajo su mando, aunque en una semana de desigual intercambio de golpes todavía no ha conseguido la completa anulación de la capacidad ofensiva iraní. En Teherán la voluntad persiste aparentemente intacta y nadie atisba por el momento que vaya a quebrarse, al contrario: los mayores temores señalan un endurecimiento, hasta el punto de suscitar en Trump y en Benjamín Netanyahu la eventualidad de algún tipo de intervención terrestre para terminar de una vez, sea por fuerzas kurdas interpuestas o directamente de soldados estadounidenses o israelíes.
Tampoco ha variado la voluntad de Israel, reconfortada por los éxitos militares, la constante ampliación de su hegemonía sobre la entera región y los ensueños imperiales de su extrema derecha. Netanyahu quiso liquidar el proceso de paz con los palestinos y atacar directamente a Irán ya en aquella década dorada para la paz que fueron los años noventa del pasado siglo y ahora, 30 años después, se ha salido finalmente con la suya, gracias al presidente más entregado a su causa de toda la historia.
Contrasta con la frágil voluntad de Trump, un personaje voluble e influenciable, que no quería intervenciones en el extranjero ni guerras largas, cambios de régimen ni construcción de naciones y mucho menos mandar soldados estadounidenses a matar y a morir en tierras lejanas, ahora a punto de desmentirse en todo. Su voluntad es deudora de sus caprichos narcisistas y de sus intereses personales, entre los que se cuenta, naturalmente, cualquier amenaza que pueda pesar sobre su presidencia, como son los documentos desclasificados del caso Epstein. Aunque ahora exija la capitulación incondicional, le bastará encontrar el momento adecuado para cantar victoria y desentenderse a continuación del futuro de los iraníes.
Trump y Netanyahu solo están de acuerdo mientras ruge la máquina guerrera. Antes, y después, la disonancia es absoluta. A la vista de las explicaciones proporcionadas sobre los motivos de la guerra, ni siquiera Trump se aclara en mitad de la niebla. No es el caso de Netanyahu, que le convenció en junio de 2025 para bombardear las instalaciones nucleares y ahora para lanzar toda su furia militar sobre Irán. Tampoco están de acuerdo respecto a la duración y a la victoria, que Netanyahu quiere larga y cuanto más destructiva mejor —incluso a costa de la integridad territorial de Irán si hace falta— mientras que Trump suspira por la celeridad con que resolvió el problema en Venezuela, reza por una Delcy Rodríguez iraní vestida de clérigo y sueña en un ángel de la paz que se abra paso entre la bruma para entregarle el Premio Nobel.
‘America Won’t Save Iran’
‘The dry and the wet burn together’

‘Irán: la revolución constante’
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