El ataque de EE UU e Israel contra Irán: cómo contar una guerra bajo veto
En la escalada bélica de Oriente Próximo se suman actores poco dados a dar cuenta de sus actos y un régimen que controla la información y ha cerrado la puerta a los periodistas

La primera baja en una guerra es la verdad, aunque resulte un tópico. La principal dificultad que sufre el periodismo al abordar los hechos es la contaminación de la propaganda de uno y otro bando. En la escalada bélica en Oriente Próximo, que cumplió el viernes una semana, se dan circunstancias que agravan esta situación. Los principales actores son administraciones —el Gobierno de Donald Trump en Estados Unidos, el de Benjamin Netanyahu en Israel y el régimen de los ayatolás en Irán— poco dadas a dar cuenta fiel de sus actos y con tendencia a la hipérbole. A ello se añade que el conflicto se ha extendido sobre una decena de países, entre ellos Líbano, Qatar y Arabia Saudí, que en su mayoría cercenan el derecho a la información. Y, como ocurrió antes en Gaza con el veto de Israel, el régimen de Irán controla la información, ha cerrado la puerta a los periodistas que puedan contrastar sobre el terreno y apenas unos pocos medios informan desde dentro. En aras de la transparencia con los lectores, veamos cómo cuenta EL PAÍS esta guerra:
Información. “Vamos casi a ciegas”, admite el redactor jefe de Internacional, Guillermo Altares, sobre las dificultades diarias para comprobar la información, que llega a espuertas por muchos canales, a la vez que permanecen grandes vacíos sobre algunos aspectos. Por eso, desde el inicio de los bombardeos, el periódico se ha empeñado en soslayar el veto.
El grueso de la información recae en las corresponsalías en Estados Unidos y Jerusalén, con el apoyo de colaboradores en Líbano y Turquía. Pero en esta cobertura está prácticamente todo el periódico implicado. Además de las secciones de Internacional y Última Hora, que siguen el día a día de la actividad bélica, los corresponsales en Londres, Berlín, Bruselas, París y Roma están contando los movimientos diplomáticos. Junto a ellos, la sección de Economía aborda el impacto en los indicadores económicos que afectan a los ciudadanos, mientras que la de España se ha volcado en relatar la toma de postura del Gobierno de Pedro Sánchez ante Trump, la evacuación de los españoles y el despliegue militar.
Imagen. Tanto en el contenido en vídeo como en fotografía, el periódico depende de las agencias de noticias internacionales, como Associated Press o Getty, que en muchos casos tiran de medios locales por el cierre informativo. El redactor jefe de Fotografía, Moeh Atitar, explica que la propaganda bélica se nota en las imágenes disponibles. Un ejemplo: la extensión del conflicto al océano Índico se ha mostrado en el periódico con fotografías del hundimiento de un buque de guerra iraní atacado por Estados Unidos en Sri Lanka, proporcionadas por el Gobierno de Trump. Son fotos que no hay manera de comprobar por otras vías.
O, añade, el impacto de los bombardeos sobre el complejo residencial del ayatolá Jameneí no se ha visto, como sucedió otras veces, por el trabajo de los fotógrafos en Teherán, sino gracias a las imágenes por satélite distribuidas por empresas privadas.
“Algunas de las pocas fotos disponibles son o de un medio oficial iraní o de tours organizados por las autoridades”, añade Atitar, a quien preocupa que estas dificultades impidan que se pueda dimensionar lo que verdaderamente está pasando.
Quejas. Las críticas de los lectores son habituales cuando se cubre una guerra, pero esta vez las únicas que han llegado cuestionan la información de la muerte de los primeros soldados de Estados Unidos, publicada el miércoles. “Me parece deleznable la rapidez con que han convertido a esos militares que han participado en una acción criminal quebrantando el derecho internacional en ‘personas’, mientras las niñas asesinadas en el colegio de Teherán ni tienen nombre ni foto que las recuerde”, reprocha Enrique Casas. Daniel Isaac Mayor esgrime argumentos similares y acusa al periódico por ello de “parcialidad”.
El bombardeo a la escuela de Minab, al sur de Irán, y el posterior entierro de las víctimas fueron fotos de primera página en el periódico de papel. Además, recuerda el redactor jefe de Internacional, se les han dedicado varios artículos, elaborados con enormes dificultades, con información de agencias que citan fuentes oficiales y la imposibilidad de contrastar las cifras de fallecidos al no estar sobre el terreno. No se han dado detalles de las menores por la falta de acceso a la información.
La noticia que ha herido la sensibilidad de algunos lectores tenía como destino principal el público de EL PAÍS en Estados Unidos, donde el periódico aspira a ser el referente en español. Fue elaborada por una redactora de US, la edición que trabaja con miras a un público estadounidense, que supone el 8% de quienes consultan la edición de España y el 20% de los de América. Además, el 65% de estos lectores consumen noticias relacionadas con su propio país.
El subdirector de América, Javier Lafuente, defiende la idoneidad de la información, porque no existen muertos de primera y de segunda, sino que todos forman parte del relato de una guerra. “Es imposible recoger las historias de todos los fallecidos en las guerras del mundo porque, por desgracia, hay muchos”, puntualiza. “Es una cuestión del contexto de cada país, de recursos y de acceso a la información”.
¿Quizás el periódico no debió llevar la noticia a la web de España para no herir la sensibilidad de estos lectores?
Creo que la información sobre los soldados fallecidos era relevante, incluso para quienes no son estadounidenses, porque también la muerte de los militares en el campo de batalla refleja lo inhumano de las guerras. Como se vio precisamente en Estados Unidos durante la guerra de Vietnam, la pérdida de vidas es el motor más fuerte de movilización social contra un conflicto.
Un periódico no puede dejar de informar por miedo a incomodar, porque lo que cada uno es capaz de soportar es subjetivo. Ni tampoco es fácil acertar cuando la opacidad, la propaganda y la falta de acceso a la información condicionan el relato de la guerra, que casi siempre queda incompleto.
Para contactar con la defensora puede escribir un correo electrónico a defensora@elpais.es o enviar por WhatsApp un audio de hasta un minuto de duración al número +34 649 362 138 (este teléfono no atiende llamadas).
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