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columna

María Guardiola y los perros

El moderantismo moderno que en su día pareció defender la líder extremeña ha quedado fagocitado por la corrosiva agenda de Vox

La presidenta del PP extremeño, María Guardiola, y el líder regional de Vox, Óscar Fernández Calle (segundo por la derecha) anuncian el acuerdo de gobierno, este jueves. Jero Morales (EFE)

Dos días antes de la disolución anticipada de la Asamblea, María Guardiola subió al escenario del Gran Teatro de Cáceres. Sábado 25 de octubre. El aforo del teatro, que se inauguró hace exactamente un siglo, es de 553 personas. Minutos antes, en la calle San Antón, había una cola considerable para entrar. No había para menos. Aquel iba a ser el evento cultural más vistoso del año 2025 en Extremadura: se iba a conceder el Premio de Novela de la Bienal Mario Vargas Llosa. En los meses anteriores, cuando se supo que la Junta patrocinaría aquel prestigioso certamen literario por 650.000 euros, la oposición hizo de oposición. Lo consideró “disparatado, sectario, opaco e innecesario”. No sé. Veo a las autoridades en primera fila y los finalistas sentados en un palco esperando el veredicto. Ganó el nicaragüense Sergio Ramírez, exiliado en nuestro país, uno de los nuestros.

En una de las imágenes del acto que distribuyó la Junta, la presidenta aparece sobre el escenario junto a Álvaro Vargas Llosa. La sala está a oscuras, miran hacia arriba. En la pantalla se proyectaba un video con fotografías del colosal escritor peruano, a la vez referente de un liberalismo auténtico y conservador que su hijo había puesto en valor durante la conversación que había mantenido aquella tarde con Juan Luis Cebrián moderados por Rubén Amón. Antes de la proyección del video, en el arranque del acto de clausura de esa edición de la Bienal, María Guardiola dio un discurso. ¿Cómo no aprovechar la ocasión para presentar el proyecto de sociedad que se deriva de una determinada política cultural? Lo hizo como hacen todos los políticos. “Hoy aquí el legado de Vargas Llosa se encuentra con la misión de Extremadura”, dijo. “Aquí cobra todo su sentido la estrategia Extremestiza”, dijo también. “Un proyecto para estrechar lazos con Hispanoamérica, reivindicar nuestra historia común, y elevar ese patrimonio que nos une a ambos lados del Atlántico”, dijo para definir el espíritu de esa estrategia. “Tenemos una responsabilidad única: ser puente de culturas, tender las manos”. No sé. Al cabo de menos de 48 horas, Guardiola disolvió la Asamblea y convocó elecciones. Vox pasó de 5 a 11 escaños. Esta semana habrá investidura. El PP y Vox han pactado. “Si hay nueva presidenta —Dios dirá porque estamos en manos del Altísimo— será porque le dé la gana a Vox. Ni más ni menos”, afirmó en la Asamblea el líder regional del partido nacionalpopulista hace diez días.

El talante de un moderantismo moderno que en su día pareció defender Guardiola, incluso contra la dirección de su partido, ha quedado fagocitado por la corrosiva agenda de Vox. Es el precio del poder, esa dimensión fundamental de algunas de las mejores novelas de Vargas Llosa. Aquella proclamada responsabilidad de la presidenta de tender las manos, que es intrínsecamente liberal porque asume el pluralismo como el fundamento cívico de una sociedad, se ha profanado al establecer “la prioridad nacional” en el pacto como nuevo pilar de las políticas públicas de su nuevo Gobierno: el origen del ciudadano será un factor de desigualdad. Ya no libres e iguales. La columna vertebral del acuerdo, escribían Elsa García de Blas y Virginia Martínez, es un reflejo del fantasma racista que recorre Europa: la identificación de la inmigración como el chivo expiatorio de nuestra época, y precisamente en una comunidad autónoma que se enfrenta al complejo desafío de la despoblación. Lo dice Enric Juliana en la fascinante conversación que mantiene con Esteban Hernández en Viaje a un Nuevo Mundo: “Este es el mensaje, leña al extranjero pobre porque su sufrimiento canalizará nuestras tensiones”. Nosotros y los perros.

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