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columna

Dejen que se siente la señora

Antonia se ha ido, pero su vida no caerá en el olvido como la de tantas mujeres, porque su hijo se encargó de relatarla

Un primer plano de las manos entrelazadas de una mujer mayor y su cuidadora.Frazao Studio Latino (Getty Images)

Antonia dio un suspiro, que fue el último, y se marchó tan discretamente como había vivido. Pero sus frases flotan ahora en nuestra memoria. Antonia decía, “Ave María Purísima”, cuando entraba en una casa, y “Que la Magdalena os guíe”, cuando nos íbamos. La imaginabas luego sumida en sus recuerdos. Los recuerdos de Antonia podrían parecerse a los de tantas mujeres anónimas que vieron interrumpida su niñez por la guerra. Nacida seis años antes del 36 tuvo que abandonar la escuela y rumió para siempre el complejo de quien no sabía leer con fluidez y escribir con soltura. Se decía de esa generación que trabajaba en sus labores, entendiendo que las labores de una mujer eran sinónimo de no trabajar verdaderamente, pero Antonia, como tantas otras, cargó como una mula con los hijos, con la casa, con la recogida de la oliva, y con procurar a la caída de la tarde y al amanecer el bienestar de los hombres, porque para ellas los ratos de ocio no estaban previstos en el contrato nupcial.

Antonia solía decir, he trabajado mucho, nena, porque todo lo rubricaba con un “nena”, que suavizaba la dureza del recuerdo; dicho esto, se perdía en sus melancolías, que tal vez la llevaran a preguntarse si la vida no podría haber sido más benévola con ella. Antonia nunca tuvo sueldo, ni una existencia soberana, pero Antonia reinaba en su cocina y, educada en épocas de escasez, sabía lo que era la comida del aprovechamiento. Antonia no pronunciaba la palabra croqueta, por miedo a equivocarse, pero las suyas eran el glorioso resultado de las sobras de un guiso del que solo se tiraban los huesos. A Antonia le dio tiempo a estudiar en la escuela de mayores y queriendo el caprichoso destino que su hijo le saliera escritor se aferraba con las dos manos, como quien aprende a conducir tarde, a las novelas de aquel hombre al que de niño sacaba de la cama al amanecer para llevarlo a la aceituna. Leía a conciencia, moviendo los labios, como hacía esa generación empeñada en recuperar algo que les había sido arrebatado. Antonia no paraba quieta. Cuando las tareas del hogar le daban un respiro, tejía jerséis para los nietos, cenefas de sábanas, bordaba unos pañitos que luego daba pena usarlos. Antonia viajó con su marido gracias al Imserso, pero ella prefería la quietud de su patria doméstica. Antonia tenía una educación exquisita y solía replicar con un “diga usté que sí" a las visitas. Su sello era la cordialidad. Cuando comenzó a fallarle la fuerza de las manos su hija le colocaba las novelas en un atril; más tarde, se entregó al libro electrónico donde las letras se agrandaban a su antojo.

Su vida no caerá en el olvido como la de tantas mujeres porque su hijo se encargó de relatar desde el parto con el que lo trajo al mundo hasta el uso que ella hacía de ese lenguaje del campo hoy en peligro de extinción. Antonia leía El Quijote y se asombraba de que palabras que creía vulgares estaban en boca de personajes que tanto se parecían a los habitantes del universo arcaico de los hortelanos. Antonia quiso que sus hijos estudiaran y ese fue el orgullo que se ha llevado al otro barrio. Cada vez que aparecía en uno de mis artículos, Rafael Azcona me escribía para decirme, olé tu suegra; al fin y al cabo, él era el maestro en retratar a esas personas que no viven una épica trascendente, pero soportan sobre sus hombros el peso de la historia que escriben los poderosos. Antonia se ha ido a paso lento, con andares ladeados de tanto trajín: una infancia interrumpida, una juventud trabajosa, una vejez cuidada con primor por la hija. Recuerdo que hace años anticipé su marcha celebrando una indiscutible maestría culinaria. Y perdonen que me cite: “Nadie la sacará nunca en un ensayo, pero la puedo imaginar entrando, a este mismo paso lento, por las puertas del paraíso, donde el Señor (como ella dice) les dirá a un Arzak o a un Ferrán Adriá: ‘Por favor, señores, dejen que se siente la señora”.

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