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columna

España y el Sur Global

Este país busca convertirse en un nexo, tal vez porque somos Europa sin ser el Norte Global, un país en el umbral entre dos mundos que puede hablar a los dos

del hambre

Hay un debate global en curso sobre la democracia, y también está ocurriendo en España, con el foco en América Latina. No es una disputa académica, sino un conflicto sobre qué voces existen políticamente, quién las reconoce y con qué criterio. Mientras Lula aterrizaba en Barcelona para reunirse con una docena de líderes progresistas, Ayuso espetaba a Vox en la Asamblea de Madrid: “La región está de moda”. Presentaba su proyecto político como categoría de consumo y lifestyle: Madrid como marca aspiracional, un espacio que sustituye ciudadanos por consumidores. En Madrid “caben todos los acentos”, señaló frente a Vox. Pero lo suyo no es generosidad, sino pura gestión de marca. Vox estropea el producto con su tosquedad mientras ella finge cuidarlo. El inmigrante que cabe es el que no desafina en el escaparate, y su acento es literalmente la marca sonora del origen. Suena inclusivo, pero es reconocimiento selectivo disfrazado de apertura. Ayuso no es antilatinoamericana; es selectivamente latinoamericana. Elige qué América Latina reconoce: la de los empresarios venezolanos del Barrio de Salamanca, la de los que llaman dictadora a Sheinbaum. Al contrario que Feijóo, Ayuso no espera a gobernar España para tener política exterior. Y no la construye desde los cauces convencionales sino desde el mismo circuito donde Meloni y Milei forjaron su proyección: una internacional que no necesita instituciones porque piensa que son el enemigo.

Mientras tanto, en Barcelona, una docena de gobiernos progresistas discuten si la democracia sobrevivirá al trumpismo. Y aparece aquí en escena el olfato de Sánchez, que hace algo que no hace hoy ningún líder europeo: mostrar una posición geopolítica propia. La cumbre con Lula, la visita a China, el reconocimiento de Palestina y la acogida de la internacional progresista no es una línea improvisada. Sánchez aspira a ocupar un espacio que Macron ha perdido y que Scholz nunca tuvo: el de interlocutor europeo con el Sur Global. El orden liberal tiene un vacío en su centro: EE UU ya no es su garante, Europa no tiene doctrina propia y el Sur Global, que nunca acabó de creer en ese orden porque lo vivió como extracción, busca interlocutores que no le hablen desde la hegemonía o la condescendencia. No es el Sur Global de la dependencia sino el de la recomposición, y España busca convertirse en un nexo, tal vez porque somos Europa sin ser el Norte Global, un país en el umbral entre dos mundos que puede hablar a los dos.

Pero hay una pregunta que hacerse antes de invocar al Sur Global. ¿Ha elegido realmente a España como nodo o es una narrativa que el progresismo europeo necesita construir para dotarse de un lugar en el mapa tras la evaporación de la agenda macroniana y la inexistencia de doctrina alemana? La pregunta importa porque de su respuesta depende si estamos ante una reconfiguración real del orden internacional o ante una proyección con mejor iluminación. Y queda otra pregunta más difícil: ¿qué produce efectivamente la cumbre de Barcelona? ¿Construye institución, un marco durable de pluralidad, un espacio común que sobreviva a sus convocantes y al ciclo mediático? Preferir un proyecto al otro no nos exime de examinarlo. La crítica más seria al sanchismo exterior no es que esté mal orientado, sino que podría estar construyendo una contrafigura mediática cuando lo que hace falta es construir mundo. Mientras los dos proyectos se miran a la cara esta semana en España, la pregunta sigue abierta, pero hay una diferencia que el análisis no puede borrar: un proyecto necesita todos los acentos para su escaparate, el otro los necesita para existir. Y que el segundo esté a la altura de lo que dice es, precisamente, lo que nos jugamos estos días.

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